El tren de la bruja (Tampoco el mundo es tan grande como dicen, de Carlos Pérez Merinero)

Hace unos años, la editorial Vernacci, en su colección «Puño gris», publicó una nueva edición del clásico merinerista El ángel triste, y este año, a la voz de «ya» (el 10 de octubre: seguramente poco antes de que aparezca este artículo en Total Noir), publicará una espléndida y cuidada edición de Sangre nuestra (La factoría de ideas,2005) la penúltima novela que escribió Carlos Pérez Merinero (1950-2012), con prólogo de Agustín Díaz Yanes y con el título (preferido por su autor, según me comenta su hermano David, que es quien ha asumido la hermosa tarea de acercarnos la obra de Carlos) Tampoco el mundo es tan grande como dicen, que si bien tiene más gracejo, posee menos lirismo que el retrúecano preciso y premonitorio que tenía el antiguo epígrafe: a cambio, la portada ha perdido obviedad y ha ganado siniestro ambiente gracias al pincel de Pedro Arjona, que ilustra el libro.

En las últimas páginas de aquella primera Sangre nuestra se aclaraba que esta obra formaba, junto con Razones para ser feliz (1995) y La niña que hacía llorar a la gente (entonces no publicada aún: lo sería en 2011, por El Garaje Ediciones) una trilogía que llevaba el borroso y algo encumbrado nombre de “Fronteras de la inocencia”, en referencia al mundo de la infancia, protagonista en las tres novelas.

A este respecto, al del protagonismo de la infancia, y desde el punto de vista de la perspectiva narrativa que hace protagonistas a los infantes, puede admitirse esta existencia de una trilogía merineriana de la infancia (aunque entre el niño protagonista de Razones para ser feliz, y los tres mortíferos elementos que campan a sus anchas en Tampoco el mundo es tan grande como dicen, hay una diferencia esencial: aquel ve su feliz mundo ensangrentado por los crímenes de su padre, mientras que a estos nos los encontramos desde el inicio de la historia en siniestra comandita: saben ya lo que son, y por qué. “Hoy hemos soñado que habían acabado con nuestros sueños”, principia, en primera persona del plural, por si nos quedaba alguna duda, el primer capítulo): pero la infancia como lugar que solo se abandona, y para siempre jamás, mediante una traumática pérdida de la inocencia, es el tema central, la parte más significativa, la idea nutricia de la obra, en general, de Carlos Pérez Merinero, y que si está presente en esta trilogía, también lo está en los ojos del niño que parecía “un ángel triste”, o, por qué no, y ya que hace no mucho aquí mismo la reseñamos en el circuito de coches teledirigidos, vestigio del mundo de la infancia, que aparece en el film Rincones del paraíso.

Pero volvamos hic et nunc para celebrar este Tampoco el mundo es tan grande como dicen que nos llega en edición limitada para merineristas y en tapa dura, pero, por muy dura que sea, no tan dura como su trama. Sobre el habitual (en Carlos P. Merinero) y sencillo esquema narrativo que acontece en escenarios muy concretos y cercanos (un sótano, una librería, un supermercado) evoluciona el pesadillesco devenir de Diego (el mayor, de unos quince años), Tomás y Anita (la más pequeña, obsesa de la polaroid, la obligada representación del voyerismo en una novela de Merinero), tres hermanos que se enfrentan, en efecto, al problema-estrella de todas las pesadillas: ¿cómo deshacerse de un cadáver?

Il faut dire que este cadáver no es un cadáver cualquiera, es un cadáver familiar que se les impone casi por accidente, pero que desata unos sangrientos e implacables instintos en nuestros tres fratelli que, si no sucumben de inmediato a las circunstancias de su ficción, y si no acaban de ser repudiados por el lector (al menos en mi caso) en la realidad, a pesar de las crueles barrabasadas, de las sádicas ocurrencias que hacen desfilar por el relato, es por una cualidad que los redime: el compañerismo, el sentimiento de pertenencia al mismo destino, la incuestionable solidaridad que les une en su quehacer criminal, fuera de la ley, la moral, la familia y la sociedad.

Y, también, por el humor.

Las historias de Merinero son terroríficas y socarronas porque están contadas con un lenguaje expresivo, lleno de giros y de reflexiones (también de situaciones y de alusiones: en la obra que hoy comentamos, por ejemplo, nuestros niños asesinos hacen una excursión a la librería para comprar, entre otros volúmenes, El simple arte de matar, de R. Chandler) que nos hacen sonreír en mitad de un charco de sangre. 

Y este diabólico aterrarnos y carcajearnos a un tiempo, omnipresente en Tampoco es tan grande el mundo como dicen, es marchamo de Carlos Pérez Merinero desde que vio la luz Días de guardar, y desde entonces, relato tras relato, no ha parado de ofrecernos asiento en su particular tren de la bruja, o del brujo, donde uno se sube a reír, a espantarse y a gritar, mientras el maestro, guiñándonos un ojo, nos arrea con la escoba en la cabeza, y nosotros, pataleando y haciéndonos cruces, entramos y salimos de sus relatos, y al final aplaudimos porque lo hemos pasado bien, y porque sentimos que esos escobazos merinerianos no nos hacen más malos, y sí en cambio, creo yo, menos tontos.

Óscar Urra

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