Navidades trágicas, de Agatha Christie.

Navidades trágicas, Agatha Christie. Planeta.

No siempre se mata por dinero y mucho menos en Navidad. En una casona inglesa Simeon Lee, viejo adinerado y crápula, finge sentir la llamada de la sangre para reunir una vez más, bajo el mismo techo, a los cuatro hijos que le quedan—Alfred, Harry, Gordon y David—junto con sus respectivas esposas, a quienes se les suman otros dos invitados: una nieta, Pilar, y el hijo de un antiguo socio.

Los Lee ante el patriarca.

Como habitualmente sucede en muchas novelas de la gran dama británica del crimen, tanto los orígenes familiares, como los de la inmensa fortuna de nuestro patriarca, quedan sumidos en la oscura noche de los tiempos. Todo este secretismo, naturalmente, contribuye a hacer aún más irrespirable el desagradabilísmo ambiente navideño que permea Gorston Hall: el cabeza de la familia Lee les amarga el pudding a sus seres queridos recordándoles constantemente que ninguno de ellos vale un penique y afirmando que le consta, además, que sus numerosos hijos ilegítimos, a quienes nunca se molestó en conocer, tienen muchas más agallas que los legítimos, pues tuvo a estos últimos con una esposa—la adorada madre fallecida de los Lee—deslavazada, alicaída y quejumbrosa.

Todo ello vociferado sin el menor rubor mientras, por un lado, llama a su bufete de abogados para cambiar por enésima vez el testamento y, por el otro, intenta flirtear con su propia nieta aprovechando que, por la orfandad de la jovencita a raíz de un bombardeo de la Guerra Civil española, ya no tiene otro hogar en el que refugiarse. Con todos estos antecedentes, casi nadie—y mucho menos nuestro ínclito Hercule(s) Poirot—se sorprende cuando, en plena Nochebuena, aparece degollado en su cuarto el impertinente anciano.

Lee con Pilar Estravados.

Porque esta Golden Age tiene bastante de edad, pero poco de dorada. Ya nos lo avisa la propia Christie en la dedicatoria de Navidades trágicas a su cuñado, hombre al parecer poco aficionado a los asesinatos gazmoños: va a pergeñar un crimen sangriento, aunque sea a costa de una sangre conseguida mediante la adición, capciosa, de citrato de sodio. Hay quizá por eso más que un algo de lo teatral en esta novela—no en vano la conocida cita de Lady Macbeth, “who would have thought the old man had so much blood in him”/¿quién hubiera imaginado que el viejo tenía tanta sangre?, se repite constantemente en el texto—.

El Macbeth de Kurosawa.

Leitmotiv, el de la sangre, que entronca aquí con otro también muy presente en la misma obra teatral, el del misterio de la fisonomía y la dificultad en distinguir unos rostros de otros. O resulta difícil, al menos, para quien no está ni capacitado para esta tarea, ni interesado en ella. El viejo rey Duncan, nunca está de más recordarlo, muere asesinado porque se muestra incapaz de conocer realmente a quienes tiene bajo su mando: irreflexivamente nombra sucesor a su primogénito, suscitando así los (re)celos de quien realmente lo salvó en la batalla, Macbeth.

Representación de Macbeth en Edimburgo.

Por eso, cuando Duncan descubre la traición de Cawdor, puede afirmar que No hay un arte que descubra en un rostro la construcción del alma. Fue un caballero en quien depositamos nuestra más absoluta confianza, aserto filoso, al menos para los espectadores, pues Macbeth, aún más taimado que el primer Cawdor, alberga sus propias opiniones acerca del camino que debería recorrer la línea sucesoria al trono de la verde Caledonia. La mujer de Macbeth, mucho más avispada que los personajes que la rodean, sin embargo, comenta al ver mohíno a su esposo: tu rostro, mi señor, es como un libro donde el hombre puede leer extrañas cosas.

David Suchet interpretando a Poirot.

En Navidades trágicas vuelve a aflorar la poca simpatía que, por lo general, despiertan las víctimas de la Christie, lo cual no puede dejar de sorprendernos, dada la afición que siente Poirot por proteger al inocente—vivo, al menos—. Cabe suponer, pues, que la mayoría de los muertos en estas novelas se han buscado su propio fin, al menos dentro de la lógica que impera en el universo del crimen christieano.

Personaje de la adaptación televisiva de Navidades trágicas.

Y el viejo Lee, sin duda, resulta un especimen particularmente desagradable, aunque no llegue a la categoría del villano Mr. Ratchett, el finado de Asesinato en el Orient Express: Lee no solo se jacta de sus conquistas constantemente, como un don Juan de pacotilla—ya se dijo que había mucho de tramoya en esta novela—, sino que, además, me parece detectar en esta actitud chulesca de nuestro tirano doméstico un cierto desdén por todas las mujeres.

Ópera de Macbeth.

Desprecio que permea también, en mi opinión, la actitud y los dichos de ciertos personajes de esta novela—entre ellos, nunca sobra subrayarlo, la de quien acaba asesinando—. Tal vez para contrastar estos discursos, Christie se ve obligada a cargar las tintas en los personajes femeninos y acaba disculpándoles ciertos pecadillos que quizás, en otras circunstancias, no habrían tenido soluciones tan satisfactorias para las interesadas.   

Pilar con los diamantes brutos.

En todo caso, tenemos también en esta novela trama y móvil que desafían la lógica, como los de tantos otros de sus mejores asesinatos. Navidades trágicas constituye un enigma en la mejor tradición de ese tropo tan dificilísimo de conseguir que es el del misterio de puerta cerrada. Pero si existe autora capaz de provocar aquella suspensión de la incredulidad de la que habló Keats, esa es, sin duda alguna, Agatha Christie.

M.M.

Disponible en la librería Estudio en Escarlata.

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