El huésped, novela de Marie Belloc Lowndes y película de Alfred Hitchcock.

… los Bunting se encontraban en las últimas. Habían aprendido a pasar hambre y se estaban acostumbrando a pasar frío.”

Los Bunting son un matrimonio de mediana edad, serios y respetables -y estos son dos conceptos fundamentales en la época y sociedad en las que se desenvuelve la pareja -. Retirados del servicio doméstico tras largos años de trabajo en casas pudientes, se han independizado y han probado fortuna como patronos de casas de huéspedes. Primero intentaron establecer su negocio en la costa, pero un brote de escarlatina puso fin a sus sueños. Después, con sus ahorros ya muy mermados, amueblaron cuidadosamente una casa para huéspedes en Londres, en Marylebone Road. Pero la suerte sigue sin acompañarlos, a pesar de su mucha laboriosidad y buen hacer.

Retrato de Marie Belloc Lowndes

Cuando se inicia la novela, sus últimos huéspedes, que les estafaron, hace ya tiempo que dejaron su casa y ellos se hallan ya sumidos en esa pobreza vergonzante de las clases medias que quieren cuidar las apariencias a costa de aprender a pasar hambre y acostumbrarse a pasar frío.

Un frío que hiela los huesos gracias a esa niebla londinense tan densa que sirve también para ocultar a un siniestro personaje, al que la prensa llamará El vengador, que a su amparo ha cometido ya el atroz asesinato de tres mujeres.

Y precisamente en una de esas terribles noches de niebla, y al día siguiente de cometerse el tercer asesinato, alguien llama a la puerta del acuciado matrimonio Bunting. Un huésped, por fin. Y con él llega la salvación, porque alquila a buen precio varias estancias; una, con una pila y una gran estufa de gas, le ha parecido, según le dice a la señora Bunting, especialmente indicada para “sus experimentos”.

Tras la puerta, la niebla oculta el horror

Los señores Bunting están entusiasmados. No solo es que el huésped los libere de la miseria, porque paga pronto y bien, sino que -y esto es un aspecto primordial- otorga respetabilidad a su casa, ya que se trata de un verdadero caballero, aunque haya llegado sin más equipaje que una bolsa de cuero. Es un huésped providencial para los Bunting; aunque algo excéntrico, eso sí, que lee constantemente la Biblia, que no quiere retratos femeninos en sus habitaciones y que solo sale a la calle cuando es noche cerrada.

Quiere, sobre todo, paz y la señora Bunting, la encargada directa de servirlo, está determinada a que el huésped la encuentre en su casa. Es un caballero tan amable y considerado…

Marie Ault y Arthur Chesney, los sres. Bunting de la película de 1927

Hasta que la señora Bunting, más inteligente que su marido -que tiene una “mente lenta, tradicional y algo torpe”-, se da cuenta de que las salidas nocturnas del huésped coinciden con los asesinatos de mujeres, que se siguen produciendo a un ritmo terrible hasta llegar a ser nueve…

Y el gran acierto de Marie Belloc Lowndes es como nos va mostrando el desarrollo gradual de la sospecha en la mente de la pobre señora Bunting, que sufre mil agonías al fluctuar entre terribles certezas y pasajeros alivios, en una incertidumbre moral que le llevará al borde del derrumbe físico:

Allí sentada pensó, no por primera vez, lo que la marcha del huésped supondría para ellos. Casi con seguridad, la ruina, como su permanencia en la casa significaba toda clase de cosas buenas, de las cuales el bienestar físico era lo que menos importaba. Si el señor Sleuth se quedaba con ellos -y al parecer esa era su intención-, su presencia les aportaría respetabilidad y, por encima de todo, seguridad”.

Y la pobre y sufrida Ellen Bunting, buena pero de carácter áspero por haber sido criada sin cariño en un orfanato, sufre en silencio sus sospechas, intentando que ni su marido ni su joven hijastra Daisy se den cuenta de lo que tanto teme.

June Tripp como Daisy Bunting

La presencia de la joven y hermosa Daisy en la casa es un factor fundamental porque, por una parte, atraerá constantemente a ella a un joven amigo del matrimonio Bunting, Joe Chandler, un agente de Scotland Yard, y, por otra, como tentadora víctima del posible asesino, supondrá una fuente de tensión constante para la señora Bunting… y también para el lector.

Un lector al que la autora puede angustiar de la manera más sutil, con unas frases sencillas y cotidianas como las que dirige el huésped a su patrona antes de una de sus salidas nocturnas.

Le agradecería que esta noche me dejase preparado un vaso de leche y un poco de pan con mantequilla. No cenaré cuando regrese, porque después del paseo seguramente acudiré al piso de arriba para realizar un experimento muy complicado”.

Marie Ault como la señora Bunting

A la mente de la señora Bunting y del lector queda el imaginar a que tipo de experimentos complicados se dedica el huésped en la habitación de la pila y la gran estufa de gas…

Porque ese es el admirable don de la autora: conseguir que el horror, bien guiado, tome forma en la mente del lector sin tener que recurrir a macabras descripciones. Unas gotas de sangre en la capa inverness del huésped, unos “experimentos” realizados por este de madrugada en la cocina de la señora Bunting -porque le ha fallado su estufa de gas- que dejan un olor terrible en la casa… pequeñas pinceladas que van impresionando más al lector que cualquier desagradable retrato de chorreante casquería.

Una inmejorable graduación de la tensión, una impecable combinación de lo cotidiano con lo espantoso y una hábil construcción de los personajes y sus tensiones mentales son la estructura de esta magnífica novela, que cuenta también con el aliciente de escenas como la de la visita de Daisy y su padre al Black Museum de Scotland Yard, o la de la señora Bunting a la vista judicial en la que investigan los asesinatos de El vengador. Y un final memorable en el Museo de cera de Madame Tussaud. Escenarios todos más que propicios para una historia basada en los crímenes de Jack el Destripador, pero que consigue convertirse en algo mucho más sutil e interesante que un simple relato de crímenes espantosos.

Colección de máscaras mortuorias de asesinos, en el Black Museum

El huésped es, por todo lo dicho, una novela más que recomendable para los amantes del misterio en su vertiente de tensión psicológica. De su autora Marie A. Belloc Lowndes (1868-1947), lamentablemente poco conocida en España, solo he tenido la oportunidad de leer otra buena novela, Letty Linton, también inspirada en la crónica negra británica -como parece habitual en la autora- que fue llevada al cine en 1932, en una película protagonizada por Joan Crawford. Pero al buscar información sobre la escritora, me ha llamado especialmente la atención el que, en 1910, creó el personaje de un detective francés, de nombre Hercules Popeau, dotado de gran amabilidad y penetración psicológica… Claramente, un padre, o mejor un hermano mayor, del inefable Hercules Poirot.

Cartel de la película de 1927

El huésped ha conocido, desde su publicación en 1913, varias adaptaciones al teatro y cinco versiones cinematográficas: la de Alfred Hitchcock -1927-, la de Maurice Elvey -1932- , la de John Brahm -1944-, la de Hugo Fregonese -1953- y la de David Ondaatje -2009-.

De las que yo he visto, la de John Brahm es muy recomendable y la de David Ondadtje entretenida sin más.

Pero la que voy a comentar es la de Alfred Hitchcock, The Lodger: A Story of the London Fog

Se trata de una película muda que fue la cuarta de las dirigidas por Hitchcock, pero que es la primera en la que ya están patentes muchos de los hilos maestros de la futura filmografía del director, empezando por el tema: un hombre acusado injustamente de un crimen, un asunto que será muy querido por Hitchcock, porque consideraba que los espectadores se identificaban rápidamente con un inocente perseguido; y ese es otro de los pilares fundamentales de la obra de Hitchcock, la consideración por la opinión del público.

En esta película ya están también muy presentes el sentido de la culpabilidad, la represión y el miedo que fueron el sello del británico. Son aspectos que encuentran su origen en la personalidad del director, marcada por una educación católica represiva en su hogar y en la escuela jesuita donde estudió.

June Tripp e Ivor Novello como Daisy Bunting y El huésped

Otra característica de Hitchcock que ya se advierte en The Lodger, es su fascinación por lo criminal -durante un tiempo visitó diariamente ese Black Museum de Scotland Yard que Belloc describe en la novela-, por lo que no es de extrañar que tras ver una obra de teatro basada en el libro decidiera adaptarlo al cine. Es significativo, que muchos años después, en 1972, la penúltima película del director, Frenesí, estuviera dedicada a otro asesino en serie de mujeres.

Reproducción del Black Museum

Mucho se ha hablado de la faceta turbia de la personalidad del director y de su fijación por las actrices rubias. Curiosamente, son también las mujeres rubias el objetivo del asesino de su película The Lodger –por ello la versión española se mal tituló como El enemigo de las rubias-, un fetichismo propio del director que no aparece en la novela original y que en la película da lugar a alguna nota cómica.

Y en referencia al siempre comentado fetichismo del director, Hitchcock utiliza en esta película varias veces el detalle de las esposas -que él mismo consideraba objetos fetichistas de dominación-, con un claro simbolismo sexual cuando Joe se las coloca a Daisy y religioso cuando se las pone a Novello -el actor que encarnó al huésped- y hacen quedar a este colgado, a modo de crucifixión, de una verja, sin poder huir de la turba que quiere lincharle.

Cartel francés de la película

Por otra parte, en The Lodger hay una clara influencia del expresionismo alemán. Ello se debe a que la segunda película muda que Hitchcock dirigió, El jardín de la alegría, de 1925, fue una coproducción anglo-germana que permitió al director viajar a Alemania y conocer el expresionismo alemán y a su gran maestro, el director Friedrich Wilhelm Murnau.

Esa influencia alemana se evidencia en que Hitchcock hace avanzar la historia a través de las imágenes, no de los subtítulos, como era lo habitual en las películas mudas; además, y eso es producto genuino de la inventiva del director británico, a través de titulares de periódicos y notas de prensa que aparecen en las imágenes. Precisamente, Hitchcock que se sirve de la prensa para clarificar su historia, destaca también la utilización morbosa que esta hace de los asesinatos -como también sucede en la novela.

Hitchcock señaló a Truffaut -en las conversaciones recogidas en El cine según Hitchcock- esa influencia alemana y también el carácter personal de The Lodger:

Es el primer film en el que saqué provecho de lo que había aprendido en Alemania. En este film, todo mi acercamiento era realmente instintivo; fue la primera vez que ejercí mi estilo propio. De hecho, se puede considerar que The Lodger es mi primer film.”

Hitchcock utilizó las esposas como objeto fetichista

Lo cierto es que toda la película destaca por su inventiva y su expresividad. El director ya ensaya en ella golpes de efecto que irá depurando a lo largo de su carrera y que, además, con la llegada del sonido dejaban de ser necesarios: el techo de cristal que permitía ver los nerviosos paseos del inquilino sospechoso por la habitación superior, el simbolismo -producto de la educación católica del director- del inocente liberado del linchamiento a modo de un descendimiento de la cruz…

En The Lodger se inicia también una curiosa tradición. La breve presencia de Hitchcock en sus películas. Aquí aparece sentado en las oficinas de un periódico, y lo hizo por pura necesidad técnica, para llenar la escena. Después del éxito de The Lodger, Hitchcock mantuvo los cameos en sus películas por superstición y, ya consolidado su éxito, por deseo del público, si bien, para no distraer a este, solo aparecerá en los primeros cinco minutos de metraje.

Ivor Novello, June Tripp y Malcolm Keen como El huésped, Daisy y Joe

The Lodger fue un gran éxito, aunque los distribuidores, después de verla por primera vez, se asustaron por algunas escenas que consideraron brutales y por otras que eran explícitamente eróticas: Daisy en la bañera, algunos besos que anticipaban el famoso de Encadenados..., originadas por una relación amorosa entre Daisy y el huésped que no existe en la novela. Por ello, a pesar de la inmensa fama del protagonista, Ivor Novello -el Valentino británico-, arrinconaron inicialmente la película. Meses después, aceptaron distribuirla a cambio de que Hitchcock hiciera algunos cambios que, según el director, no fueron importantes. La película se estrenó con enorme éxito y actualmente se sigue considerando un hito de la filmografía mundial.

En esta película Hitchcock ya se enfrentó a un problema que tendría más tarde en Sospecha, tal y como él mismo relató a François Truffaut:

F.T. En realidad, el protagonista era inocente, no era El Vengador.

A.H. Esa fue la mayor dificultad. El actor principal, Ivor Novello, era una estrella del teatro en Inglaterra; tenía un gran cartel en aquel momento. Este es uno de los problemas al que tenemos que enfrentarnos con el sistema de estrellas: a menudo, la historia queda comprometida porque la estrella no puede ser el malo…. Dieciséis años más tarde me encontré con el mismo problema al rodar Suspicion -Sospecha-, con Cary Grant. Era imposible hacer de Cary Grant un asesino.

Ivor Novello, el actor y cantante galés que tuvo gran fama en su época

Seguramente, cualquiera que no sienta especial interés por el cine más allá de pasar un buen rato con alguna película, podrá identificar un mayor número de películas de Hitchcock que de cualquier otro director cinematográfico muerto o vivo. Pues esa indudable personalidad, esa impronta perdurable y tan identificable, es la que aparece por primera vez en The Lodger, la película muda en que Hitchcock fue por primera vez Hitchcock.

El director siempre tuvo especial cariño por esta película y era muy consciente de lo mucho que había logrado en ella. Años después, cuando ya tenía fama mundial y se había trasladado a Hollywood, quiso volver a versionarla con sonido, pero no encontró apoyo económico y vendió los derechos de la novela a la Fox. La nueva versión, dirigida en 1944 por John Brahm y protagonizada por Merle Oberon y George Sanders, es una buena adaptación que gustará a muchos de aquellos que no aprecien las exageraciones gestuales y limitaciones técnicas del cine mudo.

Un aspecto muy convencional que escondía oscuras pulsionesz/div>

Ficha Técnica:

Año de estreno: 1927

País: Reino Unido

Director: Alfred Hitchcock

Guion: Alfred Hitchcock y Eliot Stannard

Música: Joby Talbot y Ashley Irwin

Reparto: Ivor Novello, Marie Ault, Arhtur Chesney, June Tripp, Malcolm Keen, Eve Gray

Historia: Marie Aadelaide Belloc Lowndes

Género: Intriga. Cine mudo.

Yolanda de Pablos Valencia

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