El signo de los cuatro, de Manuel Valle. 2a entrega: vol I. Sir Arthur Conan Doyle y Sherlock Holmes. La ciencia como ficción sentimental.

Manuel Valle. El signo de los cuatro. vol. 1. La ciencia como ficción sentimental. Comares.

En esta segunda entrega sobre la obra de Manuel Valle, El signo de los cuatro, el autor nos propone sus reflexiones sobre el contenido del primer volumen, “La ciencia como ficción sentimental”, en la que se analiza el conjunto de relatos y novelas que tienen a Sherlock Holmes como protagonista. La serie consta de un total de cinco entradas, dedicadas a Sherlock Holmes, Agatha Christie, Dashiell Hammett y Raymond Chandler, disponible cada una de ellas a través de sus respectivos enlaces. La primera entrada de esta serie, Introducción general, se encuentra disponible aquí.

A mí que me den personajes inhumanos, hechos de sustancia mítica pura, como Sherlock Holmes, que brillará con luz propia todavía cuando la gente ya no recuerde ni las iniciales de Philip Marlowe. Fernando Savater.

Sherlock Holmes es ante todo una actitud y algunas docenas de líneas de un diálogo inolvidable. Raymond Chandler.

Al analizar el conjunto de relatos sobre el personaje de Sherlock Holmes parece inevitable referirse en primer lugar a la condición mítica del propio personaje, de Holmes.

Al margen de otros aspectos literarios, es evidente que en la serie sobre Sherlock Holmes resplandece con luz propia la figura del protagonista. Holmes es, a todas luces, un personaje mítico por su fama universal, hasta el punto de que al conjunto de relatos sobre el personaje se le llama el Canon o las Sagradas Escrituras, y por la devoción que le profesan millones de seguidores que incluso se reúnen en clubes para estudiar el personaje y rendir homenaje a su memoria. Pero a mí me interesa sobre todo dejar constancia de que esa condición mítica no proviene del éxito que tuvieron los relatos sino que es interior al propio texto, ya que Holmes fue configurado como mito, como un personaje excepcional desde su origen. Siendo consciente de esa condición mítica he intentado que el mito no me devore y he tratado de protegerme historizando al mito, es decir, colocando al personaje en el interior de su entramado histórico e ideológico. En Holmes se combinan un sinfín de características de las que me interesan sobre todo cuatro: es un científico, un investigador profesional, un cazador y un caballero. Pero curiosamente es todo esto de manera desplazada: es un científico sin objeto, un investigador profesional que no necesita ganar dinero (a diferencia de los detectives privados norteamericanos) porque es rico, un caballero y hasta un aristócrata que vive aislado de su clase, y un cazador que solo caza hombres. Todos estos desplazamientos y el entrecruzamiento entre ellos configuran al personaje mítico.

Otra cosa diferente es que se trate de un personaje inmortal. Evidentemente, Sherlock Holmes nunca tuvo rivales, destacó por encima de todos desde el momento de su creación hasta hoy, pero cualquiera que esté atento a los cambios sociales que se están produciendo actualmente en nuestro mundo tecnológico, cibernético y antihumanístico podrá al menos temer que incluso Sherlock Holmes pueda pasar al olvido como lo están haciendo tantas otras cosas que amamos o, en todo caso, como quizás ya esté ocurriendo, se convierta en un nombre propio que remite a algo que es desconocido para la gran mayoría.

«En investigaciones como la que ahora efectuamos no debería preguntarse tanto «qué ha ocurrido» como «qué hay en lo ocurrido que no se parezca en nada a lo ocurrido anteriormente». ¿Podría aclarar el sentido de esta cita?

Esta frase pertenece, como se sabe, a Los crímenes de la calle Morgue, de Edgar Allan Poe. A mí me pareció importante colocarla como cita inicial del capítulo que dedico al misterio. El género ha tenido diversos nombres, como saben de sobra todos los aficionados: noir, polar, pulp fiction, procedural, detective novel, novela de intriga, novela criminal, etc.. Cada uno de estos marbetes aporta un sentido preciso y particular, aunque siempre ha existido la tendencia a usar uno que los englobara a todos. Chandler prefería el término misterio por ser el más genérico, pero en relación con Holmes creo que es además el más adecuado. Holmes se enfrenta en cada caso a un «misterio de apariencia inexplicable», y lo hace como científico que aborda un espacio de la realidad desconocido para la ciencia. Por eso cada caso criminal de Holmes es a la vez un caso científico que araña en los límites del misterio, de lo desconocido, incorporándolo al corpus de lo conocido, de lo explicable.

Creo que la frase de Poe sintetiza bien esta idea. Pero no solo me parece oportuna en este sentido sino en otro más de fondo: en el de la radical historicidad de los hechos ideológicos y literarios. La literatura es historia: las obras literarias tiene fecha histórica y son producidas por la historia. Y el género de misterio no es ajeno a ello. Por ello entiendo que no hay género de misterio antes del positivismo cientifista del xix. De otro modo, nos sumergiríamos en el légamo de la ahistoricidad, de la inmutabilidad de la naturaleza humana (ese fantasma de la ideología burguesa, tan traído y llevado, del que se podría decir lo que afirmó Oscar Wilde: lo único que sé de la naturaleza humana es que cambia continuamente), y el género se nos disolvería en el origen de los tiempos y en el mar de los diferentes discursos, como ocurre en muchos acercamientos críticos, impidiendo cualquier conocimiento real.

Hay una serie de desdoblamientos paralelos: sujeto/objeto, ciencia/misterio, detective/caso, Londres/haciendas rurales/colonias, es la mirada empirista cientifista del capitalismo más desarrollado (a finales del siglo xix) sobre las bases precapitalistas que produjeron el Imperio Británico. ¿Podría extender este comentario?

Para contestar a esta pregunta podríamos recurrir a la conocida frase del Manifiesto comunista: «todo lo que es sólido se disuelve en el aire», que Marx usó para señalar cómo el capital disolvía las formas y las estructuras sociales de las sociedades previas.

Si nos fijamos bien, en la gran mayoría de los relatos del canon el crimen (el objeto) procede o bien de las haciendas rurales inglesas (la base precapitalistas para el desarrollo del industrialismo inglés) o de las colonias. En todas ellas hay un elemento «misterioso» que es desvelado por la ciencia investigadora de Holmes, que es el sujeto investigador, pero también el héroe metropolitano que vive en Londres, el centro mismo del Imperio Británico. Y del mismo modo en que la ciencia disolvía el misterio y lo incorporaba a su corpus de conocimientos, el desarrollo del capital transformaba las relaciones sociales precapitalistas y las incorporaba como propiedad a su red de estructuras. De ahí la importancia de que Holmes sea no solo un científico (que conoce) sino un cazador (que captura), aunque esta última faceta está, evidentemente, ligada también a su carácter aristocrático de caballero.

Dicho de otro modo, en un lenguaje que tal vez hoy parezca anticuado: dentro de las relaciones sociales del Imperio Británico, en las que coexistían diferentes modos de producción, el ciclo holmesiano representa la manera en que el modo de producción dominante (el capitalismo industrial metropolitano) observa, estudia, interpreta, disuelve e incorpora a los demás modos de producción, desde las bases precapitalistas (el campo inglés) hasta las sociedades propias de las colonias. Pero lo hace pagando un precio: el de ser incapaz de proyectar esa mirada sobre sí mismo pues, efectivamente, como señaló entre otros Franco Moretti, el mapa del crimen en los casos de Sherlock Holmes elude precisamente aquellos barrios de Londres donde a diario la sociedad desarrollada inglesa producía sus propios crímenes.

Sherlock Holmes nunca se ocupó de ellos, por más que parezca dedicarle un interés especial a Moriarty, personaje menor dentro del canon y con una fama inmerecida, como saben todos los holmesianos. El método de investigación de Holmes y la propia configuración del personaje lo hacen incompatible con la narración de los crímenes «reales» que estaban ocurriendo en ese momento en Londres y con la narración del crimen organizado, al que solo le dedicó un título, El valle del terror, plagado, por otra parte, de contradicciones narrativas y situado convenientemente en Norteamérica.

Habla usted de una distinción entre la justicia legal y la justicia moral. ¿Podría desarrollar la afirmación?

Cualquier relato criminal, más aún si se trata de un relato de detectives privados, lleva implícita una manera de entender el Estado. El detective privado goza de una autonomía que los policías oficiales no tienen (o tienen en un mínimo grado: los casos del procedural norteamericano o el caso excepcional de Maigret, de Simenon, son paradigmáticos en este sentido). Pero esa autonomía privada se convierte inmediatamente en una mirada sobre el espacio público, sobre el Estado, sobre la ley, dando lugar a numerosísimas variantes y contradicciones (he tratado en El signo de los cuatro de desarrollar y desmenuzar estas contradicciones). En el caso de Sherlock Holmes la cuestión está clara: como caballero aristócrata que es, considerará siempre que la ley surgida del contrato social es imperfecta en comparación con la moral caballeresca, y en el caso de contradicción entre una y otra no tendrá el más mínimo empacho en saltarse la ley protegiendo a los criminales, siempre que estos, como decimos, hayan sido fieles a su moral aristocrática.

De este modo, mediante la contraposición ley/Ley (es decir, ley/moral aristocrática), Holmes se convierte en muchos relatos en el dique que impide que la ley estatal alcance a los aristócratas, mostrando así cómo el Estado estaba dominado por las clases aristocráticas, pero ese dominio no era total pues, al existir una distancia entre esas clases y el funcionamiento objetivo del aparato estatal se hacía necesaria la presencia del detective privado.

Esa autonomía del detective privado (cuya otra cara es la soledad) es, en mi opinión, la mayor herencia que el ciclo holmesiano deja al género de misterio, y resulta especialmente importante en la obra de Chandler, aunque en otro sentido mucho más trágico, por supuesto.

Usted afirma: «para Holmes lo importante, lo decisivo no es que haya terminado el caso, sino que «no se ha llevado nada» del caso. Su distancia abismal, infranqueable respecto al objeto le permite admitirlo sólo en el plano científico» ¿Puede desarrollar este texto? ¿Considera el ciclo de relatos sobre Sherlock Holmes como una muestra de literatura criminal científica?

Como decíamos antes, Sherlock Holmes es un científico. Aunque tiene conocimientos exhaustivos de muchas materias, no tiene objeto propio (no es químico, ni físico, ni botánico, etc.), sino que la entera realidad es su objeto científico (de ahí la afirmación de Chandler de que Holmes es ante todo una «actitud»). Y en la entera realidad entran igualmente los seres humanos, incluyendo las mujeres, a los que Holmes, en tanto que sujeto científico solo puede percibir como «objetos», al igual que una pipa, un paraguas, una bota o los puños de una camisa. Objetos que le permiten establecer sus deducciones y llegar a conclusiones pero con los que no se puede relacionar emocionalmente porque ello, como se sabe, alteraría el proceso científico al igual que la arenilla en una lente (salvo en el caso antes apuntado de la identificación moral entre caballeros). De ahí su soledad, que no es más que el efecto de su carencia de vida, una soledad que tratará de rellenar con sus «manías» (la cocaína, el violín, sus rarezas y extravagancias, etc.). De ahí también su falta de relación con mujeres, incluyendo a Irene Adler, de la que hay que decir lo mismo que sobre Moriarty: que se trata de un personaje que en la serie de relatos no tiene la importancia que luego han querido darle los seguidores y devotos del canon.

La relación de Holmes con las mujeres es muy particular y podría desdoblarse en dos aspectos: por un lado, desde el punto de vista científico, en tanto que objeto de su observación las considera el más difícil de analizar, pues en ellas prima el elemento sentimental (dentro de la idea decimonónica de que en los hombres primaba la razón y en las mujeres el sentimiento) y es muy difícil objetivarlas para sacar conclusiones científicas; por otro lado, las mujeres son presentadas generalmente en el ciclo holmesiano como seres inermes (con la excepción de Irene Adler) incapaces de actuar y necesitadas de protección varonil, y aquí Holmes se comporta como el caballero que es.

En cambio Watson, del que todavía no hemos dicho una palabra, sí que puede participar en los dos terrenos: es un científico (un médico), pero no de modo absoluto, pues también es alguien capacitado para relacionarse emocionalmente con los demás personajes y moverse en el entramado sentimental (hasta el punto de que en El signo de los cuatro conseguirá una esposa) y por ello siempre se lleva algo del caso.

Y por eso puede narrarlo, a diferencia de Holmes, que es tan plenamente científico que no puede expresarse por sí mismo. Con ello trato de contestar a la última pregunta, aunque este asunto es enrevesadísimo, pues Watson es a la vez personaje de la serie y narrador de los casos en los que aparece él mismo (la huella de la segunda parte del Quijote es aquí evidente, con la particularidad de que mientras Sancho y don Quijote se sabían en esa segunda parte personajes de la primera Watson es, además de personaje, narrador de los relatos). Para simplificar podemos decir que no hay narración criminal científica, al menos en el ciclo holmesiano, porque quien narra no es Holmes sino Watson. Hay una narrativa sentimental protagonizada por un personaje cuyo sentimiento extremo es el cientifismo (por eso titulé el primer volumen La ciencia como ficción sentimental). Pero no solo esto, sino que además, los misterios que disuelve la ciencia del detective solo son misterios porque han sido formulados como tales al ser narrados dotándolos de una estructura especial, la del relato de misterio, y aquí Doyle era claramente consciente de que estaba creando las bases del género. Dicho de otro modo, sin la disposición especial del relato de Watson (de Conan Doyle, claro está), es decir, sin el poder de la literatura, no existiría el misterio que Holmes desvela.

Manuel Valle.

Selección de fotografías: M.M. (Despachos de Corpus Christi).

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