Al final de la orilla, de Karin Fossum.

Al final de la orilla, Karin Fossum. B de bolsillo.

La aparición del cadáver brutalmente violado del pequeño Jonas August dispara todas las alarmas en una población noruega cercana a Oslo. Las inquietantes preguntas que se hacen los habitantes, el dolor de los familiares y el sinsentido que tienen estos asesinatos de niños dificultan la investigación llevada a cabo por el comisario Konrad Sejer y su ayudante, Jacob Skarre.

La angustia y tensión social se acrecientan con la desaparición de un compañero de colegio del niño asesinado, Edwin Ásalid, en el que se conjugan algunas características especiales que complican aún más su búsqueda.

La novela no se centra exclusivamente en las circunstancias de la investigación, sino que muestra y se sumerge también en diversos aspectos relacionados con estos terribles crímenes.

Por un lado, se hace una lúcida e implacable radiografía sobre el tema de los asesinos pedófilos en la que se intenta entender sus motivaciones y se describen sus métodos de depredación, así como los limitados efectos que tienen los intentos terapéuticos que se han usado con ellos. Por esta razón, cuando se plantea la posibilidad de redención de dichos criminales fuerza reconocer que el panorama, tanto teórico, como de control y cambio, es escaso, dejando tanto a los policías protagonistas, como a los lectores, con la sensación de que es un problema muy grave, del que se sabe poco y del que hay, además, escasos visos de remisión.

Por el otro lado, un asunto muy importante a lo largo de la novela lo constituyen las reflexiones que los policías protagonistas intercambian sobre el sentido de su actividad. En esta línea, la autora los lleva a afirmar:

“—¿Por qué nos atrae la muerte ajena? —preguntó Skarre.

Sejer sacudió la cabeza, nunca había pensado así, no le atraía la muerte, nunca le seducía el sensacionalismo. Ni siquiera cuando era un joven agente había sido el caso.

—No me atrae la muerte —dijo—. ¿A ti sí?

—Pero nosotros salimos a su encuentro de manera totalmente voluntaria —dijo Skarre—, eso de Jonas es tan horrible. Podrían haberse ocupado otros y nosotros podríamos hacer algo agradable.”

“—Pues entonces respóndeme tú a esto: ¿por qué te atraen los criminales?

En lo más profundo de mi ser puede que tenga un poco de envidia —dijo Skarre.

Glacier face, Monaco Glacier, Liefdefjorden, Spitsbergen, Norway.

—¿Envidia? ¿De los delincuentes?

Cogen lo que quieren. No respetan a las autoridades, si quieren algo, lo cogen, y por nosotros no sienten nada más que desprecio. Es una especie de subversión, un descaro profundo y radical. Yo soy extremadamente respetuoso con las leyes, casi raya en lo repugnante, ¿me entiendes? ¿Por qué crees que a la gente le interesan tanto los crímenes? —prosiguió—. No hay nada que venda tanto como un asesinato, y cuanto peor es, más le interesa a la gente. ¿Qué dice eso de nosotros?

—No hay muchas respuestas a eso —dijo Sejer—.

Norwegian winter fjord landscape with tree and ice

—Tal vez tenga que ver con la idea que tenemos del enemigo —dijo—, ya sabes, cada nación tiene una imagen de su enemigo, algo que reúne al pueblo. Durante la guerra nos unimos contra los alemanes. Eso nos llevó a tener una identidad y un compañerismo, nos dio capacidad de acción y valor heroico. La gente se vio obligada a tomar partido, así se podía distinguir a los buenos de los malos. Pero en el rico Occidente, donde imperan la paz y la democracia, son los criminales los que cumplen ese papel. Son sus acciones las que nos unen, tenemos paz y tolerancia de sobra, necesitamos que se nos acelere el pulso, sentir presión, porque es así como nos sentimos vivos. Pero hay algo más. Una especie de feliz comprobación cada vez que ocurre un asesinato.

—¿Y qué es? —preguntó Skarre.

—En primer lugar, no soy yo quien ha cometido ese horror, porque soy bueno. Y, en segundo lugar, no soy yo quien ha sido víctima de ese horror, porque soy afortunado. Y hay un tercer e incómodo elemento. Algunos delincuentes adquieren estatus de héroes. Puede que sea por lo que tú mencionaste. Su falta de respeto por las leyes y las autoridades, porque nosotros somos tan obedientes, y esa obediencia en todo puede llevar a que nos despreciemos.

Nunca nos había ido tan bien como ahora y, sin embargo, las tasas de delitos se han disparado.

—Hay muchas formas de miseria —opinó Skarre.

—¿Cuál es nuestra obligación en esta profesión?

—Bueno, ya sabes, actuamos y restauramos el honor y la dignidad.

—Madre mía —dijo Skarre—, no somos capaces de hacer todo eso. Nos limitamos a ordenar las cosas, Konrad.

En Al final de la orilla, su autora nos describe con cuidado, pero sin prejuicios, diversos aspectos sociales que rodean este tipo de crímenes en comunidades pequeñas. Así se nos describe el poder del rumor y de la falsa acusación, cuando un hecho tan terrible sucede y no se da con el culpable. Veremos cómo el señalamiento social sin fundamento puede destrozar reputaciones sociales y personales, aunque luego se vea que estas sospechas eran infundadas.

El dolor de los familiares de niños asesinados y desaparecidos también tendrá un lugar en la narración, pues Karin Fossum nos muestra el muy difícil duelo ante semejante pérdida y, sobre todo, el sentimiento de culpa que arrastran quienes, bien sobrevivieron al crimen, o bien quedaron marcados por la sensación de que podían haber hecho algo para que ese cruel destino no cayera sobre sus seres queridos.

La narración no solo trata de la depredación sexual y homicida sobre niños pequeños. De forma tangencial, se nos habla de igual forma sobre otras depredaciones más sutiles que llevan a cabo delincuentes que abusan de la soledad y la necesidad de compañía y afecto por parte de muchas personas.

La galería de personajes es muy extensa, pero quien brilla especialmente es su protagonista, el comisario Konrad Sejer quien, acompañado por su ayudante Jacob Skarre, vuelve a darnos una lección de sabiduría detectivesca, con un estilo pausado, con una poderosa capacidad para introducirse en los actores de esta terrible tragedia, y que con su estilo tranquilo, pero insistente, logra desmontar las defensas de los implicados, con unos interrogatorios que impactan por su engañosa sencillez. Como señalábamos en otro lugar nos recuerda, eso sí, en versión nórdica, al entrañable teniente Colombo, que desde una actitud aparentemente de no enterarse de nada, lograba que sus sospechosos terminaran por confesar sus crímenes.

El tono de la novela no chirría, no es escandaloso, no abusa del morbo, o de las escenas impactantes. Y todo eso teniendo en cuenta el tema que maneja, que le hubiera permitido una novela mucho más impactante, con escenas o momentos más escandalosos. No es el estilo de esta gran autora, que a lo largo de esta serie ha sido capaz de relatarnos terribles historias, con una mirada firme, pero sin estridencias, afrontando terribles historias personales y criminales, con una despiadada lucidez, pero sin regocijarse en el dolor y la angustia de las víctimas.

Si la novela impresiona por los temas tratados, no lo es menos por la resolución que la autora nos propone, de la cual lo único que podemos decir es que no nos la esperábamos, abriendo unas opciones que estremecen a quienes hemos seguido la narración.

Karin Fossum.

En conjunto, Al final de la orilla es una de esas novelas que demuestran, por un lado, que se puede hacer un thriller con temas durísimos sin estridencias y, por otro, que eso de que la novela nórdica está pasada de moda y ya no ofrece nada es una afirmación gratuita y producto seguramente de la desinformación. Si desean lanzarse a una historia apasionante y estremecedora no lo duden, pónganse con esta extraordinaria novela.

José María Sánchez Pardo.

Selección de fotografías: M.M. (Despachos de Corpus Christi).

Disponible en la librería Estudio en Escarlata.

2 comentarios en “Al final de la orilla, de Karin Fossum.

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