Las aventuras de Sherlock Holmes. Cómic.

Guionista: Giancarlo Berardi

Dibujante: Giorgio Trevisan

Editorial Ponent Mon

Entre 1986 y 1989, en la revista L´Eternauta, Giancarlo Berardi (1949, Génova) y Giorgio Trevisan (1934, Merano), adaptaron a las viñetas los seis primeros relatos del volumen Las aventuras de Sherlock Holmes (incluyendo Escándalo en Bohemia, Un caso de identidad, La liga de los pelirrojos, El misterio de Boscombe Valley, Las cinco semillas de naranja y El hombre del labio retorcido), con que el escritor Arthur Conan Doyle dio continuidad, en 1892, a  las aventuras de su célebre personaje, que había sido presentado en sociedad en Estudio en escarlata.

Ponerme a estas alturas a realizar una presentación de Sherlock Holmes o del doctor Watson, su escudero y cronista, me parece tan inútil como impostado, poca gente hay que no sepa quién es el habitante del 221b de Baker Street. Desde su nacimiento en la novela Estudio en escarlata (1887) su fama ha sido tal que pocos personajes de ficción son tan universales. Basta atisbar su perfil o el icónico sombrero de cazador de gamos, con el que Sidney Paget le representó en The Strand Magazine, para que, como si de un experimento pavloviano se tratase, esperemos ya un misterio envuelto en un rompecabezas y una solución tan brillante como aparentemente evidente una vez nos es explicada a la luz de la lógica que rige la mente del personaje.

Berardi adapta estos relatos bajo la premisa de ser lo más fiel posible al texto original, revelándosenos como un holmesiano aplicado que incluso cambia el orden de los relatos para poner segundo “Un caso de identidad” en lugar de “La liga de los pelirrojos” (ya que una referencia que pone Conan Doyle en boca de Holmes en este último relato así nos indica que sucedieron cronológicamente los casos). Por qué se paró en el sexto relato es algo que no he llegado a averiguar, si bien en estos relatos se definen todas las capas, interiores y exteriores, del inquilino del 221B de Baker Street y las coordenadas en las que se mueve su mundo, sin que Conan Doyle pudiera añadir muchos más detalles a sus criaturas en todo el resto del canon holmesiano salvo la creación de sus reflejos especulares (positivo en el caso de su hermano Mycroft y negativo en el caso de su archienemigo el Dr. Moriarty).

Siendo el cómic un medio eminentemente visual, Berardi va a planear todas y cada una de las viñetas para aportar detalles que hagan avanzar la trama, sin ningún miedo a comienzos in medias res, tramos sin diálogos y obligándose a no usar ni bocadillos de pensamiento ni textos de apoyo (lo más parecido serán las frases con que algún personaje relata hechos pasados que conciernen al caso en cuestión). Bien consciente del espacio con que cuenta para adaptar cada relato, el guionista no tiene miedo alguno en usar la tijera en los textos y en trasladar a imágenes los prolijos detalles que emplea Watson en los originales, confiando en varios momentos en que el lector siga la máxima de Holmes y no sólo vea sino que observe los detalles que pueden darle la clave del misterio. Aparte, humaniza mediante las reacciones físicas a los personajes y se permite alguna que otra escena o detalle que no aparece en el relato original pero que enriquece el conjunto.

Todo lo anterior no quiere decir que la adaptación de Berardi carezca de estilo, el creador de ese hito del fumetto (1) que es Ken Parker, sabe resaltar en Holmes esa humanidad que en los relatos originales sólo entrevemos y que aquí aparecerá en diversas ocasiones (su reacción ante la resolución de la historia “Escándalo en Bohemia” o el dolor que transpira en “Las cinco pepitas de naranja” quedan, en mi opinión, mucho mejor reflejadas aquí que en sus homónimos en prosa). Así, el Holmes de Berardi es un poco menos hiriente en sus comentarios que el de Conan Doyle y se nos configuran, él y Watson, como dos caras de la misma moneda que, en teoría, debía constituir al hombre de la era victoriana, -una más apolínea que la otra, eso sí- y que ya aletea en los relatos de Conan Doyle con su idea de progreso a través de la lógica, aunque nunca se privase de llevarnos a los lugares más oscuros de aquella Gran Bretaña.

La otra parte del duo creativo, Giorgio Trevisan, se encarga de traducir para nuestros ojos los guiones de un modo clásico, estructurando sus páginas en tres tiras de dos o tres viñetas en general, en un blanco y negro lleno de tramas manuales, que nos dan una falsa sensación de dibujo abocetado, pero que, si nos paramos a observar, notaremos lleno de otras técnicas, como las aguadas o el esgrafiado, que le dan un tono atmosférico a ese Londres decimonónico. Trevisan presta gran atención a las fuentes de luz y a su efecto sobre las expresiones y sutilmente diferencia los rasgos característicos de los distintos actores que desfilan por la página (como no puede ser de otra manera, pues de ello depende en varios casos la solución a los enigmas planteados), cosa que se nota especialmente cuando deja de lado los planos medios y generales que emplea en la mayor parte de la obra y pasa a un primer plano a fin de resaltar alguna reacción, y que explican la confianza con que Berardi deja en manos del dibujante tantas secuencias y detalles.

Sería injusto acabar la reseña sin aludir a la edición de Ponent Mon a cargo de José E. Martínez (editor, traductor y anotador de la misma), más allá de que sea en tapa dura y con un grosor de papel adecuado hay que destacar la inmensa labor que Martínez despliega aquí. En el prólogo ya intuimos que estamos ante un conocedor profundo del mundo holmesiano que, por añadidura, es ciertamente concienzudo a la hora de hacer las cosas. Pero si nos fijamos no sólo en que la traducción se ha hecho desde el italiano, pero con los textos ingleses al lado, y con la edición que Molina Foix preparó para la editorial Valdemar a mano, empezamos a entender todas las notas diseminadas a lo largo de la obra y a entrever el cariño con el que el material ha sido tratado.

Todo lo anterior hace que ésta sea una de las mejores, si no la mejor, de las adaptaciones que en cualquier medio se han hecho de los relatos del canon holmesiano y que, cuando cierras la última página, deja un placentero regusto y un interés cierto por descubrir (o revisitar, según el caso) los relatos originales.

(1) Fumetto es el término con el que se denomina a los cómics en Italia, igual que en España usábamos “tebeo” o en Francia usan Bande Desinée.

Miguel Ángel Vega Calle.

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