Despiértame cuando acabe septiembre, de Mónica Rouanet.

Despiértame cuando acabe septiembre, Mónica Rouanet, Roca editorial.

Un hombre ha desaparecido en La Albufera de Valencia y Amparo, su esposa, no sabe qué hacer. Al año, un joven de veintipocos, Toñete, se esfuma en algún brumoso barrio londinense. Entonces Amparo, su madre, se decide.

Ha recibido un mensaje de texto ominoso en el que Toñete le pide ayuda. Amparo intenta desde ese momento establecer comunicación con el muchacho, pero solo obtiene la respuesta familiar e impersonal a un tiempo de la máquina inexorable: The phone you are calling is off or out of coverage at this time, el teléfono móvil al que llama está apagado o fuera de cobertura.

Contra viento y marea, quien tiene por mal nombre la Sueca se compra una maletita de plástico naranja en un bazar chino y, con cuatro mudas y un neceser de mano a rebosar de pinturas nuevas, abandona las barracas embarcándose sin dudar en la búsqueda de su hijo. Esta empresa la conduce a un camping en el sur de Inglaterra donde conoce a un excéntrico viudo, Conrad, que pasa los días llorando y las noches sudando a causa de la muerte de su mujer, otra Amparo, arrollada mientras paseaban ambos en bici por un conductor que inmediatamente se dio a la fuga. Todo se complica aún más, si cabe, porque el viudo comienza a sospechar que quien iba al volante bien pudiera tratarse del marido, presuntamente fallecido, de su nueva amiga.

Esta novela comparte rasgos con el domestic noir—soledad, desconfianza—, pero no se limita a los confines del género. Así, mientras todos los que rodean a Amparo—incluyéndola a ella misma—resultarán sospechosos en un momento u otro de la trama y la policía, además, se muestra distante, cuando no directamente displicente, la acción se sitúa, sin embargo, en varios entornos más típicos de otro género popular de la detectivesca, el country noir.

Menciono el country noir porque en Despiértame cuando acabe septiembre lo que se dice, lo que no se dice, cómo se dice y—como no podía resultar de otra manera—, el silencio, se erigen todos ellos en protagonistas indiscutibles tanto de la trama principal, como de los enigmas aledaños.

Y eso, los decires, lo han vivido en las carnes quienes pueblan esta novela, empezando por la propia Amparo. Desde que nació, hace ya cincuenta años al inicio de la narración, Amparo ha sufrido los rumores y maledicencias de sus vecinos: en primer lugar, acerca de su madre, quien se fue a Suecia embarazada a intentar atraer de nuevo al novio de toda la vida, empresa en la que fracasó rotundamente, pues la competencia, al parecer, le resultó demasiado dura; en segundo lugar, sobre su marido—el presunto muerto en la barca—, ya que las malas lenguas afirmaban que aquel hombrecillo de voz aflautada había huido a Inglaterra con su amante, el enigmático Charlie Parks, quien desempeñará un papel importante en esta narración.

También Conrad, el viudo larguirucho, se las tendrá que ver con los rumores: hay quienes piensan que nunca existió tal conductor fugado. Para superarlo, intenta ahogar sus penas en ginebra, la bebida tradicional de su tierra.

Llama la atención, por lo relativamente inusual, el hecho de encontrarnos ante una trama internacional o, al menos, binacional, en la que participa una investigadora por “esport”—nuestra Amparo—y donde, además, no existe casi involucramiento por parte de las autoridades.

Los escenarios en que se desarrolla la acción en ambos países, sin embargo, despliegan un localismo minucioso, aunque aparece Londres fugazmente. Pues tanto en Inglaterra, como en La Albufera, se presentan pequeñas comunidades semiaisladas, en las que cada individuo resulta un personaje singular.

Pero este ambiente dislocado casa a la perfección con la biografía de Amparo. Porque nuestra protagonista, ciudadana de muchas tierras y extranjera en todas ellas, pues nació, según ella, “por accidente” en Suecia—allí la llamaban la Española—, se encuentra en las autocaravanas, roulottes y motor homes inglesas casi como en casa. Tal vez porque no tenga ninguna.

Creo que es precisamente este asunto, la expatriación y sus consecuencias, lo que pinta de manera tan extraordinariamente convincente la novela de Rouanet. Abundan las descripciones de comestibles o utensilios especializados y la emoción, esta indescriptible, que suscitan ciertos hallazgos preciosos cuando nos encontramos lejos de casa: la paella—que no paellera—, el arroz bomba, pimientos de la huerta en algún día de increíble fortuna… así como de las conversaciones, a media lengua, quizá a media voz también, entre dos personas unidas por el desarraigo. Un desarraigo y una lejanía permanente en que la medida del tiempo la constituyen los meses y no los días: “te veré el verano que viene”, “volveré a mediados de enero”… “despiértame cuando acabe septiembre”.

Y, en este sentido, Amparo resulta una investigadora amateur de lo más tradicional. Porque la solución de Rouanet a la división interna de lo que se ha dado en llamar “bilocación” no pasa por la necesidad de escoger entre una patria o la otra, o entre un idioma u otro, sino por la tercera vía, que quizá podríamos calificar como wanderlust, algo así como “pasión por vagar”. Y algo de eso tienen muchos investigadores del noir, con frecuencia alejados o aislados de los cauces ordinarios de la vida.

Para terminar, un dicho texano: Home is where you hang your hat (algo así como: tu casa es el lugar donde cuelgas el sombrero). Y los dejo con otro texano de pro, el tantas veces imitado, pero siempre inimitable Willie Nelson.

M.M.

Disponible en la librería Estudio en Escarlata.

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