Sherlock Holmes, o, el mundo del cliente.

L’homme c’est rien, l’ouvre c’est tout. (Flaubert, citado por Holmes en “La Liga de los pelirrojos”).

¿Es posible—o legítimo—analizar un mito? La figura de Sherlock Holmes hace palidecer a todas las demás, tal vez incluso a la del propio Watson. Después de todo, Holmes “no tiene rivales”, como señala Manuel Valle en el ensayo dedicado al detective de Sir Arthur Conan Doyle.

Podríamos quizá empezar al menos, si no nos atrevemos todavía con el mito, esbozando un pequeño análisis de esta afirmación mencionada en el párrafo anterior. Ciertamente sabemos que existieron otros investigadores, algunos incluso predecesores del sabueso londinense. Hoy, a la mayoría de esos detectives olvidados—si les interesa alguno curioso, del mundo hispanoparlante, hace un tiempo publicamos una reseña aquí—los conocemos como casi “Sherlocks embriónicos”, avant la lettre, o, simplemente, usamos sin apenas darnos cuenta de ello el término “anteriores” para calificar a quienes investigaron “problemas” , “misterios” o “secretos” en un momento previo a la aparición del celebérrimo inquilino del 221B de Baker Street.

The Guardian, “Sherlock Holmes: examining the evidence—in charts”. Esta, y las imágenes subsiguientes, están tomadas de The Guardian.

Auguste C. Dupin, creación del estadounidense Edgar A. Poe, destaca sin duda sobre todos esos antecesores. Y, como se sabe, de sus historias tomó el escritor británico muchas de las características que utilizó para configurar a Holmes y Watson.

¿De qué manera pudo, entonces, quien comenzó como continuador sobrepasar al original? Tal vez una pequeña comparación entre “La carta robada” y “Un escándalo en Bohemia” nos permita hallar alguna pista que nos ayude a esclarecer en cierta medida este singular hecho. La primera diferencia salta a la vista—sin que precisemos de los anteojos verdes de Dupin—, pues, mientras el Chevalier ejerce de detective amateur o “por afición”, de la agudeza mental de Holmes, por el contrario, dependen, literalmente, el pan y el queso que come. Y aquí, creo, encontramos una de las claves que podrían aclarar la estatura del sabueso británico. Puesto que poco se habla, creo, de la figura de los clientes, pero pienso que resultan fundamentales para entender el éxito de la creación de Conan Doyle, el primer “consultant detective”. Tanto en “La carta robada”, como en “Un escándalo en Bohemia”, el cliente se trata de un personaje regio. Y aquí emerge otra diferencia notable, el carácter del villano. Puesto que en la historia de Poe se trata del ministro Danton, personaje ruin donde los haya, que casi inevitablemente nos empuja a tomar partido, como lo toma también Dupin, por la infortunada—e indiscreta corresponsal—reina. Dupin consigue, como se sabe, efectuar una sustitución—aludiendo, dicho quede de paso, a dos gemelos mitológicos, Tiestes y Atreo, a cuál más mezquino que el otro—y recuperar la carta original.

Dupin, pues, descendiendo, para cumplir su encargo, al nivel de Danton. No sucede lo mismo en “Un escándalo en Bohemia”. Previo pago de 1000 libras, el rey de Bohemia compra los servicios de Holmes para recuperar una fotografía que lo compromete. Todo el dinero de un rey no logra, sin embargo, adquirir el objeto que desea, pues la fotografía original es aquí sustituida por un retrato de quien la robó. Quien consigue esa fotografía es Holmes y, podríamos argüir, otra categoría que parecía no existir en su inventario, la mujer, a quien quizá por ello decida llamar “The Woman”. Tal vez por esto mismo “La carta robada” sea el último caso de Dupin, pero “Un escándalo en Bohemia” el primero de los relatos de Holmes, forma esta en la que nuestro detective londinense adquiere, en mi opinión, su estatura de personaje mítico, como veremos más abajo.

En el caso de Dupin, por lo tanto, quien ejerce de “cliente” lo arroja del mundo—pasa de detective a villano, como vimos—, pero en el de Holmes lo empuja a nacer a él, naturalmente, a través de “La Mujer”. Quiero decir con esto, pues, que nace, a mi parecer, su configuración casi definitiva como detective con cliente y con encargo, además de como personaje de relato breve, ya que, se sabe, su primer nacimiento al mundo, en sentido estricto, ocurre en Estudio en escarlata y no precisamente a través de la mujer, sino de la ciencia—in vitro, podríamos decir—, cuando el sabueso nos anuncia triunfante el hallazgo de un agente químico que únicamente reacciona ante la presencia de la hemoglobina.

Resulta singular en quien posee un extenso inventario de multitud de objetos del mundo—tipos de ceniza, o accesorios para disfrazarse, por poner tan solo dos ejemplos—el hecho de que parezca carecer por completo de cuidado y apego por ellos, como comprobamos en las numerosas ocasiones en que Sherlock se aburre por falta de casos que le parezcan interesantes, que son aquellos susceptibles de aportar un elemento nuevo a su archivo. Se podría objetar a mi señalamiento, sin duda, que, evidentemente en el caso de Holmes nos encontramos con un desapego derivado del carácter científico y racionalista de su personaje, hasta el punto de que la persona de Sherlock Holmes se disuelve—o se condensa—en una “actitud”, como señala Valle en la entrada que citamos más arriba. ¿Cómo explicar, entonces, la falta de vida propia—vida que, para llenarse, precisa del caso o de la heroína—en quien se concibió desde el principio como una “actitud” racional, científica, con envoltorio humano?

Creo que, de nuevo, podríamos hallar la respuesta en el cliente. En “La Liga de los pelirrojos”, un ingenuo señor con el cabello de aquella color visita a Holmes porque acaba de perder un empleo liviano, pero muy bien remunerado. Sherlock inmediatamente se interesa por el caso por el sorprendente desarrollo de los hechos y le comenta a Watson: “los efectos raros y las combinaciones extraordinarias debíamos buscarlas en la vida misma, que resulta siempre de una osadía infinitamente mayor que cualquier esfuerzo de la imaginación”. La vida a la que se refiere nuestro detective viene traída, por supuesto, por el cliente, que es quien le proporciona a Holmes y, en cierta medida, también a Watson, esa vida del caso—que no es otra que el caso de la vida—. Una vida a la que el investigador no puede acceder por sí mismo, sino a través de sus varios mediadores—Watson, el cliente, el caso, su archienemigo Moriarty—.

Por ello, tal vez, en qué consista el caso—asesinato, robo, o, frecuentemente, la ausencia de crimen—resulte en muchas ocasiones una cuestión menor. No será así a partir de las reglas de S.S. Van Dine, en las que el norteamericano objeta a que el investigador esclarezca otra cosa que no sea un asesinato. Holmes, pues, concebido como pura exterioridad. O cómo vivir según las normas del cientificismo positivista.

“Estrella de plata” constituye, a mi entender, el mejor relato holmesiano. No solo por su diálogo inmortal, centrado en el curioso incidente del perro que no ladró a medianoche, sino también porque en esta historia cristalizan, a mi juicio, todos los elementos que hacen de Sherlock Holmes lo que es.

Gregory (Scotland Yard): “-¿Existe algún otro detalle acerca del cual desearía usted llamar mi atención?

Holmes: -Sí, acerca del incidente curioso del perro aquella noche.
Gregory:-El perro no intervino para nada.

-Ese es precisamente el incidente curioso -dijo como comentario Sherlock Holmes.

“Estrella de plata”.

Recordaremos la historia: ha desaparecido el famoso caballo de carreras “Estrella de plata” y su preparador, John Straker, ha sido hallado muerto. Holmes y Watson se encaminan a Dartmoor para resolver el caso por encargo del propietario del caballo y del inspector de policía encargado oficialmente de la investigación, Gregory. Durante el viaje en tren, Sherlock narra a Watson los hechos—narración en la que podemos apreciar el agudo contraste entre la precisión de cirujano de Holmes y la narrativa “sentimental” de su ayudante—y confiesa, además, un pequeño error inicial que retrasa el esclarecimiento de los hechos.

Y me parece un caso singular porque aglutina prácticamente todos los tipos de problemas a los que se enfrenta Holmes a lo largo de su carrera como detective: robo, asesinato, adulterio… Es aquí, en el campo, creo, donde Holmes, ya fuera de su habitual ambiente londinense, logra condensar plenamente todos los elementos adquiridos para el archivo y aplicarlos no solamente a la vida del caso, sino que consigue, además, constituir o tematizar la vida como un caso, lo cual supone el nacimiento verdadero de la actitud detectivesca y la razón, en mi opinión, por la que Sherlock Holmes realmente “no tiene rivales”.

M.M.

Disponible en la librería Estudio en Escarlata.

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