La horca en mi jardín, de Richard Deming.

La horca en mi jardín, Richard Deming. Colección “El búho”.

La horca en mi jardín dice la gente,

es nueva, pulcra y de adecuada altura,

Yo me anudo la cuerda con destreza, 

cual si fueses corbata para un baile;

más cuando los vecinos… de los muros…

aspiran aire para decir “¡Hurray!”,

el más extraño antojo me sorprende…

Después de todo, hoy no voy a ahorcarme.”

Balada de un suicida, de G.K. Chesterton.

“Yo divido a todos los moradores del mundo en dos categorías: personas y chusma. Entre las personas figuran todos aquellos que contribuyen al funcionamiento de la legal economía de su país: banqueros, carpinteros, mujeres de limpieza; todos los que trabajan para vivir. La chusma la constituyen los parásitos, los tipos que viven a costa de las que yo llamo “personas”. Algunos no son más que rateros desnutridos, y otros dirigen vastas empresas ilegales que les proporcionan millones. Pero ni el poder ni la posición social que alcancen los de la chusma sirven para establecer ninguna diferencia. La chusma es la chusma”.

Esta es la sencilla y eficaz filosofía con la que Manville “Manny” Moon se enfrenta a la vida y a los muy diversos personajes con los que ha de lidiar en su trabajo de guardaespaldas. Porque Manny Moon no se considera un detective privado sino un simple guardaespaldas. Que para llevar a cabo la investigación de un crimen ya está la policía, opina. Aunque sea, finalmente, él quien deba desentrañar los misterios en los que se ve envuelto.

De Richard Deming (1915-1983), creador de este honesto, duro, sarcástico, afable y muy atractivo personaje ya conocíamos algún interesante relato corto. Sin embargo, desconocíamos la existencia de la serie de Manny Moon, hasta que la suerte y el vicio de rebuscar en esos maravillosos antros de perdición conocidos como librerías de viejo nos hicieron toparnos con La horca en mi jardín.

Del escritor, uno de los más prolíficos del pulp estadounidense, hemos averiguado que se inició en la literatura policíaca a finales de los años cuarenta y que fue un verdadero estajanovista del género hasta el final de su vida. 

Novela de la franquicia Ellery Queen escrita por Richard Deming.

Se inició como asiduo colaborador de la revista Manhunt y de los primeros años de la Mystery Magazine de Alfred Hichcock. Además de firmar sus propias novelas, en los años 60 fue el principal negro de la franquicia Ellery Queen, para la que escribió cuatro novelas de la serie dedicada a Tim Corrigan, una de la de Mike McCall y cinco independientes.

También trabajó bajo los seudónimos de Emily Moor, Nick Morino o Max Franklin, y con este último nombre convirtió en libros las series televisivas Starsky y Hutch y Los Ángeles de Charlie.

Portada de la novela Los Ángeles de Charlie escrita por Richard Deming bajo el seudónimo de Max Franklin.

Además de la estupenda serie de Manny Moon de la que hemos llegado a conocer tres títulos traducidos al españolUn asesinato másUn disparo en la noche y La horca en mi jardín—, tuvo por lo menos otras dos, protagonizadas cada una por Barney Calhoun o Matt Rudd. 

En definitiva, un dignísimo proletario de la literatura policíaca, que puede no llegar a alcanzar la hondura psicológica de un Ross Macdonald, pero que tiene calidad de sobra para que merezca ser disfrutado y rescatado del olvido.

En La horca en mi jardín, de 1952, Manny Moon es contratado como guardaespaldas de la rica heredera Grace Lawson. La joven—diecinueve años—ha sufrido varios atentados contra su vida, a lo que se suma el misterio de la desaparición de su único hermano. 

El prometido de Grace, su madrastra, su tío, el abogado de la familia, el director de la empresa familiar y los criados de la mansión familiar se convierten en sospechosos de querer acabar con la muchacha. Entre ellos, Manny habrá de encontrar al verdadero culpable.  

La novela se puede inscribir, por tanto, en la tradición del clásico whodunit—la contracción de la frase interrogante inglesa Who has done it, ¿quién lo hizo?—en una comunidad humana cerrada.

Pero lo estupendo es que, además de un misterio clásico bien trazado y resuelto, la novela tiene muchos más atractivos, empezando por su protagonista.

Manville Moon está en algún punto de la treintena. Su apariencia física es determinante; parece, y ha sido: “Un campeón de boxeo, o un estibador, o un sargento del ejército”.

Combate de boxeo de pesos pesados.

Tiene la nariz torcida y el párpado caído. Sin embargo, esos estropicios no son, como cabria pensar, resultado de sus días de boxeador, sino consecuencia de su época de estibador.

En realidad, a Manny no le preocupa gran cosa su aspecto, “pues normalmente es tan sensible a los sentimientos ajenos como un carcelero nazi”. Y, además, considera que “[su cara] no es precisamente fea, sino estropeada”.

Antes de la guerra—la Segunda Guerra Mundial—fue boxeador profesional en la categoría de peso pesado ligero, aunque solo llegó a celebrar tres combates; y los tres los ganó por fuera de combate. Pero la federación de boxeo le echó del cuadrilátero por razones “que no son del caso”

Luchó en la guerra en el frente europeo y allí perdió su pie derecho, que substituye con una prótesis de aluminio que no parece molestarle mucho; tan solo le impide bajar por un acantilado o propicia algún simpático tropiezo con una hermosa mujer.

Soldados con amputaciones sufridas en la Gran Guerra.

Si para el Cormoran Strike de Robert Galbraith—J.K. Rowling, como ya sabemos todos—el sufrimiento físico que le produce la prótesis con la que sustituye el pie que también perdió en una guerra—la de Afganistán, en este caso—se convierte a menudo en elemento principal de la historia, no ocurre lo mismo en el caso de Manny Moon. La prótesis se menciona en pocas ocasiones y no tiene un papel fundamental en la vida del protagonista, más allá de obligarlo a tener el teléfono en el dormitorio en lugar de en el salón, que no es cuestión de que una intempestiva llamada nocturna le obliga a ir saltando a la pata coja desde la cama al teléfono.

Manny considera que, aun con su pie de aluminio, conserva casi todas sus facultades físicas y continúa siendo “un buen pegador”. Pocas veces necesita la pistola P-38 que conserva como recuerdo de la guerra y que suele acabar incautada por la policía.

Pistola Walther P-38. Boceto en flickr.com.

Y vaya si lo demuestra… Porque la historia está llena de acción: peleas a puñetazos, persecuciones en coche, asedios dirimidos a tiros… todo en un escenario geográfico indeterminado, puesto que en ningún momento se menciona el nombre de una ciudad. Solo se llega a comentar que un sospechoso ha utilizado un ferry para cruzar el río y llegar a Illinois.

La narración también cuenta con el valor añadido de unos estupendos secundarios. En primer lugar, de un personaje femenino con una personalidad arrolladora e historia apasionante: Fausta Moreni.

Fausta es, según reconoce nuestro protagonista, la única mujer que le ha hecho pensar en matrimonio. Es una romana de pelo rubio y ojos castaños a la que Manny conoce cuando él tiene veinticuatro años y ella diecinueve. En ese momento Fausta era una tímida y asustada refugiada que acaba de llegar a Estados Unidos huyendo de los horrores del fascismo italiano.

Mussolini arengando a sus escuadristas.

Cuando Manny Moon se va a la guerra, se lleva en la mochila su retrato y en la cabeza su recuerdo y el propósito de casarse con ella cuando regrese.

Pero cuando consigue volver vivo de la guerra la situación ha cambiado mucho, como él mismo relata:

“Lo malo del caso fue que aquel recuerdo era el de una jovencita inexperta, azorada en tierra extranjera, y necesitada de la protección de un hombre fuerte. Pero cuando al fin regresé a mi país, Fausta no necesitaba ya de nadie. De un modo bastante singular, se había convertido en un crupier profesional, y en uno de los mejor pagados del país… su patrono llegó a apreciarla lo bastante para dejarle “El Patio” cuando se marchó de este mundo con una bala en la cabeza.

El Tropicana, casino de los años cincuenta.

Tan pronto como se hubo leído el testamento, Fausta cerró el casino y transformó “El Patio” en restaurante y club nocturno. Fue una jugada hábil, pues no sólo por tratarse de un negocio legal resultaba más seguro, sino que a la larga rendía tanto o más, gracias a la enorme elevación de los precios. Así, pues, a los veintisiete años Fausta se había convertido en una mujer extraordinariamente rica”.

Y Manny, que confiesa sentir debilidad por las mujeres débiles y desamparadas, no puede asumir el cambio y deja de mencionar el matrimonio. 

Pero Fausta—y su local—tiene siempre un papel principal en las aventuras del antiguo sargento, que reconoce que no es capaz de sentir por ninguna otra mujer el afecto que la italiana le había producido.

Una historia estupenda la de Fausta, tanto en el desarrollo del personaje como en la presentación de los sentimientos masculinos de Moon. Resulta muy significativa a la hora de entender los cambios en las relaciones hombre-mujer desde la Segunda Guerra Mundial a la actualidad.

Casino. Foto Sara Manríquez.

Y como ayudante ocasional de Manny, y no siempre bien recibido, un personaje tan tierno como divertido en su simplicidad, “Mouldy” Greene, del que Manny nos cuenta que:

“Durante la guerra, Mouldy Greene, cuyo nombre verdadero era Marmaduke—debiendo a sus barros el apodo de “Mouldy” (Mohoso)—, había sido la rémora de mi equipo; uno de esos soldados cuya bien intencionada inutilidad llega a exasperarnos hasta el punto de desear darles una patada cada vez que tropiezan al barrer el patio, y que sin embargo despiertan en nosotros la misma clase de afecto protector que siente una madre por su hijo idiota. 

Y en una constante colaboración-confrontación con Manny, el personaje del inspector Warren Day, de la Brigada de Homicidios y su inseparable sombra el teniente Hannegan.

Day es otro personaje estupendo que pone de manifiesto la habilidad narrativa de Richard Deming. Con su pulsión avarienta y su nariz pálida y afilada que denota sus cambios de humor, es una presencia constante, y no siempre favorable, en las historias de Manny Moon, que, al considerarse un mero guardaespaldas, es siempre partidario de trabajar en colaboración con la policía, por más que a veces sea la policía la que mayores trabas le ponga en su camino.

En definitiva, que La horca en mi jardín ha sido un gran hallazgo por los muy entretenidos ratos de lectura que nos ha proporcionado gracias al bien hilvanado misterio, a sus atractivos personajes, a sus trepidantes persecuciones, al humor y la ironía siempre presentes y a los estupendos diálogos… Una novela estupenda que bien merecería una cuidada reedición para goce y disfrute de los amantes del género.

Yolanda de Pablos Valencia.

Selección de fotografías: M.M. (Despachos de Corpus Christi).

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