El cliente.

El Cliente

Guión: Zidrou

Arte y color: Man

La amabilidad de los extraños

En un arrabal de Madrid hay un club de alterne, en ese club falta una de las chicas y “Señor” ha secuestrado a la hija del propietario para que la encuentre o, si no, … ya veremos. Todo muy de novela hardboiled, si no fuera porque “Señor” tiene más pinta de pringado de mediana edad que de tipo duro y porque estas cosas solo salen bien en las pelis, y no en todas.

Zidrou, firma de Benoit Drousie (Bélgica, 1962), es el hombre orquesta de moda de la BD francobelga actual, toca todos los palos y los toca todos razonablemente bien. Este “El cliente” no es la excepción: construye una historia de personajes a pesar de partir de los estereotipos de la narrativa negra clásica, con sus localizaciones sórdidas (¿qué hay más sórdido que los puticlubes de carretera, verdad?), sus seres al margen de la sociedad, su prostituta de corazón de oro y sus tipos duros. Pero todo con una pequeña vuelta de tuerca: la galería protagónica se presenta en un visto y no visto, llena de arquetipos que, en cuanto empiezan a moverse, dejan de ser lo que parecen, o lo son todavía más, pero adquieren una entidad más allá de los plumajes que visten.

Todos sabemos que lo de “Señor” es una patochada nada más verle poner un pie en el club, pero su compromiso con la búsqueda de María Auxiliadora nos suena sincero, igual que sus dudas, miedos y las alegrías que le traen los recuerdos de la mujer que conoció como medio para quitarse el polvo de la soledad y que acabó siendo algo más. Serena, la hija del proxeneta Selznic, parece una chica normal que quiere mantenerse ignorante de la ocupación de su padre, hasta que los problemas vienen a tocar a su puerta; Selznic pudo convertirse en una estrella del fútbol, pero aquello no cuajó, y de algo hay que vivir y Tereza es una puta sin muchos estudios, pero aun así tiene un orgullo que ni su trabajo, ni una niñata que nunca ha pasado necesidades van a quitarle. No importa lo poco que hablen o si su papel es mínimo, te los crees. Quizá la menos perfilada sea María Auxiliadora, quien sirve como detonante para la acción, pero que, en el fondo, no deja de ser un mcguffin para enseñarnos ese lado de la sociedad que habitualmente preferimos ignorar.

Las diferentes partes del relato se hilan a través de una carta de “Señor” que nos acompaña como voz en off por todo el álbum, dándonos pistas, matizando los hechos que las imágenes y los diálogos nos muestran e incidiendo sobre el mundo de la prostitución desde dos puntos de vista: el de las mujeres y los lugares en que se ejerce el oficio más viejo del mundo y el de la psicología de los puteros que necesitan de sus atenciones. A primera vista parece un relato desolador (a lo que, sin duda, contribuyen tanto las primeras páginas, como las apariciones del club “Paraíso”, de una oscuridad que asusta), pero poco a poco se va abriendo un cierto resquicio para la esperanza. Con Zidrou, maestro de la bonhomía, no podría ser de otra manera, pues esta opción del guionista podría haber hecho resbalar la historia demasiado hacia el mensaje de “en el fondo todos somos güenos y la vida es güena si no te rindes”. Sin embargo, aunque no puede decirse que ninguno de los personajes sea radicalmente malo, Zidrou salva ese escollo usando diálogos y panorámicas que exponen las contradicciones internas en las que todos vivimos, creando grises que nos hagan reflexionar un poco más allá.

Man, alias de Manuel Carot (Mollet del Vallès, 1976), asume tanto el dibujo como el coloreado de la obra y no puede ser más bienvenido. Aunque muchos le recuerden solo como colaborador de la revista Kiss, su representación de los cuerpos, en la historia que fuera, siempre ha tenido una variedad envidiable. Al no conformarse con dibujar siempre el mismo tipo de cara o de persona, cambiando de peinado y ropa según se requiera, sus diseños de personaje en general, y los de las prostitutas en particular, nunca caen en tópicos. No hay aquí una representación idealizada de nadie y se usa un lenguaje corporal bien diferenciado entre todos los personajes. Sus figuras siguen siendo estilizadas, pero aparecen ahora con más rayas, sombras y tramas manuales de las que recordaba, enriqueciendo los detalles que Man siempre supo dar a los escenarios y las expresiones de sus personajes.

La costumbre que siempre ha tenido Man de usar las fuentes de luz y el color para crear efectos de volumen y resaltar una determinada caracterización, junto con su interés por historias con un marcado aire de barrio y con elementos gráficos del neo-noir hacen que sea difícil pensar en un artista más adecuado para la plasmación de esta historia. Podría seguir hablando de Man elogiosamente horas y horas, pero les invito a que se acerquen a este álbum y miren alguna de sus páginas sin diálogos: si son capaces de volverlo a dejar en la estantería sin sentir el impulso de recorrerlo de cabo a rabo, serán mucho más fuertes que yo. Y creo que, con esto, queda todo dicho.

Norma Editorial, la editorial española que ha publicado toda la obra de Zidrou, editó el presente álbum con el buen hacer técnico que la caracteriza; tapa dura y papel de calidad, junto con traducción de Enrique Sánchez Abulí, un lujo que no deberían perderse.   

Miguel Ángel Vega Calle.

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