Agente presidencial, de Upton Sinclair.

Agente presidencial, de Upton Sinclair. Hoja de lata.

Esta novela nos narra las peripecias de Lanny Budd, un marchante de arte norteamericano que, gracias a su profesión, recorrerá la sociedad y los centros de poder europeos y norteamericanos de los años 1937 y 1938.

Al comienzo de esta quinta entrega de sus aventuras será reclutado como agente—mejor llamarlo espía—, al servicio directo del presidente de los EE.UU., Franklin D. Roosevelt, para el que escribirá informes sobre lo que se cuece en el mundo económico y político de la convulsa Europa, pues sus actividades comerciales le relacionan con los hombres más poderosos de su tiempo. La forma en que es reclutado, a través de un viejo profesor de Yale, nos recuerda el similar método que usa el servicio secreto británico para fichar agentes, que tan bien nos contó John Le Carré en sus novelas.

Pese a sus ideas progresistas, cuando no directamente socialistas, nuestro protagonista tendrá que extremar su papel de marchante frívolo y playboy, con tal de poder estar cerca de los grandes mandatarios del momento, para poder pasar información a Roosevelt. Para ello escenificará

[L]a pose del amante del arte, el habitante de la torre de marfil que aborrece la política por su inherente bajeza, y por ser indigna de un caballero. Se veía obligado a escuchar todo tipo de opiniones reaccionarias, y cuando alguien le hacía una pregunta directa «¿Qué piensa usted, señor Budd?» —o herr Budd o monsieur Budd, como solía suceder—, él tenía que estar preparado para responder con actitud guasona algo que pasara por ser una agudeza en el mundo elegante: «Oh, hoy día todo el mundo se las arregla para obtener beneficios de la política, así que supongo que no debería sorprendernos demasiado que los obreros quieran hacer lo mismo».

Agente presidencial.

Esta continua interpretación irrita y agota a Budd, que de vez en cuando se reúne con sus amigos que están en la trinchera del progresismo y del reformismo. Eso no es óbice para que haga un retrato no siempre piadoso de ese mundo de lo que el autor llama los reformistas, a los que describe como:

Trabajaban duro y disfrutaban de escasos placeres, a menudo estaban amargados y eran difíciles de agradar; los había envidiosos, y no solamente de la suerte de los ricos, sino también de sus propios camaradas cuando su trabajo era merecedor de un mayor aprecio o incluso admiración. Jugaban poco y estudiaban y leían mucho. Solían mostrarse orgullosos de sus conocimientos y habían inventado una jerga propia, más útil para espantar que para instruir.

Agente presidencial.

Esto genera una desagradable sensación en nuestro protagonista, que se compara con un lagarto:

Transcurrido un tiempo, el lagarto Lanny salía a rastras de su agradable y cálido océano para caminar de nuevo sobre esas duras rocas conocidas como «realidad» y adentrarse en el extraño y frío ambiente del «reformismo social».

Agente presidencial.

Como resultado de todo esto, Lanny era una de esas criaturas que poseen al mismo tiempo branquias y pulmones y pasan su tiempo chapoteando entre mareas, empujados por las olas contra las rocas, por lo que nunca están seguros de dónde están ni de a qué lugar pertenecen.

Agente presidencial.

Lo que Sinclair nos relata con crudeza es la dura forma que la lucha de clases va creando tanto en Europa, como en los EE.UU., pues hará un despiadado retrato de las clases dirigentes de Francia, Gran Bretaña y EE.UU., frente al despliegue que la Alemania gobernada por los nazis está llevando a cabo, y que genera un claro sonido de tambores de guerra, y nos mostrará como buena parte de la clase dirigente no veía con malos ojos el fenómeno nazi, mientras este fuera una solución para contener las reivindicaciones de los trabajadores.

Había un aspecto curioso en esta lucha de clases, incluso en sus momentos más encarnizados. Cada bando veía al otro con horror, pero dicho sentimiento se mezclaba con una serie de complejas emociones: miedo, asombro, curiosidad, incluso diversión. Había algo romántico en la idea de conocer personalmente a un verdadero comunista, de poder ir a su casa y sentarse con él a comer pan y queso y beber una copa de vino.

Agente presidencial.

Pese a estos curiosos comportamientos, a lo largo de la novela se nos muestra cómo muchos grandes empresarios norteamericanos estaban muy cerca de los nazis en su odio por cualquier tipo de asambleísmo proletario. Y no dudan en buscar su propio Hitler. En esa línea se nos muestra a un agitador ultraconservador y populista neoyorquino, al que vemos mientras perora en un parque ante una multitud de fieles, que podría cumplir ese papel, pues:

“Sin duda reunía las cualificaciones necesarias: personalidad, voz, energía. Y, por encima de todo, ¡el odio! Odio contra todo y contra todos aquellos que el hombre pobre, oprimido e ignorante, consideraba sus enemigos y opresores; odio contra el poder del dinero, contra los ricos ociosos, contra los cultos y educados; odio contra el Gobierno, los partidarios del New Deal, los burócratas y los políticos; odio contra los rojos, comunistas y socialistas; odio contra los extranjeros, contra los negros y, por encima de todo, contra los judíos. Roosevelt era judío y su gobierno, un gobierno judío. El New Deal era el Jew Deal: Morgenthau y J. P. Morgan, Felix Frankfurter y Frances Perkins, Baruch e Ickes… la perorata de aquel hombre mezclaba a judíos y no judíos, pero nadie de aquella multitud lo sabía y tampoco les importaba. Gritaban pidiendo la sangre de cada uno de ellos.

—¿Esto es América? —quiso saber el orador.

Y la respuesta llegó como un siseo de serpientes:

—¡Sí! ¡Sí!

Y después:

—¿Y vamos a entregársela a los judíos?

Y la respuesta retumbó como un trueno:

—¡No!

—¿Se la devolveremos a los americanos?

—¡Lo haremos! ¡Lo haremos!”

Agente presidencial.

No sé a ustedes, pero exceptuando la referencia a los judíos, las soflamas de este apóstol populista me parecen haber sido escuchadas recientemente … ¡y han pasado más de ochenta años!

Frente a todo este clamor de las grandes fortunas de los dos lados del Atlántico, el autor nos hace una detallada semblanza de Franklin D. Roosevelt, quien tiene que bregar, no sólo con sus adversarios políticos que no paran de cuestionar su New Deal, sino incluso con aquellos que apoyan su presencia en la presidencia, lo que le ata a la hora de llevar a cabo políticas más intervencionistas fuera de los EE.UU. Todo esto nos es mostrado durante los momentos en que el protagonista se entrevista con el mandatario, eso sí, por la noche, y en el dormitorio de Roosevelt quien, sometido a sus achaques físicos, recibe a su agente “tumbado en la cama, vestido con un pijama azul de pongee, cubierto con un fino jersey de lana y cuello redondo”. Pero su mensaje fundamental es que él es un líder de un país democrático, que tiene que escuchar la voz de su pueblo—en aquel momento reacia a cualquier forma de intervencionismo exterior—, en contraste con los autócratas populistas que han surgido en Europa, y que no dudan en expandir sus dominios a sangre y fuego.

A lo largo de la novela, el protagonista recorrerá la convulsa Europa, fijándose especialmente en la sanguinaria guerra civil en España—que apareció en la anterior entrega de esta serie—, pues nos describe su presencia en el frente de Belchite, y hace un desesperado llamamiento a favor del gobierno republicano, y de cómo es abandonado a su suerte—y sin armas—por países que se hacen llamar democráticos como Francia y  Gran Bretaña, dejándonos un cáustico retrato de las clases adineradas y aristocráticas españolas:

Creo que constituyen la más ignorante, vanidosa y arrogante aristocracia de toda Europa. Los más jóvenes han aprendido a conducir automóviles y unos pocos a volar, pero a eso se resume todo su contacto con la modernidad. Me resultaría difícil nombrar a media docena que haya leído un libro. Solo les interesa jugar al polo, cazar pichones en cotos, jugar y perseguir a las mujeres. Son supersticiosos y al mismo tiempo terriblemente cínicos. Acerca del gobierno no saben nada de nada y si su general Franco gana esta guerra convertirán el país en un paraíso para Juan March y tantos otros especuladores como él y en una mazmorra para cualquier hombre o mujer ilustrados.

Agente presidencial.

Pero donde el protagonista pasa muchos momentos de la novela es en Alemania, en contacto con los jerarcas nazis. Así nos hace unos retratos detallados y poliédricos de personajes históricos como Von Ribbentrop, Hermann Wilhelm Goering, Rudolf Hess, Goebbels, y especialmente de su líder, el Führer Adolf Hitler, conocido en su medio como «Adi», del que se hace una semblanza muy detallada, relatándonos su astucia, su soberbia y su capacidad de seducir-dominar a sus oponentes.

Especialmente importante será durante la novela la descripción de los manejos, justificaciones y acciones que emprendió el gobierno nazi con tal de anexionarse Austria y Checoslovaquia, ante la inacción de los gobiernos francés y británico, de los que se describen sus mezquindades y reyertas. La novela nos va dando cuenta de la desesperación del protagonista, que ve cómo las llamadas democracias liberales permiten la barbarie fascista en España y Alemania. Y verá con impotencia cuál es el futuro de un mundo que parece abocarse de manera fatal a una nueva contienda militar de ámbito mundial.

Un tema que recorre estas páginas será el de la industria armamentística internacional. El ser hijo natural del dueño de una poderosa empresa de aviación militar, la “Budd Gunmakers”, permite al protagonista tener contacto con personajes muy relacionados con esta industria como el propio Hermann Goering, o el francés barón Schneider-Creusot, al que describe como “un elegante y gallardo” continuador del gran Sájarov, el rey del mundo armamentístico del mundo de entreguerras. Nos sorprenderá el hecho de que las industrias de armamento pertenecientes a los países que luego serán feroces contendientes estuvieron muy relacionadas durante esos años.

Hay otros dos temas muy interesantes en la novela. Uno es la descripción del mundo de los espiritistas y médiums, tanto en la experiencia del protagonista, como en el uso de los mismos por los jerarcas nazis. Y el otro gran tema serán las relaciones sentimentales de Lanny Budd, hombre que, tras su divorcio de una riquísima heredera norteamericana, está embarcado en una relación que le hará pasar por muy amargos momentos. No puedo dejar pasar las consideraciones que hace una rica matrona de Nueva Inglaterra sobre lo que importa en la buena sociedad sobre un futuro marido: “en Boston preguntan qué sabes, en Filadelfia quiénes eran tus antepasados y en Nueva York cuánto dinero tienes.”

Upton Beall Sinclair Jr. (1878, Baltimore – 1968, Nueva Jersey) vino a nacer en un hogar marcado por el alcoholismo de su padre, un vendedor procedente de una familia pudiente que se arruinó tras la Guerra Civil estadounidense, y la estricta moral de su madre, una episcopaliana de familia rica que odiaba el alcohol, el té y el café. La temprana experiencia de estas dos antagónicas realidades hizo posible la posterior costumbre del autor de describir en sus obras tanto el punto de vista del asalariado como el del patrón y, junto con su personalidad inquieta que le hizo alternar con todo tipo de gente, hizo que arraigara en él una conciencia política de signo izquierdista. Dicha afinidad se tradujo en su afiliación, primero, al Partido Socialista de los Estados Unidos (el hoy ya difunto DSA, por sus siglas en inglés) y, desde 1934 en adelante, al Partido Demócrata.  

Su actividad literaria empezó en la poesía, pero su carácter inquieto, social e intelectualmente, bien pronto le lleva a escribir dime novels, relatos pulp, obras de teatro, opúsculos políticos, ensayos sobre temas que le fascinaban (siendo uno de los primeros en hablar del hoy popular ayuno intermitente) y a serializar novelas en periódicos; eso sin hablar de sus pinitos en Hollywood, donde se adaptó en 1914 su novela La Jungla (reeditada hace poco por la editorial Capitán Swing) y consiguió ser productor de films como Que viva Mexico! (1932), o en política, pues fue candidato por el DSA al Congreso y al Senado y en diversas ocasiones a Gobernador de California, tanto por el DSA como por el Partido Demócrata, aunque sin demasiado éxito. No podemos resistirnos a mencionar que el también escritor Robert A. Heinlein estuvo muy implicado en su campaña a gobernador de dicho Estado en 1934, aunque luego prefiriera olvidarse del apoyo a Sinclair—recordemos el talante muy conservador que rezumaba en sus fantásticas novelas de ciencia ficción—.

En 1906, con la publicación—por entregas, en el semanario socialista Appeal to Reason—de la citada La Jungla, logra su primer best-seller a cuenta de sus experiencias trabajando en los mataderos de Chicago. Consiguió con ésta tal éxito y tal nivel de impacto en el público que el gobierno estadounidense se vio obligado a dictar las leyes Federal Meat Inspection Act y Pure Food and Drug Act, sendas normas regulando las condiciones de los alimentos y su tratamiento (proeza, ésta, que repitió años después con su novela The Brass Check, al forzar la creación del primer código deontológico periodístico en los Estados Unidos). Otros grandes éxitos los constituyeron King coal (1917), sobre las compañías carboneras, o ¡Petróleo! (1927), inspirada en un escándalo petrolero destapado en Wyoming, que le consagraron como uno de los grandes escritores de literatura social de su tiempo. De esta última novela se hizo una versión cinematográfica en 2007, titulada en España como Pozos de ambición, dirigida por Paul Thomas Anderson y protagonizada por Daniel Day-Lewis.

A lo largo de su prolífica carrera Sinclair disfrutaba usando acontecimientos históricos reales en sus novelas haciendo que, independientemente del género del relato, haya quien considera gran parte de su narrativa como “histórica”. Así ocurre en su larga serie sobre el personaje de Lanny Budd, que consta de once extensas novelas escritas entre 1940 y 1953, de las que la editorial Hoja de Lata ha publicado en España hasta el momento las primeras cinco. Con el tercer volumen de esta serie, Los dientes del dragón (1942), le sería concedido el Premio Pulitzer.

José María Sánchez Pardo y Miguel Ángel Vega Calle.

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