Las mil y dos noches, de Carole Geneix.

Las mil y dos noches, Carole Geneix. Siruela Policiaca.

Finales de marzo del año 1912. París es la gran capital de Europa y del mundo. Es allí donde la Belle Époque culmina su existencia en un lujo desenfrenado, a dos años tan solo de morir como una víctima más de los millones de muertos que la Gran Guerra dejó en su apocalíptica cabalgada.

Diseño de Poiret, vestido de té.

Como epítome de magnificencia, se celebra una fiesta fastuosa en una mansión de la Rue Saint-Honoré. Es la casa de Paul Poiret, el modisto legendario cuya fama, inmensa en su época, ha quedado hoy sepultada por la de Coco Chanel.

Poiret en Nueva York. Imagen de © Underwood & Underwood/Corbis

Se trata de una fiesta inspirada en Las mil y una noches, con pretensiones de continuar, e incluso eclipsar, el lujo desenfrenado de aquellos cuentos orientales. De ahí el nombre con el que Poiret bautiza a su propia celebración: “las mil y dos noches”.

En las mil y dos noches.

Y esa fiesta, inspirada en otras reales con las que aquel modisto, en sus años de esplendor, deslumbró a París, se convierte en el eje central de la novela de Carole Geneix, donde lo ficticio y lo real se enlazan en una coreografía de lujo opulento y decadente que hoy, hijos de dos Guerras Mundiales que cambiaron el mundo y las mentalidades, nos cuesta imaginar. 

En la novela, el pretexto de la fiesta es inaugurar la empresa de perfumes de Poiret, Les parfums de Rosine. Es otro de los muchos detalles que la autora toma de la realidad, porque a Poiret se le debe también, entre otras muchas innovaciones, el ser el primer modisto que creó una línea de perfumería.

Ese es el gran acierto de la novela de Geneix: su capacidad de representarnos ese mundo fastuoso que estaba a punto de perecer, con las telas suntuosas cubriendo los cuerpos femeninos liberados de los opresores corsés; las deslumbrantes joyas que podían tanto adornar como estrangular un cuello femenino; la comida más exquisita; el champan más preciado corriendo en ríos de lujuriosas burbujas; jaulas de oro encerrando a bellas odaliscas herederas de la sensualidad y el erotismo oriental… 

Diseño de Poiret.

Una escenografía opulenta que se describe con un diluvio de ricas metáforas—“Adondequiera que fuera, la condesa esculpía el espacio con su presencia”—. Una vívida y magnífica descripción de un mundo llamado a desaparecer, pero que, en los momentos en los que la novela transcurre, se encontraba en su cenit.

Diseño de Poiret.

A la fiesta acuden los personajes más encumbrados de la alta sociedad parisina. Por supuesto los anfitriones, Paul Poiret, el llamado “rey de la moda”y su interesada esposa Denise Boulet, la provinciana normanda a la que Poiret convirtió en referente de elegancia. Y, ya como personajes totalmente ficticios, pero centro de la trama novelesca, la condesa rusa Svetlana Slavskaya, su hijo Ígor Slavski, su secretario Dimitri Ostrov y algunos otros como la hermosa Oriane, bailarina del vientre para Poiret y meritoria ambiciosa, pero sin éxito, en la Ópera de París…

La fiesta tiene un gran éxito y un inopinado final: aparece muerta la condesa Svetlana Slavskaya. Disfrazada de la princesa Zobeida de Las mil y una noches, la condesa parece haber sido estrangulada con su propio y valioso collar de diamantes. 

Fin de fiesta de Las mil y dos noches.

Slavskaya es una exiliada por causa de aquellos sucesos rusos de 1905 que presagiaron la revolución bolchevique. Una mujer muy excéntrica y tan hermosa como esas rosas que abren sus pétalos en el esplendor inmediatamente previo a marchitarse. Su gran fortuna convierte en sospechosos de su muerte tanto a su hijo—un psicópata disfrazado de gran señor—, como a su secretario, apolíneo judío al que sus escarceos bolcheviques obligaron a huir de Rusia.

Karsavina y Fokine en “El pájaro de fuego”.

De la investigación de la muerte se ocupan el comisario Champlain y el inspector Bertholet. A través de los enfrentamientos entre ambos podremos conocer las violentas tensiones que en aquella época sufrían las diferentes fuerzas policiales francesas, en un escenario como el París de la época, asolado por 70.000 jóvenes delincuentes—esos llamados apaches hoy convertidos en elemento de folclore—y donde las clases altas sucumbían al consumo del opio llegado desde China en un tráfico ilegal que implicaba incluso a elementos de la policía.

Poiret llegando al baile de la Ópera.

La novela es un impactante y lujurioso fresco por el que discurren personajes reales e imaginarios, en una Francia donde el caso Dreyfus está todavía muy presente. Y en una Europa que respira los últimos momentos de una tensa paz sustentada sobre alianzas que prefiguran los bandos que pronto se enfrentarán en los campos de batalla: el Imperio alemán, el austrohúngaro y el reino de Italia, formando una Triple Alianza contra la Triple Entente constituida por Rusia, Francia y el Reino Unido.

Diseño de Poiret.

Y a destacar el capítulo que nos describe la carrera frenética en automóvil de alguno de los protagonistas de la novela, con el fin de alcanzar a un trasatlántico británico en su escala en la ciudad de Cherburgo. Porque el Titanic, el del único viaje y la triste memoria, también desempeña su papel en Las mil y dos noches

Los primeros pasajeros se agolpan para embarcar en el Titanic.

Y el epílogo de la historia en 1938, cuando ya el ladrido de las botas nazis resuena siniestramente por Europa. 

Es un mundo que se acaba y que Carole Geneix—tras sus años como pedagoga en Corea del Sur, Rusia y los Estados Unidos—sabe recrear y escenificar muy bien en esta su primera novela. 

De la mano de la autora, y al compás de ese fin de época que nos narra, conocemos también los últimos momentos del inmenso esplendor de aquel que fue conocido como “el rey de la moda”Paul Poiret, gran creador que derrochó fortunas, pero que murió en 1944 olvidado y en la más triste indigencia. 

Retrato de Poiret tras una máscara que lo representa.

Ahora, además, ya podemos imaginar de quién obtuvo Agatha Christie, que vivió en París entre 1905 y 1910, la inspiración para bautizar a su inmortal detective. 

Porque Poiret fue un inmenso innovador en su campo—entre otras cosas acabó con la esclavitud del corsé femenino—, pero fue incapaz de adaptarse a los nuevos vientos que recorrieron el mundo tras la Gran Guerra. Su estética, basada en lo oriental y en las telas más ricas y suntuosas, dejó de ser apta para las nuevas necesidades femeninas.

Cuentan una anécdota, tal vez ficticia, pero perfecta por lo significativa, que una vez que se encontraron Poiret y Chanel, vestida ella con uno de sus petites robes noires, el modisto le preguntó con sorna que por quién llevaba luto. Chanel le contestó caústicamente: “por Paul Poiret”. 

Efectivamente, la moda elegante y práctica de Coco Chanel, sus vestidos acortados y de prácticos tejidos de punto, aptos para que las mujeres pudieran desempeñar nuevas labores profesionales o, simplemente, vivir más libremente, supusieron el fin del que había sido rey indiscutible de la moda durante décadas.

Diseño de Poiret.

Solo por habernos permitido conocer al fastuoso Poiret, merece la pena haber leído Las mil y dos noches, que tan bien nos acerca a ese deslumbrante personaje y a todo su mundo de lujo y esplendor, barrido por el vendaval de la Primera Guerra Mundial, y que el mismo Paul Poiret nos describió en sus memorias, traducidas al castellano con el título de Vistiendo la época. Recuerdos

Yolanda de Pablos Valencia.

Selección de fotografías: M.M. (Despachos de Corpus Christi).

Poiret llegando a París con sus diseños, acompañado de dos de sus maniquíes.

Las mil y dos noches está disponible en la librería Estudio en Escarlata.

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