Breakneck: a toda velocidad. Cómic.

  • Guión: Duane Swierczynski
  • Dibujo: Simone Guglielmini y Raffaele Semeraro
  • Color: Chris Chuckry y Lovern Kindzierski⁣
  • Cártem Cómics

Joe Hayward quiere a su esposa, quiere mucho a su esposa y su infidelidad exige una achispada defensa de su honor ante ese seductor asqueroso de Scott Majeski. Armado sólo con su dignidad, un bate de béisbol y un ladrillo Joe irá a lavar con sangre y lágrimas la afrenta, el problema para Joe es que Scott Majeski es un agente del FBI enviado a Philadelphia para un ejercicio de campo que acaba por convertirse en una conspiración para cometer un auténtico atentado; esto es, si un Scott puesto hasta arriba de suero de la verdad, hasta casi quedar incapacitado, y un Joe que se encuentra ejerciedno de manos y pies del agente no lo impiden, lo que dependerá de si no se matan antes el uno al otro.

Duane Swierczynski (1972, Philadelphia) es un autor que se hizo conocido en el mundillo literario a través de una producción bastante nutrida de novelas, enclavadas en el noir y thriller principalmente, y al que los españoles asociamos -los que hemos oído hablar de él- como guionista de cómics dentro de la factoría Marvel, porque el resto de su producción comiquera ha pasado por la piel de toro de puntillas y la novelística ya ni te digo (tres novelas en una década larga, y encima como coescritor, es todo lo que hemos conseguido) y es una pena porque si un rasgo tiene este autor es, aparte de la imposibilidad de deletrear bien su apellido, lo desvergonzadamente divertidas que son sus novelas.

Esa desvergüenza para plantear tramas alocadas y su habilidad para desarrollar lecturas adictivas no significa que el autor suspenda la incredulidad más allá de lo que establece el punto de partida de sus relatos, ni que use atajos a la hora de resolver sus tramas; en todo caso al contrario puesto que, con un valor que hay que reconocerle, muchas veces él mismo se pone retos, como por ejemplo en este Breakneck, en el que los personajes, ya de partida, resultan desagradables al lector: por su lado Joe Hayward es un oficinista que no destaca especialmente por nada excepto por sus rasgos controladores e inflexibilidad con el otro (despide gente por llevarse bolis de la oficina, le mira el móvil a su esposa antes de hablar con ella y así), mientras que Scott es un chuloplaya que se folla a lo que se mueva, por muy casado que ese cuerpo esté, y que, una vez que accidentalmente es inyectado con suero de la verdad, confirma plenamente ser un pesado incapaz de dejar de picar a Joe y, por añadidura, vemos que su formación profesional no está a la altura de la mitología que se ha formado en torno a la profesionalidad del FBI.

Este punto de partida es un paso más allá en la clásica relación de antagonismo entre la típica pareja que forma las buddy movies policiales que han sido y son en el cine: aquí no sólo hay un desagrado entre los dos protagonistas, aquí lo que quieren de verdad es deshacerse el uno del otro (a veces definitivamente), todo ello a una velocidad de vértigo que no nos deja descansar desde que se lanza el ladrillo hasta que llegamos a ese final en el que veremos si nuestros improvisados héroes -o, más bien, antihéroes- salvan sus diferencias y, de paso, Philadelphia. Uno de los grandes aciertos del guionista para construir tensión es el uso de una cuenta atrás que nos va diciendo todo el camino cuánto queda hasta que estalle la bomba, mientras los protagonistas se enfrentan a los conspiradores, encuentran aliados inesperados y, en general, se hacen la vida imposible el uno al otro.

La comicidad de la historia está principalmente presente por la incapacidad de Scott de dejar de decir esas cosas que normalmente los humanos no llegamos a decir de nuestros congéneres aunque las pensemos y de la manifiesta incapacidad de Joe por manejar, o incluso entender, su papel en la historia; comicidad que se ve amplificada por la gran cantidad de juguetes sexuales que los protagonistas sacan en los momentos más inoportunos, al venir en la mochila que contiene los planes secretos del atentado.

El problema se presenta cuando nos damos cuenta de que una buena parte de los comentarios supuestamente graciosos de los protagonistas ni tienen auténtica gracia ni aportan información que haga avanzar la historia y que los chistes con consoladores tienen un rango muy limitado fuera de la adolescencia o de los Estados Unidos (cualquiera que haya tomado un helado de La Pollería/La Coñería ha agotado las variantes de este humor en menos de cinco minutos, ya lo voy adelantando) y que el cachondeo del autor con el agente del FBI es más bien inofensivo, sin que se llegue a hacer una sátira mínimamente punzante –ya no digo hiriente- del sistema.

La obra presenta, además, algunos otros puntos más que van al debe, como unos secundarios poco definidos (la periodista rabiosa con la que Scott y Joe se alían podía haber dado mucho más juego y el papel final de la esposa de Joe es el de estar ahí, sin que aporte nada relevante a la trama) o unos oponentes que, aparte de alguna frase ingeniosa, no se distinguen mucho de los masillas a los que apalizaban los Power Rangers capítulo tras capítulo, pero dado el ritmo que se quiere imprimir al relato no es una cosa en la que nos fijemos muchos y, a veces, incluso juega a favor al ayudar a mantener ese ritmo vertiginoso en el que pasamos las páginas casi sin darnos cuenta.

En la parte gráfica nos encontramos con los lápices del italiano Simone Guglielmini, entintado por el también italiano Raffaele Semeraro, que divide la página generalmente en tres o cuatro tiras de viñetas, con frecuentes viñetas a sangre y más de una splash-page que ayude a realzar las escenas más espectaculares; de la capacidad de este autor para el noir y sus ambientes oscuros ya teníamos noticia gracias a sus comissions o al cómic Near Death (que, desafortunadamente, sigue inédito en español), aunque en el apartado de la gestualidad de los rostros el italiano no anda tan bien y se pierde en muchos casos el impacto que las frases que el guionista ha imaginado para sus criaturas por no tener unos gestos que acentúen, o siquiera acompañen, esa comicidad, faltando también, en este mismo sentido, algunas escenas que acentúen en su composición el aíre de slapstick que se desprende de los diálogos (la caída de Scott de la ventana, la de Joe desde el metro elevado, las peleas con consoladores, …); nada realmente grave, al cumplir de sobra el artista en un tebeo que es una persecución desde la primera página.

Para apoyar el trabajo gráfico nos encontramos a los coloristas Chris Chuckry y, en menor medida, Lovern Kindzierski, creando unos colores apagados que van perfectamente con el momento invernal en que transcurre la acción, con muchos azules, grises y tierra junto con efectos de ordenador menos tradicionales que reproduzcan las ventiscas y ambientes, en un trabajo de color impecable.

Después de todo esto, este reseñista se queda con que Breakneck es una farsa adictiva, en una mezcla impía entre Crank, Homeland y Kiss, Kiss, Bang, Bang, que según la abres la devoras por su ritmo endiablado y que muestra un descaro en su planteamiento y desarrollo tan ajeno a lo modos del panorama español que resulta auténticamente refrescante. Esta obra nos llegará en breve, pues ha sufrido un retraso a pesar de estar inicialmente prevista para el mes de mayo, envuelta en la primorosa edición que Cártem Cómics emplea para todos sus proyectos. 

Miguel Ángel Vega Calle

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