Las pequeñas mentiras, de Laura Balagué.

Portada de Las pequeñas mentiras, de Laura Balagué.

Las pequeñas mentiras. Laura Balagué. Ediciones B.

“Estaba de costado, en el suelo, entre el probador y los percheros. La cara se le veía a través del espejo, los ojos azules abiertos y fijos, la melena rubia llena de sangre, tendida en las suaves pieles de castor; y todos los abrigos teñidos de rojo oscuro, del color de la sangre que empapaba el suelo”

Así, en los días previos a la Navidad, la limpiadora de la lujosa peletería Astrakan, en la plaza de Gipuzkoa de San Sebastián, encuentra el cadáver de la dueña del negocio,  Cristina Sasiain, una mujer “Muy lista, pero no muy inteligente. Ambiciosa. Guapa. No muy escrupulosa, ni en los negocios ni en nada.”, tal y como definirá a la víctima otro de los personajes que transita por la novela.

Foto de la autora, Laura Balagué Egea.

Cristina pertenece, por nacimiento y matrimonio, a la alta burguesía de San Sebastián. Su asesinato pone inmediatamente en marcha una investigación al mando de Carmen Arregui, oficial de la Ertzaintza. La inspectora,  bien respaldada por sus ayudantes Lorena y Aduriz, y soportando al tercero, Fuentes -“inoportuno, zafio, estúpido, trabajador y leal”– tendrá que ir desvelando todas la red de pequeñas mentiras que cubrieron la vida de la peletera asesinada y la de los sospechosos de su asesinato, hasta llegar a descubrir la que deja sin coartada a su asesino.

Pero lo que de verdad nos descubre la novela es a un personaje estupendo: el de Carmen Arregui. Una detective profundamente atractiva en su  normalidad. Porque eso es lo que verdaderamente define a la oficial Arregui: su carácter absolutamente cotidiano frente al carácter semiheroico, excepcional, de muchos de los detectives que pueblan la novela negra.

Dos ertzaintzas patrullando por las calles de San Sebastián.

Carmen ha entrado ya en los cincuenta y tiene que meter tripa para abrocharse la falda. Tiene un marido amable y comprensivo y dos hijos adolescentes que le proporcionan los pequeños problemas propios de esos años. Y tiene también una madre que se hace mayor y a la que quiere, pero a la que  sus largas jornadas en la Ertzaintza no le permiten dedicar demasiada atención.

Ertzaintzas vestidos de gala en un acto oficial.

Arregui es una mujer sencilla y con gustos definidos: todas las novelas de John Irving y todas las películas de Woody Allen, a los que permanece fiel aunque se hayan podido equivocar a veces, porque se considera una mujer de fidelidades absolutas y porque esos autores le permiten distanciarse de los aspectos más feos de la realidad con la que ha de lidiar en su vida profesional.

Bahía de la Concha, en San Sebastián.

Carmen es una mujer  que llega a casa con los “pies molidos, hambrienta y con dolor de espalda” y encarga una pizza porque no tiene ni ganas, ni inclinación, de practicar esa haute cuisine –ni tampoco la más elemental- con la que a veces nos deleita y acompleja algún que otro detective diletante. A cambio, a Mikel, su marido, se le dan muy bien los fogones y la tradicional cocina vasca. Eso sí, durante su jornada laboral, la inspectora se mantiene a base de una peculiar dieta de pinchos de tortilla, de la que promete redimirse a base de futuribles, e improbables, horas de natación.

Carmen Arregui, pertenece a la generación de las mujeres españolas del  “baby boom”; esas que por primera vez accedieron a un mercado laboral cualificado, pero con  limitaciones… Ella pudo estudiar una ingeniería técnica industrial, porque su padre -que trabajaba en la siderurgia Patricio  Etxeberría- quería que su hija también lo hiciera, pero en un puesto mejor que el suyo. Y Carmen que era   “muy bien mandada” estudió lo que sus padres querían, pero “aquello le aburría soberanamente”. Ella lo que quería era ser bombero, pero los tiempos no daban todavía para tanto y esa profesión estaba entonces vedada a las mujeres.  Y por eso, cuando se creó la Ertzaintza, sin pensarlo mucho, con una idea romántica de acción y aventura, se metió en ella, aunque “Por supuesto, la realidad no tiene nada que ver con lo que había imaginado, pero me gusta el trabajo. O por lo menos me interesa; gustar no sé si es una palabra que pegue con esta profesión.”

La oficial Arregui, que no es donostiarra, sino del Legazpi interior, rezuma amor por su  ciudad de acogida (como está claro que también ocurre con la autora, otra donostiarra de adopción) y, gracias a ello, la ciudad de San Sebastián se convierte también en protagonista de la novela: la hermosa bahía de la Concha -sus “cambios de color azul, verde, gris plateado; el aspecto liso como un espejo o con olas que llegaban al paseo; los juegos de luz con el sol y las nubes; la posibilidad mágica de ver el rayo verde.”-; el camino de subida al faro, donde se encuentran las villas de la alta burguesía donostiarra; el paseo de Miraconcha -uno de los sitios que Carmen elegiría para vivir si fuera rica, muy rica-, con sus casas señoriales de precios imposibles; la plaza porticada de la Constitución…

Junto con ese recorrido por la ciudad, la novela también nos enseña, en vívidas descripciones, algunas de sus tradiciones y maneras de vivir: los puestos de la feria de Santo Tomás, preludio donostiarra de la Navidad; los  recorridos de tapeo de las cuadrillas de amigos por los bares preferidos…

Una imagen de la Feria de Santo Tomás, en San Sebastián, el 21 de diciembre de 2017.

Y fuera de San Sebastián, la investigación también  lleva a Carmen y a su ayudante Lorena a Fuenterrabía  que le pareció a la inspectora“tan bonita como siempre. Quizás por ser del interior apreciaba mucho los pueblos de costa y este era de sus favoritos. La playa inmensa, las casas de los pescadores, llenas de colorido y que parecían competir por quién tenía más y mejores geranios, la parte alta, de calles empedradas y tranquilas, casas señoriales con galerías acristaladas. Y con ser un pueblo precioso, no tenía ese aspecto tan relamido y perfecto de los del otro lado de la frontera…”

Sí, un pueblo precioso, pero donde es mejor no entrar en sus bares  con el uniforme de la Ertzaintza, porque, afortunadamente, “los años de plomo” son ya sólo un triste recuerdo en la sociedad vasca, pero todavía su negra sombra planea sobre ella. Incluso para que haya alguna duda inicial, aunque sea inmediatamente desechada, sobre si la muerte de la peletera pudiera deberse a un atentado terrorista… o a un exaltado animalista… o motivada por algún interés económico o familiar… Varios serán los motivos que se barajan, analizan y desechen hasta llegar al real.

Fuenterrabía.

Y mientras el lector va acompañando a Carmen en sus vicisitudes particulares o laborales, también asume sus reflexiones sobre las relaciones de pareja y familiares, sobre la manera de asumir la vejez y el deterioro físico…

Las pequeñas mentiras es de las mejores novelas de misterio publicadas en España en los últimos años -no es una mera opinión personal: obtuvo la primera edición del Premio la Trama, por el voto unánime de un prestigioso jurado de especialistas en novela negra-. Lo es porque se trata de una novela sólida y saludable -parafraseando a Carmen cuando piensa en sus problemas cotidianos-; una novela muy entretenida, de esas pocas que se cogen y no se pueden soltar hasta llegar a las últimas páginas y conocer la identidad del asesino, en la mejor tradición de la novela whodunit – contracción de la pregunta  Who has done it? o Who’s done it? (¿Quién lo ha hecho?)- que tan buenas historias nos dio durante la Golden Age del género.

Portada de Muerte entre las estrellas, segunda entrega de la serie de Carmen Arregui.

Pero es que, además, Laura Balagué ha sabido actualizar muy bien esa tradición, de manera que el tránsito hacia el desenlace se convierta en algo mucho mejor y más complejo que  una mera acumulación y descripción de pistas -aunque el lector atento a esas pistas bien podría descubrir por sí solo al asesino, puesto que Balagué práctica el juego limpio en su narración-; gracias a ello, la lectura de Las pequeñas mentiras  se convierte en una muy entretenida experiencia en la que vamos conociendo las motivaciones vitales de unos seres humanos complejos en sus fallos y aciertos.

Un gran descubrimiento el de esta serie, ya que Carmen Arregui es protagonista de un segundo título publicado, Muerte entre las estrellas, y la humanidad, sensibilidad, humor y ternura del personaje y la inteligencia de las tramas en que se desenvuelve bien darían para otros muchos.

Yolanda de Pablos Valencia

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