El asesinato de Roger Ackroyd, de Agatha Christie.

The game´s afoot.

Los fanáticos de Sherlock Holmes—entre los que nos contamos—reconocemos inmediatamente la expresión con la que Holmes anima a Watson a comenzar la persecución de tal o cual malhechor. La cita, como casi todas las coloristas del inglés, proviene de uno de los Enriques de Shakespeare, referida en esta ocasión al deporte de la caza. Aquí game adquiere el sentido de presa, afoot arcaico por on foot (las presas a la carrera—la a indica movimiento—, en lugar de agazapadas), lo que podría resumirse en algo así como: “las piezas están al descubierto”, hecho que señala la hora propicia para comenzar la batida. Asociación entre caza y juego que aún retiene su sentido en la obra de Conan Doyle—Sherlock será “consultant detective”, pero también caballero—que, sin embargo, ya pierde en versiones posteriores, como en el Sherlock de la BBC, adaptación televisiva en la que nuestra cita sufre una aparentemente ligera, pero en el fondo sustancial, modificación: “the game is on”, esto es, “el juego ha comenzado”.

Y juegos hay muchos, quizá demasiados, en el noir. El ajedrez, clásico, pero hay también otros, como el inolvidable “par o impar” que describe Dupin en “La carta robada”: un niño debe adivinar si el número de piedras que esconde otro es par o impar. Si el contrincante no es demasiado avispado, este irá alternando el número de piedras que oculta de manera que, en caso de resultar impar en una ocasión, a la siguiente será par. La secuencia se hace menos predecible a medida que incrementa la inteligencia del adversario, por lo que el niño—como el detective—deberá ajustar su patrón de pensamiento al del ocultador, con el fin de adelantarse a él.

Y también hay reglas. Lo cual no es ajeno a la literatura—o a lo que consideramos como tal hoy día–, puesto que infinidad de sus casos se rigen por tales normas, desde el teatro clásico hasta el soneto, pasando por los cánticos a Apolo y culminando, por ahora, en lo policial. Tal vez lo extraordinario de lo noir consiste en que, partiendo de un género, la novela, que gracias a Cervantes nació libre, desembarazado de directrices—al menos en lo que al estilo y la forma se refiere—lo criminal, decíamos, sí tiene preceptos. Y preceptos explícitos, codificados, se sabe, por Willard Huntington Wright, S.S. Van Dine, padre de la figura del detective petimetre Philo Vance. Muchos de estos constreñimientos se hallan basados en cuestiones de clase: “el culpable no debe ser el mayordomo…tiene que haberlo hecho alguien que valga la pena”…, pero la mayoría se dirigen a establecer el pacto entre lectores y escritores, esto es, quien lee policial debe tener una oportunidad de averiguar, sin ayuda de quien investiga los hechos, la identidad del criminal.

Dedicatoria de El asesinato de Roger Ackroyd: A Punkie, que disfruta de las novelas detectivescas ortodoxas, con asesinatos e indagatorias, en las que todos son sospechosos por turnos.

El fair play trasladado al papel, como el jarrón veneciano al callejón. Lo cual podría convertir todo esto en una cuestión de “juego limpio”, frente al “juego sucio”, abundante este último en trampas y engaños al lector, reluciente el primero en honestidad y pulcritud cadaverina.

Agatha Christie, en rebelión contra todo esto, estampó el jarrón veneciano de Chandler contra la pared de la manor, antes de que Hammett lo recompusiera con cuidado y lo colocara, rajado pero entero, en el callejón. Pocos, lamentablemente, han sido capaces de reconocérselo a la gran dama del noir.

Todo lo anterior no pretende indicar que nuestra Ágatha se negara a jugar. Ella jugaba a otro juego, más parecido al “Monopoly” que a la caza. Porque, para la británica, todos—incluso el mayordomo—podemos llegar a jugadores, si lo que está en el tablero es algo que queremos lo suficiente.

Plano de la mansión de Akroyd.

Todo esto nos conduce, inevitablemente, al Asesinato de Roger Ackroyd (The Murder of Roger Ackroyd), cuarta de las novelas de Hércules Poirot. Con un título inusual, pues es el único en el gran acervo de la Christie, que yo recuerde, en el que nos indica quién ha muerto y la causa. Otros dos de la serie del detective belga, Lord Edgware Dies (La muerte de Lord Edgware) y Mrs. McGuinty´s Dead (La señora McGuinty ha muerto) mencionan al finado, pero no apuntan a un crimen. La mayoría obvia, en todo caso, referencias personales, ciñéndose al crimen, por ejemplo, Asesinato (The A.B.C. Murders) o Misterio (The Mystery of the Blue Train). Muchos mencionan la Muerte (Death on the Nile, Hickory, Dickory, Death) u, ocasionalmente, alguna otra referencia poética, frecuentemente de Tennyson, Shakespeare o la Biblia (Maldad bajo el sol).

Juegos literarios muchos ellos, pero también—y, sobre todo, —juegos de cartas. La partida se plantea de la siguiente manera: Roger Ackroyd, acaudalado jerarca de la industria—no recuerdo ahora cuál, quizá se dedicó a fabricar tornillos—aparece asesinado de una puñalada en la yugular en su estudio. Pocos sospechosos, todos ellos del entorno inmediato del muerto (una sobrina, su cuñada, el hijo adoptivo con el que se había peleado, amigos y confidentes cercanos, personal de servicio…). Poirot, retirado de su oficio de detective en la misma localidad que el prócer de la factoría y enfrascado en la cría del calabacín, acude raudo a interesarse en la investigación, so capa de demostrar la inocencia del principal heredero de Ackroyd. En este caso no cuenta ni con la ayuda, ni con la narración, del inestimable Capitán Hastings, sino de un vecino, el Dr. James Sheppard, amigo del finado. Este médico rural será quien nos cuente los hechos, a través de la fórmula que pensamos diario, esto es, una narrativa aparentemente dirigida a quien escribe–coinciden emisor y receptor, pues—, en la que se desmenuza o se vuelca sobre el papel lo que nos afectó, de una manera u otra, en un día determinado. 

Plano del estudio de Ackroyd.

Pero volvamos a las cartas. Mientras otros detectives llenan el ocio con el ajedrez o los pasatiempos semiaristocráticos—la caza, la compra de arte, las drogas—ni Poirot ni Marple se suben a semejantes alturas. La solterona llena su vida con el bridge y las visitas esporádicas a hoteles que le paga su generoso sobrino; Poirot con la buena mesa y, cuando la solución de un caso se le presenta especialmente complicada, monta castillos de naipes. Las cartas, como las conocemos ahora, son pasatiempo de origen tardomedieval o quizá renacentista. Representan figuras del sistema feudal—sota, caballo, rey—en cartón, lo cual supone, de alguna manera, la certificación de su muerte, ya consignada al papel. Juega la Christie en otro terreno, no el de comerse a la reina ni darle jaque al rey, ni tan siquiera en el de darle cacería a un malhechor—solo a un malvado se le ocurre intentar apresar a un inocente—sino en el de las cartas, juego burgués y popular y, por ello, más igualitario, en el que todos tenemos al menos la oportunidad de desempeñarnos, en función del mérito del jugador.

¿Qué queda, entonces, cuando se rompen las reglas de este nuevo juego? Una novela construida sobre un castillo de naipes por la forma precaria del diario—quizá debido a ello existan socavones en la narrativa del Dr. Sheppard—. Y por la desazón y la soledad que nos invade al constatar que, en el mundo de la Christie, tal vez también en otros, todo lo que parecía sólido se desvanece en el aire. 

M.M.

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