Trufas para el comisario, de Pierre Magnan.

Trufas para el comisario, Pierre Magnan. Siruela.

El mundo rural no ha sido un escenario tan prolífico como el urbano para la narrativa noir, sobre todo en las últimas décadas. Y lo que es menos habitual es el que sean gentes del común sus protagonistas. 

Fue muy corriente en el mundo anglosajón situar los escenarios de crímenes en casas solariegas de la clase pudiente. Ahí tenemos las extraordinarias narraciones de autores como Christie, Berkeley o Sayers. Pero es mucho más raro que los protagonistas de los relatos sean habitantes del ámbito rural. Podríamos citar de todas formas un buen número de relatos con protagonistas rurales, como los firmados por autores franceses como Mirbeau, Maupassant o Mérimée; en España los casos de Plinio, de García Pavón; o en Bélgica las novelas negras de Simenon. Pero si nos damos cuenta, la mayoría de estos autores son del XIX o principios del XX. 

Esta escasez de relatos con protagonistas pueblerinos se ve cimentada por la presunción de que en el campo las relaciones son más idílicas que en las sórdidas e inhumanas ciudades, motivo por el cual el crimen es menos habitual en el mundo rural—para ampliar sobre este tema les recomiendo “¿Existe la novela negra rural en España?”, artículo de Ángeles Salgado para Total Noir—. 

Pero, ¿qué quieren que les diga?: ante esas posturas adanistas o edénicas sobre el mundo rural, el que esto escribe se guía más por las canónicas palabras del gran Sherlock Holmes que en “El misterio de Copper Beeches”, de su primer libro de relatos Las aventuras de Sherlock Holmes, conversando con Watson, afirma:

Usted mira esas casas dispersas y se siente impresionado por su belleza. Yo las miro, y el único pensamiento que me viene a la cabeza es lo aisladas que están, y la impunidad con que puede cometerse un crimen en ellas.

–¡Cielo santo!—exclamé—. ¿Quién sería capaz de asociar la idea de un crimen con estas preciosas casitas?

–Siempre me han producido un cierto horror. Tengo la convicción, Watson, basada en mi experiencia, de que las callejuelas más sórdidas y miserables de Londres no cuentan con un historial delictivo tan terrible como el de la sonriente y hermosa campiña inglesa.

Nigel Stock (izquierda) y Peter Cushing en una escena del episodio ‘El tratado naval’ del programa de televisión ‘Sherlock Holmes’, de 1968. (Foto de Don Smith/Radio Times/Getty Images)

En la línea de la opinión de Holmes, Pierre Magnan nos lleva a una pequeña población de la Alta Provenza en la que empiezan a ocurrir una serie de extrañas desapariciones, seguidas de misteriosos asesinatos. Estos sucesos alteran la vida cotidiana de los lugareños, enfrentando a los policías a una intriga que logra llenar de desazón tanto a los unos, como a los otros. 

Pierre Magnan, Louis Monier.

Trufas para el comisario nos sumerge en la vida cotidiana de una pequeña comunidad agrícola en decadencia donde, a modo de crónicas de un pueblo, se nos relatarán las no siempre fáciles relaciones entre sus vecinos. Relaciones en las que la cercanía hace que los celos, las envidias y las ofensas no tengan el suficiente aire o espacio para poder disolverse o al menos esconderse, produciéndose singulares soluciones entre los lugareños para poder seguir conviviendo, aunque sea desde el odio y el resentimiento histórico.

Pese a narrar historias en ocasiones muy duras, el tono de la novela está insuflado de una joie de vivre muy francesa. Hay algo disfrutón, rabelaisiano en cómo se manejan las alegrías y los conflictos. Un tono narrativo en el que parece escucharse de fondo la música de Malicorne, brava, pero llena de retranca y ganas de vivir

Se nos habla de un mundo rural no muy rico, pero que sabe sacarle partido a la vida y que, pese a saber que es un hábitat en vías de despoblación, donde solo quedan unos pocos para sostenerlo, lucha por su supervivencia y su estilo de vida. En ese sentido, se encuentra bastante alejado del mundo rural español, tan áspero y negro, o del ruso, tan salvaje y retrasado.

La galería de personajes es extraordinaria, destacando tres mujeres: la ambiciosa Francine; Claire, la empresaria; y Rosemonde, la posadera. Son tres modelos de mujer muy interesantes, ya que nos ofrecen muy diversas formas de enfrentar la existencia desde lo femenino

Pero también el autor nos fascina con otros personajes sobresalientes. El primero, el trufero Alyre, un hombre entregado a sus actividades laborales y sociales, y que pretende que la vida sea más luminosa y llena de gozo, pese a los mil obstáculos que la existencia le pone. Otro es su cerda buscadora de trufas, Roseline, que en momentos clave de la novela tendrá un papel protagonista. 

Finalmente, el gran personaje de esta narración es el comisario Modeste Laviolette, un hombre del terruño, que prefiere pernoctar en una casa del pueblo antes que en un hotel. Se trata de un hombre que escucha más que pregunta y, siguiendo el estilo del gran Maigret, intenta comprender más que juzgar. 

Laviolette sorprende por la variedad de tácticas de investigación de las que echa mano: la mimetización con la gente del pueblo; los agrupamientos de posibles sospechosos—que nos recuerdan a las célebres reuniones de Nero Wolfe—; o los más sofisticados métodos de la ciencia forense y pericial de la época … 

Veremos a Laviolette seguir rastros, equivocarse y sufrir por sus errores, pero siempre con un talante humano en el que su intento por comprender, más que juzgar, impregnará todos los pasos de esta desquiciante cacería del asesino.

El actor Victor Lanoux interpretando a Laviolette en televisión.

Un tema que surge a lo largo de la novela es el fenómeno del “hippismo” de la época. Lo podríamos entender como la huida que muchos jóvenes emprenden desde sus vidas cotidianas para entregarse a una vida errabunda y alternativa. Este fenómeno, que no es privativo de la época, pues se da en muchas sociedades y momentos históricos, recibe por el autor/protagonista una mirada, si no justificadora, al menos comprensiva. Pues la mirada de Magnan es muy profunda, y logra alcanzar los más recónditos anhelos y angustias del ser humano. De ahí que raramente juzgue o castigue, sino que describe cómo los seres humanos nos vemos sometidos a pasiones y anhelos que van mucho más allá de lo lógico y lo sensato, lo que nos aboca a situaciones y acciones no siempre adecuadas ni deseadas racionalmente.

Hippies en el campo.

La narración, pese a poner el foco en unos episodios concretos ocurridos en un pequeño asentamiento francés, no se priva de dejarnos caer unas cuantas gotas de crítica social y política. Se puede entrever en el relato un ligero aire de protesta social; unas pequeñas pinceladas mediante las cuales el autor da fe de ciertos sometimientos a los que se ven condenados los pueblerinos ante diversas prácticas empresariales o de la Administración, que no siempre les son propicias a los colectivos menos favorecidos.

Protestas de los agricultores.

Pero en el título se habla de trufas. Y las trufas, su recolección, su cuidado, y los conflictos que se derivan de su posesión, serán elementos muy importantes en la narración. De esta forma seguiremos a la maravillosa cerda Roseline mientras va triscando por el campo en busca de tan codiciado manjar; conoceremos una receta casi alquímica de huevos y trufas; y se nos dará conocimiento de un singular método para el engorde de las trufas …

Merece la pena pararnos un momento en la figura del autor, Pierre Magnan. Él sí era un hombre de la tierra, nacido en la Provenza en 1922 y fallecido en 2012. Pese a unos prometedores inicios literarios, durante toda su vida tuvo trabajos anodinos. Hasta que, ya en la cincuentena, debido a quedarse en el paro, retomó la escritura y triunfó, tanto a nivel popular, como de premios, con unas narraciones policiales de gran calado criminal y humano. Trufas para el comisario, publicado originalmente en 1978, fue la segunda entrega de una serie protagonizada por el comisario Modeste Laviolette. En España solo conocemos que fuera editada de este autor La casa asesinada, publicada por la editorial  Luis de Caralt en 1988.

A Laviolette podemos enmarcarlo dentro de ese fantástico grupo de policías con origen en el terruño, y que combinan su sagacidad con el acervo de su origen rural. Podríamos citar en esta línea al gran Manuel González “Plinio” de García Pavón, a los policías navajos Jim Chee y Joe Leaphorn de Tony Hillerman y, por qué no, al comisario Adamsberg de Fred Vargas.

Como en el caso de Adamsberg, las novelas con Laviolette de protagonista se permiten un ligero toque fantástico, que da aún más sabor a unas narraciones llenas de retranca y de ese humor negro al que en Madrid llamamos mesetario, combinadas con poderosas dosis de intuición, socarronería y una mirada profunda sobre las muy diversas facetas del ser humano. Y todo esto sin perder el tempo narrativo propio de una novela de intriga policial, con sus alternancias entre misterio, investigación y descripción de personas y lugares

Pierre Magnan.

Con todo lo señalado, aplaudimos el redescubrimiento de un autor y una obra magnífica, por lo que no podemos dejar de felicitar a Siruela por su edición, en un momento en que tantos grandes autores nos han dejado.

José María Sánchez Pardo.

Selección de fotografías: M.M. (Despachos de Corpus Christi).

Disponible en la librería Estudio en Escarlata.

4 comentarios en “Trufas para el comisario, de Pierre Magnan.

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