El signo de los cuatro, de Manuel Valle. 1a entrega: introducción.

El signo de los cuatro, de Manuel Valle. 4 vol. Comares.

Ninguna sociedad, ninguna cultura, por «periférica» que sea, puede ya entenderse plenamente sin atender a su relación con los centros capitalistas» Blanco Aguinaga.

La novela policíaca española no tiene tradición culta. Manolo Vázquez Montalbán (1989).

Entre finales de 2006 y 2007 aparecieron en el mercado cuatro libros de ensayo sobre el género noir firmados por el Dr. Manuel Valle. Los cuatro formaban parte de un gran ensayo general que el autor denominó El signo de los cuatro. En cada uno de estos volúmenes se analizaba la obra de (los) cuatro grandes del noir, junto con las líneas maestras de sus personajes más señeros: Conan Doyle y su Sherlock Holmes; Agatha Christie, con Poirot y Miss Marple; Dashiell Hammett y sus variopintos detectives; por último, Raymond Chandler con Philip Marlowe.

Lo único que podemos afirmar como lectores y amantes del noir, es que esta tetralogía de ensayos constituye la más rica, detallada y amena reflexión que conocemos en español sobre el género detectivesco, reflexión que nos ha enseñado mucho, y nos ha permitido como lectores leer con más fruición y placer la obra de estos cuatro gigantes del noir.

Aprovechando el lanzamiento de TotalNoir, invitamos a su autor a que nos contara sobre estos libros y reflexionara años después de su publicación sobre todo lo que escribió, pues esta obra no ha perdido ni un ápice de originalidad ni de interés, pese al tiempo transcurrido desde su primera edición.

De ahí que le propusiéramos al Dr. Valle una serie de entradas en nuestro blog. La primera pretende dar un marco general y preliminar a toda la obra. En las cuatro posteriores entregas, se analizará autor por autor—en este orden, Sir Arthur Conan Doyle, Agatha Christie, Dashiell Hammett y Raymond Chandler—, reflexionando sobre sus características y su papel en la historia del noir.

Estamos muy agradecidos por la gentileza que Manuel Valle ha tenido con nosotros, pues sabemos lo difícil que es sintetizar una obra tan amplia y compleja, y estamos muy contentos y orgullosos del resultado final.

Sin más presentaciones, aquí tienen la primera entrega de las cinco, en que el autor nos habla de cómo y por qué se pergeñó esta obra. Que lo disfruten.

José María Sánchez Pardo.

Coloquio de novela policiaca en la facultad de ciencias políticas de la universidad de Granada. Granada 10-05-2007. De izquierda a derecha: Manuel Valle, Juan Carlos Rodríguez, Luis Alberto de Cuenca. Foto: Jessica Mur.

ENTREVISTA PRELIMINAR

  1. ¿Cómo se le ocurrió la idea de llevar a cabo esta serie de libros? ¿Qué cantidad de trabajo le supuso su realización?

El signo de los cuatro surge de una tesis doctoral. Comencé a pensar en hacer una tesis hacia 1996, tras leer ese verano El largo adiós, y no empecé a trabajar en serio en ella hasta dos años después, ya que mi labor como profesor de instituto junto con los cursos de doctorado y los avatares de la vida doméstica me dejaban poco tiempo. Iba un poco a empujones, a trancas y barrancas, hasta que a finales de 1999 tuve la suerte de partirme una pierna jugando al fútbol y disponer, por primera vez en mi vida, de varios meses para estudiar y escribir durante todo el día. Ahí saqué adelante la parte de Sherlock Holmes, y el resto lo hice a un autor por año hasta leer la tesis en 2003. Para publicarla tuve que limpiar el texto del aparato académico, pero no cambié muchas cosas porque ya desde el principio me había tomado bastante a la ligera las servidumbres de estilo de la tesis en cuanto tal y la había escrito como un libro. Pero, como era muy largo, hubo que dividirlo en cuatro volúmenes. La idea fue de un amigo editor, José Antonio García Sánchez, el Murciano, que es en muchos sentidos protagonista de estos libros.

  1. Sus libros analizan la obra de Conan Doyle, Christie, Hammet y Chandler … ¿Qué le llevó a elegir a estos cuatro autores?

En realidad yo solo quería hacer una investigación sobre Chandler. Ya eso era un problema porque era una tesis de Literatura Española. ¿Cómo meter ahí a Chandler, un autor norteamericano? Pero ese problema era en realidad falso, era un asunto únicamente administrativo que no tiene nada que ver con la historia real. Como señaló hace tiempo el profesor Carlos Blanco Aguinaga, “ninguna sociedad, ninguna cultura, por «periférica» que sea, puede ya entenderse plenamente sin atender a su relación con los centros capitalistas” y eso, que es completamente cierto por lo que se refiere a la vida en general, lo es aún más por lo que se refiere al género de misterio en el que los autores españoles han escrito siempre partiendo de una tradición que venía de fuera. Al principio era la tradición inglesa, pero a partir de los 70 fue la tradición norteamericana, no solamente por lo que se refiere a la literatura criminal, sino también por toda la influencia del cine y las series televisivas de carácter policiaco (desde el viejo Ironside hasta CSI o la última que el lector quiera imaginar). Se puede pensar así que, salvando las distancias, del mismo modo que Petrarca fue la tradición “exterior” para nuestra poesía renacentista, la novela policiaca anglosajona ha sido la tradición de nuestra novela policiaca (y muchas otras producciones ideológicas más, por supuesto, pero eso cae fuera de nuestro alcance) y, ahora que parece estar de moda la memoria histórica, tal vez habría que recordar que cuando uno mira hacia atrás buscando una tradición, hay un momento en que las “tradiciones” divergen y hay un camino que, evidentemente, lleva a Berceo o el Mío Cid, pero hay otro que lleva hasta Poe, por más que la geografía parezca decir lo contrario, porque la historia y la ideología no son exactamente geografía.

Pero el problema del encaje de la obra de Chandler en nuestra literatura, que es tanto como decir en nuestra memoria sentimental, resultó un problema menor. Las cosas se complicaron cuando traté de insertar la obra de Chandler en el conjunto del género de detectives. Eso obligaba a retroceder como mínimo hasta Poe y de ahí a Conan Doyle, Agatha Christie y luego los norteamericanos, sobre todo Hammet. Yo pretendía plantear una introducción no muy larga, dejando el asunto en manos de las oportunas referencias bibliográficas, pero me encontré con que la lectura de estos autores me mostraba cosas que a mí me interesaban y que no estaban dichas en ningún sitio. Por tanto, tuve que rehacer el plan de trabajo en dos sentidos: aumenté el tamaño de la investigación y dividí la atención en los cuatro autores que yo considero fundamentales en la creación de la figura literaria del detective privado.

Agatha Christie.
  1. Usted afirma en su texto: ahí, en nuestra opinión, aparece esa otra línea de corte que separa a estos cuatro autores en dos grupos que esta vez son más inesperados: por un lado, estarían Arthur Conan Doyle y Raymond Chandler, cuya obra se produjo desde una mirada liberal en la tradición lockeana y, por el otro, estarían Agatha Christie y Dashiell Hammett, muchísimo más cercanos de lo que pudiera parecer por la adscripción de ambos a una línea ideológica en la estela del pensamiento hobbesiano. Surgen así, de estos cuatro escenarios ideológicos, cuatro formulaciones de la autonomía individual que producirían los detectives. ¿Puede desarrollar estas afirmaciones?

Para desarrollar estas afirmaciones necesitaría mucho más espacio del que me permite esta entrevista (espero aclarar algún punto en entregas sucesivas). El lector que se adentre en El signo de los cuatro encontrará allí los argumentos que las sostienen. Pero sí que me interesaría destacar varias cosas. Por un lado, el trazamiento de límites entre la novela inglesa y la norteamericana esconde normalmente un cierto grado de desprecio sobre los autores ingleses, un desprecio del que se salva Conan Doyle (Sherlock Holmes tiene sus adeptos y hasta sus incondicionales) pero que afecta de manera clara a Agatha Christie, a la que se considera ñoña, privada, sentimental, femenina, rural, etc. Nada más alejado de la realidad porque, curiosamente, quien más se acerca a la problemática ideológica de Hammet (que representaría supuestamente el otro extremo: la novela social, urbana, el realismo del mundo del crimen, los gangsters, etc.) es precisamente Agatha Christie. Pero para entender eso hay que leerla en serio, hay que tomársela en serio. Lo mismo ocurre con Doyle y Chandler cuya obra comparte un fondo ideológico común, aunque con salidas completamente diferentes.

Encarnaciones varias del sabueso de Baker Street.
  1. Usted afirma que el noir es un género que ante todo pretende apasionar al público, emocionarlo, que no entiende la literatura sin el placer, y que no entiende el placer sin la inteligencia, pero también nos muestra la lectura de novelas como si fuera un vicio, una adicción: “Para mí, como para muchos otros, la lectura de novelas policíacas es un vicio como el tabaco o el alcohol. Los síntomas son: en primer lugar, la intensidad del deseo—si tengo algo que hacer, procuro no coger una novela policíaca, pues, una vez la empiezo no puedo trabajar ni dormir hasta que la he leído”. ¿Qué piensa de esta doble afirmación?

Bueno, podríamos hacer una broma al estilo holmesiano y afirmar que no hay dos misterios sino uno solo y que al explicar uno el otro se aclara también. En realidad la cita entrecomillada no es mía, sino de Agatha Christie, y las palabras son dichas por un vicario (es decir, alguien intelectual y moralmente irreprochable) que, sin embargo, estaba enviciado en la lectura de novelas de misterio. Pues la novela de misterio siempre ha sido (y lo sigue siendo) un género considerado menor tanto por la crítica literaria como por la academia universitaria, pero al mismo tiempo la atracción que provoca es enorme. ¿Cómo salvaban la contradicción los intelectuales de prestigio? Apelando a la inteligencia, necesaria tanto para crear una trama misteriosa como para desentrañarla. De este modo salvaban a la vez al género (limpiándolo de la supuesta costra de miseria moral o social que conlleva el crimen) y se salvaban a sí mismos, mostrando esa lectura como una especie de descanso que se permitían, entremetiendo de vez en cuando una novelita que los distrajera de sus elevadísimos trabajos intelectuales. Agatha Christie siempre mantuvo una relación ambigua, de admiración y burla, con este mundo de la alta cultura, en el que ella vivió sin formar parte. De hecho, el vicario que aparece en la cita solía preparar unos sermones pesadísimos y aburridísimos, pero la lectura de esa novela policiaca en la que se enfangó le hizo perder su tiempo y tuvo que escribir el sermón a la carrera, con lo que le salió muchísimo mejor.

  1. ¿A quién está dirigida su obra?

Yo creo que podría contestar a esta pregunta bromeando un poco con los lugares comunes. En primer lugar está dirigida a mí mismo. Quiero decir que yo escribí estos libros porque necesitaba hacerlo, porque a través de ellos podía dar rienda suelta a preocupaciones intelectuales. Se podría decir en cierto modo que mientras yo leía las novelas policiacas, ellas me estaban leyendo a mí. También está dirigida a los lunáticos que aparecen en la dedicatoria del cuarto volumen, un grupo de amigos jóvenes (entonces, ahora somos todos algo más viejos) que durante varios años soportaron mis explicaciones sobre novela policiaca en una especie de seminario que celebrábamos en Granada las tardes de los lunes (con un frío horrible, por cierto). Aparte de eso, podríamos seguir con el tópico y decir que, como algunos escritos oficiales y formularios la obra está dirigida “a quien pueda interesar”. Pero eso me obliga a hablar un poco más en serio y reflexionar sobre los lectores del género de misterio, a los que cabría dividir en dos grupos. Por un lado, encontramos a muchos aficionados del género que han leído con una atención y un interés extraordinario cientos de novelas, que las conocen y las aman, aunque quizás no tengan una gran preocupación teórica por estudiarlas. Estos lectores me merecen un grandísimo respeto y me alegraría mucho que mis trabajos les aportaran algún conocimiento o alguna idea de interés. Por otro lado, hay un grupo de lectores que proceden del mundo académico y tienen una excelente formación teórica, filosófica o sociológica, pero carecen de lecturas de novelas del género o, en todo caso, se acercan al género con suficiencia y altanería. A mí no me interesan mucho, me parecen algo fatuos y presuntuosos. Yo no pertenezco a ninguno de los dos grupos, al primero de ellos por falta de lecturas, y al segundo por falta de interés, y posiblemente por eso El signo de los cuatro se sitúa en una especie de limbo, en tierra de nadie.

6 ¿Ha seguido la novela policíaca española? De ser así, ¿ha considerado dedicarle un estudio del nivel de El signo de los cuatro?

La he seguido como lector y aficionado, de manera un poco dispersa y descuidada, pero no me he sentido con la preparación suficiente para dedicarle un estudio teórico. En primer lugar porque ya otros lo han hecho bastante bien y en segundo porque la producción novelística estrictamente de misterio o ligada de algún modo al género es apabullante, y no solo por lo que se refiere a los autores españoles, sino al éxito inmenso de autores nórdicos, italianos, griegos, franceses, etc. Estamos de nuevo ante un nuevo boom que obligaría a poner un poco de orden en ese material inmenso y señalar las líneas de fuerza principales. Yo creo que la clave está en la obra de Simenon y su personaje Maigret, pero es algo que me limito a dejar ahí.

  1. ¿Cuál es el peso en estos libros de la obra de Juan Carlos Rodríguez?

Todo. En Estudio en escarlata Sherlock Holmes le comentaba a Watson que «el genio es la capacidad infinita de tomarse molestias» y añadía sonriéndose: «Como definición, es muy mala; pero corresponde bien al trabajo detectivesco». Para el caso de Juan Carlos Rodríguez la definición de genio, en el sentido de tomarse molestias, es absolutamente acertada. Me refiero en primer lugar a la manera en que dirigió y acompañó mi trabajo, a las interminables conversaciones, los oportunos consejos, los recortes y reseñas que guardó para dármelos, los libros que me recomendó, los muchos que me prestó e incluso los que me ha regaló (aunque sospecho que lo hizo para evitar que se los robase) y, cómo no, la lectura minuciosa y atentísima de los trabajos preliminares. Pero todo eso, siendo muchísimo, es nada comparado con su amistad y su magisterio. De la amistad de tantos años no voy a hablar porque queda dentro de la vida privada, pero sí que es imprescindible acordarse de su magisterio. Porque, sobre todo, Juan Carlos Rodríguez tuvo durante toda su vida la capacidad infinita de tomarse la molestia de leerlo todo y producir una obra teórica que permitiera pensar de otro modo la literatura y la historia, en definitiva, la vida de todos nosotros. Sin la ayuda de muchos amigos El signo de los cuatro no sería como es, sin Juan Carlos Rodríguez no sería, ni como es ni de ningún otro modo. De hecho, yo recomendaría a quien esté leyendo este texto (y espero que no se me enfaden los amigos de TotalNoir) que se olvide de mí y de El signo de los cuatro, salga inmediatamente de la página y se lance a indagar sobre la obra de Juan Carlos Rodríguez sin perder ni un minuto. Saldrá ganando, con toda seguridad.

Manuel Valle.

Selección de fotografías: M.M. (Despachos de Corpus Christi).

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