Castigador: Zona de guerra.

Castigador: Zona de guerra

Guionista: Chuck Dixon

Dibujantes: John Romita JR, Mike Harris

Entintadores: Klaus Janson, Mike Manley, Jimmy Palmiotti, Joe Rubinstein, J.J. Birch

Panini Comics

        Frank Castle, el Castigador (Punisher), sin su fiel escudero Microchip, consigue infiltrarse en la familia mafiosa Carbone y empleará todas las armas a su disposición para destruirla desde dentro, y así acabar con sus actividades ilegales. Esta idea de base es la que se utilizó para comenzar, en marzo de 1992 la tercera colección del personaje. Es importante subrayar que Castigador estaba por entonces en la cima de su popularidad, merced de la moda “grim and gritty” noventera que llenó el panorama historietístico norteamericano de antihéroes con pistolas cada vez más grandes.

        El castigador es un antihéroe que, tras el asesinato de su familia en un tiroteo entre mafiosos, se dedica a matar criminales. Punto. No se le pueden buscar más complejidades porque eso haría que la suspensión de la incredulidad se tambalease. Y Chuck Dixon, el guionista encargado de comenzar esta historia, lo entiende a la perfección. Dixon ofrece una trama que sigue fielmente los cauces habituales de las aventuras del personaje, ayudándose de cajas de texto con los pensamientos de Frank Castle, creando una caracterización fría y calculadora que casa perfectamente con la personalidad conocida de este ex-militar.

Que afirme que es un relato “habitual” del Castigador no quiere decir en modo alguno que sea una historia rutinaria o formuláica. Se pueden apreciar rasgos del personaje que ya existían pero que solamente habían sido enunciados al centrarse otros guionistas más en la trama o en el desarrollo de otros personajes que en Castle. Así vemos al Castigador empezar el relato aquejado de cierta paranoia respecto a su compañero habitual, Microchip. Esta argucia para despejar el camino y ver cómo actúa el personaje sin asistencia de ningún tipo funciona tan bien por la naturaleza obsesiva del personaje. Dixon nos devuelve al lobo solitario de las primeras apariciones y añade una vuelta de tuerca más que, aunque no es novedosa, nunca se había desarrollado a fondo: ¿cómo reaccionaría el personaje en una infiltración de larga duración?. Castle no es alguien de métodos sutiles y su identidad es ampliamente conocida al ser considerado él mismo como un criminal psicopático dentro del Universo Marvel. ¿Cómo sería capaz de llevarlo a cabo?, ¿cuánto aguantaría?, ¿cómo serían sus interrelaciones con sus “camaradas” en esa situación?.

Dixon, especializado en relatos de acción—bélicos, postapocalípticos, de género negro, … pero que pueden ser siempre agrupados bajo la etiqueta de thriller adrenalítico—, desarrolla al elenco lo suficiente como para que logremos distinguirlos a todos ellos sin necesidad de diálogos reiterativos, aunque sin que estos alcancen excesiva profundidad. Así, la trama fluye de una manera orgánica, con los giros de guión justos y un interés creciente, a lo largo de dos arcos argumentales (la infiltración del Castigador y, posteriormente, los resultados para las partes implicadas cuando dicha infiltración ya ha acabado). Dixon sorprende incluso con algunos momentos humorísticos, y, de igual forma,  por darnos una historia cuyo balance arroja el resultado de que lo que Frank Castle ha conseguido al final no es nada más que un baile de sillas, han muerto muchos mafiosos pero la situación general sigue igual. El autor aprovecha para presentarnos a dos nuevas creaciones que tendrán gran importancia en la estancia del guionista en los diversos títulos del personaje: Rosalie Carbone, hija y sucesora del jefe mafioso, y la policía Lynn Michaels, que de aparente interés romántico pasa a un papel muy diferente en posteriores historias.

        Para inaugurar por todo lo alto este título se encargaron los lápices a John Romita JR, el hijo del célebre dibujante de Spider-Man, que ya contaba con una carrera exitosa y consolidada para este momento. Romita JR, con ese estilo de dibujo tan deudor de Buscema y que tiene un aspecto falsamente tosco, destaca por su facilidad para crear escenas de acción y composiciones de página impactantes sin dejar de ser lo suficientemente versátil como para planificar páginas de diálogos vivaces, metáforas visuales y retratar escenarios y gente de la calle con gran rigor. Si nos fijamos en el resto de dibujantes estrella que rellenaban las páginas del cómic USA en ese momento, Romita está por encima de ellos: es buen narrador, sabe dibujar rostros y expresiones faciales, domina el lenguaje corporal y se molesta en añadir texturas (cosa que se nota en fondos y en que, por ejemplo, el uniforme del Castigador parece siempre hecho de materiales resistentes y, hasta cierto punto, bastos, muy lejos del aspecto de licra que le dan otros dibujantes). Lamentablemente, la desbandada por esas fechas de los dibujantes superventas de Marvel Comics para fundar la editorial Image Comics nos privó de que este profesional desarrollase ambos arcos argumentales, siendo sustituido a un tercio del final por un Mike Harris muy voluntarioso y deseoso de dar a sus figuras un aspecto parecido al de Romita pero que se quedó más en el “querer” que en el “poder” mientras Romita JR ejercía de dibujante estrella en otros personajes y proyectos que interesaba promocionar en ese momento.

        A las tintas se aplica, en un principio, el pincel del legendario Klaus Janson, aportando un aspecto oscuro y sucio que casa muy bien con la historia que se está desarrollando, si bien él fue el primero del equipo en abandonar el proyecto (tras el sexto capítulo, concretamente) y el baile de entintadores que se encargan de la práctica totalidad de la segunda parte de la historia perjudica en mucho al resultado final (a pesar de que algunos de ellos, como Palmiotti o Rubinstein, son grandes profesionales). El color, sin ser especialmente destacable, sí está aplicado con la suficiente inteligencia como para acentuar climas psicológicos (es reseñable, por ejemplo, que durante la infiltración las actuaciones del Castigador, siempre nocturnas o en parajes nublados, contrasten con la claridad que se les otorga a las casas en que los mafiosos viven y llevan a cabo sus actividades) pero, como en el resto de aspectos gráficos de este cómic, también va de más a menos.

        Con todo lo anterior no quiero dar la impresión de que sea una mala obra, ni siquiera una obra fallida. Esta historia es de lo mejor que ha dado el personaje y por sí sola merece la más alta estima. Planta las semillas de lo que años después haría Garth Ennis en su etapa, y eso son palabras mayores. Puede que haya un bajón en la parte gráfica pero el guión siempre mantiene el nivel, creando en todo momento una historia de acción disfrutable, con grandes instantes de tensión y que, como poco, está dibujada de manera funcional, cuando no notable. Además, desde el punto de vista sociológico, sirve para mostrarnos la percepción que se tenía del Nueva York pre-Giuliani en materia de seguridad (no en vano, Dixon, poniendo las raices de la trama en la realidad del momento, abunda en las bandas callejeras, los intercambios de droga y aún flota en una parte de la trama el brutal crimen del que fue objeto Trisha Meili). Nos queda una obra muy disfrutable, rápida, inteligente y muy, muy sangrienta, lo que, en definitiva, debería ser cualquier buena obra en torno al Castigador.

        Miguel Ángel Vega Calle

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