Punto final para Gutiérrez, de Andrés Gastey.

Punto final para Gutiérrez, Andrés Gastey. Ediciones de La Discreta. 

Tras su accidentado paso por el ministerio del Interior, habiendo dejado atrás su carrera de inspector de policía, Gutiérrez malvive como abogado hasta que una rica clienta lo envía a Buenos Aires con el objeto de determinar el paradero de su hija, una de las desaparecidas tras el golpe militar de los años setenta.

Las pocas cualidades de hombre de acción que tiene Gutiérrez serán puestas a prueba tras su llegada a un Buenos Aires que es cualquier cosa menos querido, por mucho que pretenda el tango. Solo la rocosa presencia, el sentido común y las raíces gallegas de su ayudante Dopazo lograrán que la metrópoli austral no se trague al confiado y bienintencionado Gutiérrez.

Avenida Corrientes, en Buenos Aires.

Pues la labor que se le ha encargado es titánica por múltiples razones: los muchos años transcurridos desde la desaparición; el poco interés que tienen los involucrados en rememorar aquellos terribles sucesos; la presencia de una herida social que aún no está cerrada y que sigue supurando miedo, vergüenza y violencia, y, un elemento muy especial, propio de aquello que se investiga, que le lleva a afirmar:

“En esta misión, sin embargo, estaba empezando a avizorar algo de una cualidad nueva, honda y abominable, en un terreno cenagoso, desconocido; una dimensión pastosa de la realidad más oscura que no estaba seguro de poder encajar.”

Para poder seguir el tenue rastro de la desaparecida, Gutiérrez y Dopazo recorrerán múltiples rincones físicos y sociales de Buenos Aires. De la ciudad, el protagonista queda impresionado por su magnificencia, pero también por su miseria, en un vaivén de contrastes que nos enfrentará a la compleja identidad argentina. 

Restos óseos de los desaparecidos.

Un elemento al que se agarran nuestros protagonistas lo forma la colonia gallega bonaerense, que les da cobijo y ayuda y les permitirá introducirse en un mundo poliédrico como es la sociedad porteña, en la que son espectadores de sus múltiples y contradictorias facetas, sobre todo cuando han de inquirir sobre el tema de los desaparecidos.

Centro Gallego en Buenos Aires.

Gutiérrez se enfrenta a este tema con lucidez y sin prejuicios. A lo largo de la narración se describen las brutales prácticas de la Junta militar argentina, los infames negocios que se desarrollaron alrededor de estos sucesos y, sobre todo, se explican, a través de diversas amigas de la desaparecida, las muy diversas fórmulas para afrontar el recuerdo de aquellos horrores, que van desde la negación, la mentira o el abrumador dolor, encarnado en las Madres de la plaza de Mayo. 

Manifestación de las Madres de la Plaza de Mayo.

El autor es valiente y se atreve a pormenorizar muchos detalles de esos terribles acontecimientos. Pero no se queda solo con el relato de las víctimas y sus torturadores, sino que intenta ahondar en cuál fue el germen de estos abominables sucesos y el papel de cada uno de los actores en esta sangrienta tragedia. Nos tememos que las reflexiones que el autor pone en boca de Gutiérrez no siempre van a ser entendidas por ciertos lectores, que se quedaron con una versión de los hechos limitada y parcial. 

Videla al frente de la Junta Militar argentina.

La grandeza del texto radica en la lúcida y terrorífica descripción que hace Gastey del delito de desaparición, que no es uno más, sino que tiene ribetes muy especiales, de los cuales afirma:

“—Dese cuenta de lo que implica la desaparición: no es que te cargues a un tío; es que lo desintegras, le haces evaporarse, borras su rastro de la tierra. Es la negación absoluta de la persona, es no reconocerle ni siquiera el derecho de haber existido”.

Si la novela es apasionante por lo que cuenta, también es fantástica por cómo lo cuenta. A la temática relatada parecería adecuado un tono trágico y persecutorio. Pero Gastey no echa mano de esos elementos dramáticos. El tono de Punto final para Gutiérrez se nutre de una lucidez estupefacta, de una ironía humanitaria, de una compasión y una empatía emocional, que no se abandona a estentóreos lamentos o frases lapidarias. 

Fotos de desaparecidos durante la dictadura de Videla.

El relato de Gutiérrez es el de un hombre sensible, un tanto apocado, que se va empapando de una realidad, que tiene que entender—aunque se resista a tener que entenderla—, pues en muchos casos los sucesos y las reacciones de sus actores van más allá de sus planteamientos y valores. Porque algo notable en Gutiérrez es su capacidad de comprender, sin tener por qué asumir, algunos de los aspectos más aberrantes de los seres humanos, frente a los cuales no le queda más que escuchar y recoger información, sin perderse en el parloterío porteño, para poder dar con la verdad, aunque esta no sea agradable para casi nadie.

Arresto de Videla.

Cuando leemos las tribulaciones de Gutiérrez no podemos dejar de oír al loco investigador de las novelas de Eduardo Mendoza—con el que comparte su pasión por la pepsicola—y, como aquel, parece verse involucrado en tremendos follones, sin quererlo ni beberlo, pero a los que da cumplida resolución, pese a quien pese. Y hemos de reconocer que lo hace como poco con la misma gracia, retranca y sentido común que dicho personaje, con el que comparte una actitud vital que no le permite pasar por alto la violencia y el maltrato abusivo de ciertos humanos sobre otros.

José Sacristán interpretando al detective de Mendoza en El misterio de la cripta embrujada.

Con todos estos elementos, el autor nos ofrece la cuarta entrega de las aventuras de este singular investigador que no parecía destinado, ni por físico ni por temperamento, a lidiar con semejantes morlacos, pero que es capaz de cortar el rabo y las dos orejas en una plaza poco dispuesta, con unos toros resabiados y muy, pero que muy peligrosos. De paso, esto lo va consiguiendo sacándonos una sonrisa, aunque esta se nos crispe por la terrible desazón que nos provoca el enfrentarnos a la galería de horrores que nos relata. Pero, al igual que en anteriores entregas de la serie, el autor nos deja un hálito de esperanza en que algo se puede hacer ante el horror y la violencia.

Manifestación contra las leyes de Punto Final.

No sabemos si el título del libro se refiere a las leyes homónimas que cerraron en falso los horrores genocidas que llenaron de sangre y vergüenza a la sociedad argentina, o bien es que esta será la última entrega de Gutiérrez, pero el final de la novela nos deja una rendija de esperanza de que Gutiérrez, embarcado en nuevas ocupaciones, seguirá desfaciendo entuertos, pese a quien pese.

José María Sánchez Pardo.

Selección de fotografías: M.M. (Despachos de Corpus Christi).

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