El signo de los cuatro, de Manuel Valle. 5a entrega: vol IV. Raymond Chandler. Alma, corazón y vida.

Manuel Valle. El signo de los cuatro. vol. 4. Raymond Chandler. Alma, corazón y vida. Comares.

Hoy les ofrecemos la quinta y última entrega sobre El signo de los cuatro de Manuel Valle, referida al cuarto tomo de esta obra. En esta entrada se analiza la novelística del gran escritor Raymond Chandler y su celebérrimo detective Philip Marlowe. En las anteriores, Manuel Valle se ocupó de elaborar una Introducción general, junto con entradas dedicadas, respectivamente, a Sherlock Holmes, Agatha Christie y Dashiell Hammett.

El delito no es una enfermedad, sino un síntoma. La policía es como el médico que receta aspirina para un tumor de cerebro, con la diferencia de que la policía cura más bien con una cachiporra. Somos un pueblo grande, rudo, rico y salvaje, y el delito es el precio que pagamos por ello, y el delito organizado es el precio que pagamos por la organización. Lo tendremos durante largo tiempo.

Esta es la tesis de la alta gestión comercial en nuestros tiempos, y también es la tesis del comunismo soviético. No se diferencian ni en el grosor de un cabello. Existe en ambos la misma presión sobre el individuo para obtener de él la máxima eficiencia en beneficio de la empresa, del estado, o de como quieras llamarlo; la misma prisa por desembarazarse de él sin contemplaciones en cuanto empieza a debilitarse; el mismo desprecio por el individuo como persona; y sólo se le premia y elogia cuando cumple su papel de instrumento para algún vago propósito, que en nuestro país parece consistir en hacer ganar mucho dinero a las grandes empresas y sus accionistas, y en la Rusia soviética en la protección del Estado.

Parece obligado, al hablar de la narrativa de Chandler, comenzar por referirse a la figura de Philip Marlowe, su detective mítico, quizás el personaje icónico por excelencia de la imaginería noir (la gabardina, el sombrero, el bourbon, el viejo utilitario, etc.).

Efectivamente, Philip Marlowe es un icono de la novela de misterio, tal vez el último de la época clásica y el que recoge con la mayor profundidad todas las contradicciones que anidaban en la figura del detective privado. Como es sabido, Chandler probó en sus diferentes relatos iniciales con varios detectives, que irían unificando sus perfiles en torno a Marlowe, que aparece en El sueño eterno y ya sería el protagonista del resto de sus novelas. Pero, además, Marlowe es el narrador en primera persona de estas novelas, lo que lo diferencia de los otros tres autores que estudié en El signo de los cuatro, Doyle, Christie y Hammett (aunque es cierto que los relatos de Hammett y El hombre delgado están narrados en primera persona). Y la diferencia estriba en que Marlowe, al contrario que el resto de los detectives, es un «sentimental» y, por tanto, la mirada que traslada el relato al convertirse en narrador es una mirada igualmente sentimental, cosa que no ocurría en el resto de los autores. Al unificar las figuras del detective sentimental y el narrador sentimental, Chandler provoca un giro en el género de misterio que, en última instancia, lo llevaría a desembocar en la narración mainstream, algo que ocurre, como sabemos, en El largo adiós.

En cuanto al hecho de que el detective Marlowe sea un icono de la modernidad (con toda su imaginería cargada con los fetiches y cachivaches esperables), creo que se deriva de un doble malentendido. Por un lado, la condición icónica procede sobre todo del cine, y especialmente del mito Bogart, en el que se amalgamaban personajes de diferente calado y procedencia (Spade de El halcón maltés, de Hammett; Marlowe, de El sueño eterno, de Chandler y, sobre todo, los protagonistas de Tener y no tener, de Hemingway, y el inolvidable Rick de Casablanca) provocando una confusión que luego se ha trasladado a la apreciación de los personajes presentes en los textos. Digamos que el mito cinematográfico se ha impuesto al personaje literario. Pero, además, y este es un segundo malentendido de mayor calado, lo que tantísima iconografía negra (el bourbon, la gabardina, el gimlet, el sombrero, etc.) chandleriana, hammettiana o bogartiana muestra realmente es la fascinación que el capitalismo desarrollado provocó (y sigue provocando) durante años en los lectores y espectadores españoles que vivían (sobre todo en los setenta y ochenta) en un capitalismo bastante precario. De una manera paradójica, sin que nos diéramos cuenta, y sin que su obra se lo hubiera propuesto nunca, Hammett o Chandler fueron (y son) convertidos a diario en embajadores de lujo de un mundo que odiaban profundamente. Y en este sentido nos parece que se justifica el estudio detenido de su obra con vistas a deshacer en la medida de lo posible este cúmulo de malentendidos e interpretaciones sesgadas.

¿De qué modo funciona la relación entre Marlowe y la policía—o los policías—?

La relación entre el detective y la policía es siempre un indicio del modo en que el escritor percibe la relación privado/público o, dicho de otro modo, la relación de los individuos con el Estado. En otros autores esta relación podía ser de superioridad (la superioridad científica de Holmes como marca de su superioridad moral), de colaboración plena (Poirot y Marple), o colaboración como medio de defender los intereses individuales (Op, Spade), con distancias, diferencias y contradicciones, pero nunca con un enfrentamiento frontal. En Chandler todo cambia: como el propio escritor señaló en su correspondencia privada, «Marlowe no sería Marlowe si pudiera llevarse bien con los policías». Por eso su relación con la policía y con los policías está marcada por un odio denso, visceral, profundo, permanente.

Claro que ese odio es solo el síntoma de un síntoma: Marlowe los odia en tanto que forman parte de un engranaje de corrupción estatal. Pero ese engranaje tampoco se detiene en los políticos, sino que engarza con el poder económico, con el dinero, ya que en la obra de Chandler los criminales no son gangsters, como los de la época de Hammett, sino que se han convertido en ricos y poderosos hombres de negocios. Eso cambia el sentido de la actuación de la policía, que ya no se dedica a perseguir a todos los delincuentes sino solo a los pequeños, mientras protege a los ricos. Por eso Marlowe le dice al policía Gregorius, uno de los más sádicos de la serie, que «hay lugares donde no se odia a la policía, comisario. Pero en esos lugares usted no sería policía». De ahí igualmente que cuando Marlowe se tope con un policía honesto lo hostigue todo lo posible para que cumpla con la ley, como es su obligación en tanto que servidor del Estado surgido del contrato entre los ciudadanos.

Habría que aclarar, finalmente, que esta consideración de la policía y su relación con el detective es algo que apareció en la obra de Chandler y que únicamente más tarde, por una lectura equivocada de los textos, se ha adjudicado no solo a los autores anteriores, sino al género en su conjunto, como si fuera una marca de lo policiaco, cuando no es así en absoluto.

¿Qué opina sobre la idea de un Chandler cínico y negativista?  ¿Cuál sería su opción sociopolítica?

En mi opinión, Chandler era un liberal a ultranza y en su obra despliega la agresión que sufre el individuo y su dificultad para sobrevivir en el mundo. Pues para Chandler la clave está en que lo que él denomina «el mundo de la producción en masa», en el que el dinero ha corrompido hasta la raíz la vida social y las vidas individuales (en este sentido son de lectura casi obligada las reflexiones del detective en La hermana pequeña y las de Harlan Potter—el millonario por excelencia—en El largo adiós). Pero de ahí no surge una escritura que de manera directa podamos llamar «política», como el propio Chandler señaló: «A P. Marlowe le importa un pepino quién sea el presidente; y a mí lo mismo, porque ya sé que será algún político. Hubo incluso una chica que me soltó que yo podría escribir una buena novela proletaria; en mi limitado mundo no existe semejante animal, y si existiera, yo sería el último a quien le gustara, ya que soy un completo esnob por tradición y largos estudios. P. Marlowe y yo no despreciamos a las clases altas porque tomen baños y tengan dinero; las despreciamos porque son unos farsantes». El carácter liberal de Chandler (su aferramiento extremo al individuo destruido por el «sistema») lo hacía ser a la vez «anticapitalista» (respecto al capitalismo desarrollado, tal como él lo entendía) y «anticomunista» (respecto al comunismo soviético, tal como él lo entendía): «la filosofía básica de las grandes empresas es casi exacta a la del estado comunista. La única diferencia que logro advertir es que, en Rusia, cuando empiezas a meter la pata te fusilan o te mandan a un campo de trabajos forzados, mientras que en los Estados Unidos te exigen que dimitas o te obligan a dimitir sin pedírtelo, a base de humillarte hasta que no lo puedas soportar más».

Pero el hecho de que su escritura no sea política no significa que él no buscara en su arte algo de redentor («En todo lo que se puede llamar arte hay algo de redentor»). Solo que esa redención únicamente podía venir por el restablecimiento de un pacto entre los seres humanos y el respeto a ese contrato social, visto desde la órbita liberal. Ello implica un repliegue al espacio de lo privado-individual, un espacio en el que encontrar el modelo de lealtad que permitiera a los individuos comunicarse o relacionarse, siempre a partir de un principio básico: las formas de relación privada son el modelo de una «actitud» y esa actitud es—debe ser, porque de otro modo no serviría para nada—completa («el que es un hombre de honor en una cosa lo es en todas») y por ello puede constituir la base sobre la que se funde un nuevo contrato social.

De ahí la importancia que tiene el hecho de que Marlowe (el personaje y el narrador) sea «sentimental», pues es precisamente su condición sentimental la que le permite ese contacto, esa percepción y asimilación de la lealtad necesaria para el trato y el contrato entre seres humanos, es decir, entre individuos a la vez producidos y machacados por el sistema, entre seres tal vez impuros (como efecto de la vida sobre ellos), pero capaces de establecer relaciones puras, es decir, atravesadas por la lealtad y no por el beneficio. Ahí radica el carácter «político» (si lo queremos llamar de ese modo) de la obra de Chandler, y ahí estriba también su concepción del género de misterio: un género capaz de ser arte puro (la redención) hecho con materia impura (los materiales de la novela criminal y el lenguaje americano visto a través de su inglés clásico).

¿De qué manera funcionan la autonomía—la soledad, tal vez—en Marlowe?

Cuando comencé mi investigación, yo pensaba en una tesis sobre la obra de Chandler y acabé escribiendo sobre cuatro autores (Doyle, Christie, Hammett y Chandler) con sus correspondientes detectives o protagonistas (Holmes, Poirot, Marple, Op, Spade, Beaumont). Pero poco a poco me fui dando cuenta de que en realidad estaba escribiendo una tesis sobre la soledad. No, evidentemente, en sentido filosófico o teórico (algo muy fuera de mi alcance), sino como objeto literario, pues estos personajes son profundamente solitarios (incluso solteros que, como se sabe, es una palabra de la misma raíz). Por eso, al publicarla en forma de libro lo titulé El signo de los cuatro para subrayar que la soledad es el verdadero signo identificador en los personajes de estos cuatro autores y, a la vez, para anotar que también es el signo de todos nosotros, el signo de nuestra vida.

Pero esa soledad viene marcada de manera diferente en cada personaje: Holmes era un aristócrata huraño, Poirot un dandi pasado de moda, Marple una solterona, y los personajes de Hammett viven su soledad en hueco, como un efecto de la incapacidad de enlazar intereses y emociones. En el caso de Marlowe, la soledad es una constante con un enorme peso específico y, además, una característica trágica del personaje. Marlowe es un detective solitario que no tiene más vida que la que le dan sus casos porque la vida de los individuos únicamente surge de la relación que puedan establecer con los demás. Marlowe, en nombre de su honor y partiendo de su autonomía individual, renuncia a establecer una relación basada en el interés, el dinero o el beneficio, renuncia a integrarse en el engranaje de la corrupción, y la consecuencia, el envés de esa moneda que es la autonomía, es la soledad. No una soledad elegida (digamos, al modo de la vida retirada de Fray Luis de León o la soledad como aislamiento propia de los dandis, los marginados o los encerrados en su torre de cristal) sino una soledad trágica, como decimos, una soledad que se convierte, no en un lugar fuera del sistema, sino en un no-lugar dentro del sistema. Ya era así, desde luego, desde hacía mucho tiempo en la literatura: pensemos en el pequeño Lázaro que, estando con el ciego, se dice a sí mismo tras el episodio de la calabazada contra el verraco: «Dije entre mí: “Verdad dice éste, que me cumple avivar el ojo y avisar, pues solo soy, y pensar cómo me sepa valer”». La obra de Chandler ahonda en este problema hasta el límite, y lo hace subrayando un hecho al que tal vez no se le ha prestado la debida atención: que en las sociedades contemporáneas, es decir, en el capitalismo desarrollado, la soledad no es una anomalía sino un efecto producido por el sistema, que nuestro mundo produce la soledad. La soledad se convierte, pues, en la otra cara de la moneda de la libertad, en el carísimo precio que Marlowe paga a cambio de su libertad.

¿Qué significó El largo adiós en el género detectivesco?

Alguien, creo que fue Osvaldo Soriano, escribió una vez que El largo adiós era el Quijote del siglo XX, señalando con esta afirmación dos cosas a la vez: la enorme calidad de esta novela y, sobre todo, el hecho de que El largo adiós es un relato que parte de su inserción en el género de misterio, pero desborda sus límites y condicionamientos, superándolos y convirtiéndose en una novela mainstream, del mismo modo que El Quijote partía de las novelas de caballerías, pero acaba siendo otra cosa. Paradójicamente, del mismo modo que el Quijote es la mejor novela de caballerías, El largo adiós es (para algunos) la mejor novela del género policiaco o de misterio.

Dejando a un lado gustos y fascinaciones personales o canónicas, lo cierto es que El largo adiós supone a la vez la culminación de la obra de Chandler, su obra más ambiciosa y más lograda, su mejor novela y también la novela en la que cruza, sin abandonarlos, los límites del género. Y lo hace de varias maneras: para empezar, encontramos que en esta novela no hay realmente un caso en estricto, pero sobre todo en El largo adiós la lealtad no es un elemento que acompañe al argumento proporcionando una salida a cada situación en la que Marlowe se vea envuelto, sino que se convierte en el núcleo de la narración.

El largo adiós es una novela sobre la amistad, sobre su posibilidad, sus límites y sus dificultades, al mismo tiempo que es una novela sobre la soledad ligada a la entereza moral: Chandler explora la amistad entre Marlowe y Terry Lennox con una profundidad que no había aparecido en ninguna de sus obras anteriores, pero se trata de una amistad trágica, ya que Lennox es, por su impostura moral, el amigo más enigmático de Marlowe, el personaje más complejo y la figura irrepetible de la narrativa chandleriana, que llevará a Marlowe hasta el fondo de sus contradicciones morales. Tanto que, por primera y única vez en su vida, Marlowe, en una de las escenas más memorables del género policiaco, abandonará al final de la novela a quien había sido su amigo (pero eso fue, como nos dice el relato, cuando era «triste, solitario y final») condenándose por ello a ser un ectoplasma con licencia de detective que vive su soledad en una atmósfera de planeta muerto.

Salvo por la presencia inevitable de la policía, claro está, pero por una vez evitaremos citar el famosísimo final de El largo adiós.

Manuel Valle.

El signo de los cuatro, disponible en la librería Estudio en Escarlata.

Agradecimientos:

Cuando en agosto de 2019 iniciamos el proyecto de Total Noir, nos animaba el deseo de compartir nuestros gustos por muy diversos productos del noir. En las conversaciones previas salió el tema de la obra de Manuel Valle, El signo de los cuatro, un brillante, sustancioso y profundo análisis de la obra de cuatro de los grandes de la literatura noir, que incomprensiblemente estaba olvidado por los lectores y la crítica académica, con escasas y honrosas excepciones. Como uno de nuestros objetivos fue poner el foco en contenidos de reflexión sobre nuestro género favorito, nos pareció que era de ley dar un espacio a Manuel Valle para que volviera a disertar sobre unos autores muy famosos, pero que también están llenos de estereotipos.

El poder llevar a cabo esta serie de entradas da sentido al trabajo de tener en el aire un proyecto tan apasionante como Total Noir.

De ahí que expresemos nuestro agradecimiento a Manuel Valle, que se brindó desde el primer momento a participar en esta aventura, que le ha obligado al esfuerzo de sintetizar en el limitado espacio de internet una obra extensa, densa y llena de sabiduría.  

Introducción y agradecimientos: José María Sánchez Pardo.

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