Afrika. Cómic.

  • Guión, dibujo, color: Hermann
  • Planeta de Agostini

A la reserva de animales salvajes en la que el maduro guardián Darío Ferrer protege a sus amados animales llega Charlotte, una madura fotoperiodista, en busca de un reportaje sobre la caza furtiva de animales exóticos y, a poder ser, también de emociones fuertes en medio del salvaje continente negro que evoca la palabra “África” en sus fantasías. Lo malo es que podrá obtenerlas al tropezar con una pequeña limpieza étnica, lo bueno es que allí estará Ferrer para intentar protegerla y sacar a la luz la verdad de lo que han contemplado.

Hermann, firma artística de Hermann Huppen (1938, Bévercé), nos lleva de nuevo a las tierras de África para denunciar, de nuevo, que en ese continente que en nuestra imaginación sigue siendo en gran parte asociado con los adjetivos “desconocido”, “salvaje” y “exótico” se practica una realpolitik descarnada sobre los cuerpos de sus habitantes, sean o no humanos. Para ello, el belga idea una trama que parte del poco conocido drama que supone la caza furtiva de animales salvajes y nos lo mezcla con los tejemanejes de los políticos locales, siempre encantados de recibir las influencias (y dólares) de las potencias extranjeras. 

En 2007 -cuando apareció el álbum originalmente, aunque en España tardó en llegar hasta 2010- la habilidad al dibujo de Hermann estaba fuera de duda y un nuevo guión del mismo, fuera de su serie Jeremiah, en el que no participase su mediocre hijo, Yves H, nos sonaba a todos a música celestial. Hermann, además, parecía querer actualizar su mirada sobre los temas ya tratados en esa pequeña joya que es Missié Vandisandi (1993, Ediciones B en su sello Los libros de CO & CO), tales como la perniciosa influencia –y connivencia- de los intereses europeos sobre los regímenes surgidos tras la descolonización de África, lo terrible de la caza de animales exóticos o la represión de los gobiernos sobre sus poblaciones.

La aventura empieza fuerte con la presentación de los personajes principales, reproduciendo la pareja de caracteres clásica en la obra del belga: uno lleno de grises morales -Darío Ferrer- y otro más idealista –la periodista Charlotte-. Así el encallecido Darío deberá proteger de los peligros del entorno, procedentes de animales y de bípedos, empezando por ese peligro tan real, y de métodos tan sangrientos, que son los cazadores furtivos; mientras tanto, se va impugnando esa fascinación y moralidad buenista que muestra Charlotte –que, en realidad nos retrata a los lectores europeos, quienes en nuestra gran mayoría ni sabemos ni queremos saber cuál es la realidad diaria en un país cualquiera de África,  conformándonos con los tópicos exóticos que hemos adquirido casi por ósmosis cultural– a la vista de que el gobierno tiene un interés cuanto menos laxo en la protección y conservación de su patrimonio natural y que el tratamiento de sus disidentes es mejorable.

Una vez pasado el primer tercio del relato y establecido el terreno de juego es cuando una intervención europea lleva a la eliminación de disidentes locales, permitida si no alentada por los gobernantes locales (se nos deja entrever que los intereses chinos compiten con los europeos ya en esa fecha y, claro, para mantener las viejas relaciones hay que entenderse urgentemente a base de favores), hace que la pareja protagonista deba huir del país a través de la jungla mientras son perseguidos, para acallar lo ocurrido, por el Sargento Ronet.

“- Allí, como usted dice, encontré un calibre 120. Sólo un contingente extranjero lo posee.

– ¿Y qué?

-El 120 lo devasta todo. Eso quiere decir que el contingente extranjero ha participado en la masacre para apoyar al gobierno y nadie debe saberlo. ¿Lo capta?”

Hermann, además, nos introduce poco a poco una subtrama sobre la seducción de Iseko, la amante de Darío, por parte de un amigo y vecino blanco de éste, como metáfora de la corrupción que el mundo blanco –colonial- ejerce sobre los africanos, con promesas de preciosas cuentas de cristal a cambio del alma del continente.

El problema estriba en que Hermann, a pesar de contar con unos personajes sólidos, con los que pronto empatizamos, y una trama interesante, no es capaz de mezclar de una manera orgánica todos los hilos narrativos, sintiéndose el devenir de la acción un tanto apresurado en diversos momentos y la trama un tanto difusa. El relato queda como una lectura interesante y adulta, que trata directamente temas poco o nada transitados -sólo me vienen a la cabeza los nombres de Malla Nunn, Charles McCarry, John LeCarré o Richard Crompton, como exponentes que se hayan acercado, a veces sólo tangencialmente, a estas materias-, pero que parece no respirar correctamente. Esta sensación se agudiza si lo comparamos con el ya citado Missié Vandisandi, en que Hermann ya trató todos estos temas de una manera menos adrenalítica pero mejor trabada.

Respecto a la parte gráfica, siendo Hermann el autor, sólo se puede calificar de notable en un álbum en que opta por una estructura de página tradicional, con tres tiras por página y dos o tres viñetas por cada tira, si bien jugando continuamente con la división de éstas para hacerlas más pequeñas o más grandes (con esos planos generales que tanto gustan al autor) pero sin utilizar en ningún momento esas viñetas a sangre que tan habituales son en su obra. Completa el conjunto con la aplicación por el propio autor de color directo a las páginas, como ha sido habitual en su producción desde mediados de los noventa, creando esa simbiosis entre la línea y el óleo degradado planchas auténticamente bellas, como las que representan el enfrentamiento nocturno entre Ferrer y el sargento Ronet.

El autor, que ha comentado en diversas ocasiones su gusto por dibujar animales, en este álbum se encuentra a sus anchas mostrándonos gran parte de la fauna salvaje centroafricana, ya sea como protagonistas de la acción o como elementos secundarios en las viñetas, aportando un sentido –no intencionado- de cierta intrascendencia a las acciones de los humanos, que se mueven por las páginas jugando a juegos de engaño y muerte.

Al final nos queda, como he dicho, un álbum en el que Hermann entremezcla gran cantidad de elementos, que individualmente podrían dar por sí mismos no una sino varias obras de interés, pero cuya suma no es mejor que el conjunto de sus partes. Ello no quiere decir que estemos ante una mala obra, pues todos los ingredientes funcionan por sí mismos, pero quizá le hubiera hecho falta un recipiente más grande en el que poder ser cocinados con el tiempo que merecían.

Miguel Ángel Vega Calle

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