En un lugar solitario, de Dorothy B. Hughes.

Gatopardo Ediciones.

“Es en un lugar solitario donde tienes que hablar con alguien, y buscar a alguien, hacia el final del día”.

Con esta frase del dramaturgo y poeta irlandés J. M. Synge, la escritora Dorothy B. Hughes abre una de las novelas de género negro más interesantes, inteligentes e inquietantes que he leído.

Si aún ahora está novela resulta absolutamente moderna, es de pensar el impacto que produjo en el momento de su publicación, en 1946, ya que Dorothy B. Hughes no solo continuaba el camino iniciado por Francis Illes en 1931, con Malice Aforethought, y presentaba al asesino desde las primeras líneas de la novela, sino que convertía en protagonista de su relato a un asesino en serie, en la que creo que es el primer libro protagonizado por uno de ellos -seis años antes de que Jim Thompson publicara El asesino dentro de mí y nueve antes de la aparición de El talento de Mr. Ripley, de Patricia Highsmith-.

Portada de edición original de In a lonely place.

Dixon Steele, el psicópata protagonista de En un Lugar solitario, es un joven de buena apariencia y buena educación -por lo menos con el barniz que puedan dar unos años mal aprovechados en la universidad de Princenton-. Ha pasado la Segunda Guerra Mundial en Gran Bretaña y su valor como piloto le hizo ganar el grado de coronel.

Sin embargo, bajo esa apariencia cortés y atractiva se esconde un ser resentido y sometido a salvajes pulsiones, a las que solo puede aplacar matando y violando a jóvenes mujeres.

Ya desde el primer capítulo, Hughes nos presenta sin ningún tipo de disfraz al depredador que es Steele. A la bestia que acecha en la noche a su presa, presto a saltar sobre ella en cuanto la ocasión le sea propicia.

Y la ocasión aparece con aterradora regularidad: una mujer violada y asesinada cada mes, en los siete que Dix lleva viviendo en California desde que volvió de Europa.

Cartel de la película En un lugar solitario.

Pero para Dixon, el asesinato, además de dar satisfacción a sus instintos, es un juego lleno de retos para poner en evidencia su inteligencia. Y ese juego se enriquece, al aumentar el peligro, cuando Dix busca reanudar su amistad con Brub Nicolai, su antiguo compañero de armas, que es ahora inspector en la comisaría de Beverly Hills y uno de los policías encargados de atrapar al asesino de mujeres que aterra a la población.

Steele ve en su amistad con Brub el medio para estar al corriente de la investigación policíaca y también la satisfacción de sentirse dueño de un espeluznante secreto que asombraría a su viejo amigo.

La policía sospecha de Dix.

Parte de ese juego oculto que Dix se trae con Brub, son las conversaciones que ambos sostienen sobre la personalidad del criminal:

“-El delincuente nunca se libra -dijo Dix sonriendo con sarcasmo.

-Yo no diría tanto -saltó Brub- Aunque, sinceramente, creo que nunca llega a librarse del todo. Está atrapado ahí, en ese lugar solitario. Y cuando ve que no puede escapar… -dijo encogiéndose de hombre, pues se suicida o acaba en el manicomio…, no lo sé. Pero no creo que haya una escapatoria definitiva. “

Y ese es el gran éxito de la novela de Dorothy Belle Hughes: el guiar al lector a través de ese lugar solitario que constituye la mente del asesino. Y la escritora lo hace de una manera elegante, sobria, que huye siempre de dar cualquier detalle escabroso; y, por todo ello, quizás, logrando que la historia sea más estremecedora.

Dix y Laurel en la playa.

Hughes nos presenta a un hombre que no siente remordimientos por sus crímenes y para el que no hay excusas.  No necesita a las mujeres -hasta que encuentra a Laurel, esa chica “lista, mimada y suspicaz”- pero tiene “la necesidad, la necesidad sensual de enfrentar su voluntad con la voluntad del otro. Hasta ese momento no había reparado en cómo ansiaba la caza…”

Aunque el cazador pueda llegar a convertirse en presa… cuando las víctimas se conviertan en némesis…

La mirada de Hughes sobre su personaje es entomológica. Nos presenta los pensamientos y reacciones de un espécimen que asesina sin remordimiento, por placer, resentimiento y utilitarismo. En ningún momento se busca, ni puede haber, ningún tipo de simpatía del lector hacia Dixon Steele. Es un depredador sin conciencia, tan alejado del lector como el tigre del animalillo al que va a devorar.

Bogart, interpretando a Dix, y Grahame, como Laurel.

La novela de Hughes está excepcionalmente bien escrita. Es buena literatura, de su género o de cualquier otro. Y aunque no hay humor en ella (Dixon está muy lejos del simpático Ripley o de los excesivos sheriffs de Thompson), sí que hay su pizca de burla cuando Dixon les comenta a los Nicolai que está escribiendo una novela policíaca, y Brub le responde:

“Así que eso es lo que escribes. ¿Y a quién imitas? A Chandler, a Hammett, o a Gardner?

-Un poco a cada uno -reconoció Dix-, con un toque de Queen y de Carr.

-Con esta combinación te saldrá un best seller -apuntó Sylvia…

-Arrasaré -declaró Dix, pero, por lo que más queráis, no le contéis nada al tío Fergus (el tío despreciado que sufraga sus gastos). Se cree que me dedico a la literatura.”

Una refinada muestra de ironía por parte de una escritora, Dorothy Belle Flanagan (1904-1993), que consiguió prestigio con su poesía, pero también con una corta pero excelente obra policíaca y de espionaje que le hizo ser reconocida como Grand Master por la asociación Mystery Writers of America. Una escritora cuya última novela policíaca, The Expendable Man (1963), fue considerada por el canónico H.R.F. Keating como una de las cien mejores novelas criminales. Y que, como crítica de literatura policíaca para The Albuquerque Tribune durante cuarenta años, tenía muy claro que el género negro podía dar, o no, tan buena literatura como cualquier otro.

Retrato de Dorothy B. Hughes.

Ha sido un verdadero placer cerrar 2019 consiguiendo leer, después de años de desearlo, esta novela gracias a la traducción de Gatopardo ediciones. Hasta ahora solo tenía noticia de que se hubiera publicado en España una edición en catalán.

La novela, a su publicación en Estados Unidos, fue muy apreciada por la crítica y propició que, en 1950, se estrenara una película, hoy de culto, basada en ella y dirigida por Nicholas Ray.

Nicholas Ray pertenecía a la generación de directores, de carácter más social, posteriores a los grandes épicos de Hollywood: Ford, Curtiz, Walsh, Wyler, … Era un licenciado en arquitectura que se inició en el teatro y el cine, a mediados de los años cuarenta, como ayudante de dirección. Tras unas cuantas películas mediocres para la RKO, consiguió que Humphrey Bogart, en la cima de su carrera, le produjera e interpretara dos de sus mejores películas: Llamad a cualquier puerta y, la que ahora nos interesa, En un lugar solitario.

Bogart y Grahame funcionaron muy bien como pareja en esta película.

Pero la película, que a pesar de su indudable calidad fue un fracaso en taquilla, muy poco tiene que ver con la novela original. Era impensable que en los años de exaltación del American way of life, a pocos años del triunfo de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial y bajo el férreo control moral que el Código Hays ejercía sobre la producción de Hollywood, se soñara siquiera con realizar una película en la que un héroe de guerra pudiera ser un asesino psicópata.

Era también impensable que Humphrey Bogart, al que sus éxitos, tras protagonizar en 1941 El halcón maltés, le habían alejado de los papeles de malvado del inicio de su carrera, pudiera encarnar a un asesino de mujeres.

Bogart y Grahame, dos actores de gran talento.

Por todo ello, los guionistas Edmund H. North y Andrew Solt cogieron la novela original y la convirtieron en algo totalmente distinto: en un melodrama, con un trasfondo de misterio, pero que en realidad se centraba en el análisis de la relación entre un hombre y una mujer. Una relación marcada por el carácter violento de él (Humphrey Bogart) y el temor y las sospechas de ella (Gloria Grahame), con el telón de fondo del mundillo cinematográfico de Hollywood.

Así, en la película, el joven psicópata, héroe de guerra, se convierte en el maduro e iracundo guionista Dixon Steele, que lucha con la tarea de crear un buen guion de un mal libro. En esa tarea, su camino se cruza con el de una joven que es asesinada, lo que le convierte en el principal sospechoso del crimen. Su vecina, un trasunto de la Laurel Gray de la novela, le proporciona una coartada e inicia con él una relación amorosa llena de dudas y sospechas y marcada por el carácter violento de Steele.

Laurel sospecha de Dix.

Nicholas Ray muestra aquí el pesimismo que será una característica típica de sus películas. Un pesimismo, que no cinismo, que cubre la relación de Dixon y Laurel, a los que Bogart y Grahame consiguieron dotar del perfecto carácter duro y a la vez frágil que sus personajes exigían.

Se trata de una de las mejores películas de Ray -y un magnífico ejemplo de película con el cine como tema de fondo- al que quizás las turbulencias de su matrimonio con Gloria Grahame (que acabaría oficialmente dos años después del estreno de la película) ayudara a recrear tan perfectamente la desazón que puede cubrir una relación amorosa.

Dix y Laurel tienen una relación intensa y atormentada.

Ocho años después del divorcio, Gloria Grahame se casó con el hijo de Nicholas Ray y le dio dos nietos, años después de darle un hijo. Puro melodrama que horrorizó al Hollywood biempensante y le valió, junto con su carácter difícil, que su carrera entrara en decadencia.

Pero para cualquier amante del cine negro, Grahame será siempre la estupenda chica mala de Encrucijada de odios (de Edward Dmytryk, por la que consiguió su primera nominación a un Óscar), Los sobornados y Deseos humanos (las dos de Fritz Lang y en la que según José Luis Garci en su libro Noir, “siempre parece que camina, se sienta y mira como si estuviera en bragas”, una manera un tanto gráfica de decir que exudaba sensualidad). Mucho más recordables, estas interpretaciones que la de la esposa casquivana de Cautivos del Mal, de Vicente Minnelli, por la que consiguió, en 1953, un Óscar a la mejor actriz secundaria.

Grahame, Bogart y Ray durante el rodaje de En un lugar solitario.

De Bogart poco hay que decir. Al año siguiente del estreno de En un lugar solitario consiguió el Óscar por La reina de África y después continuó haciendo grandes interpretaciones hasta que se despidió del cine, en 1956, con Más dura será la caída, para morir, un año después, devorado por el cáncer.

En un lugar solitario es el título de una novela y una película. Poco tienen en común, más allá del título y de los nombres de los personajes. Las dos merecen ser disfrutadas. Pero, si hay que elegir, recomiendo la novela, tan buena literatura hoy como hace sesenta y cuatro años.

Yolanda de Pablos Valencia.

Disponible en la librería Estudio en Escarlata.

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