Trece casos para Philip Trent, de E. C. Bentley.

Trece casos para Philip Trent, de E. C. Bentley. Ediciones Siruela.

Aunque Philip Trent ya sea un viejo conocido para algunos amantes de la literatura clásica de misterio, gracias a que Siruela publicó El último caso de Philip Trent y El caso Trent, de E. C. Bentley (1875-1956), no está de más presentar al personaje, por si alguien todavía no sabe de él, de sus virtudes, métodos, peculiaridades e intenciones.

Y para esa presentación, nada como recurrir al mismo autor que, en el prefacio de Trece casos para Philip Trent, nos deja bien claras sus intenciones al crear a este detective aficionado. Podemos, pues, partir del reconocimiento que Bentley hace de la figura literaria del detective de 221b de Baker Street, Sherlock Holmes, personaje en el que, según nuestro autor, todas las historias de detectives—inclusive la suya—“se basan en mayor o menor medida”. Así, la idea subyacente con la que afrontó la creación de su propio detective fue la de:

[…] alejar[se] de la tradición de Holmes tanto como fuera posible […] Trent no se toma nada en serio. No es un experto científico, ni un investigador criminal profesional. Es un artista, pintor, y ha llegado al negocio del periodismo de sucesos por casualidad, porque resulta que tiene mano para ello, y sin la menor vocación. No está por encima de los sentimientos del humano corriente; no se mantiene aparte, sino que disfruta de la compañía de criaturas como él y se hace amigo de todos. Llega incluso a enamorarse. No considera a los hombres de Scotland Yard un hatajo de chapuceros y mentecatos, sino que siente el mayor respeto por su preparación y capacidad; al contrario que Holmes.

Y completa la caracterización de Trent, en uno de los relatos que hoy reseñamos, “El capitán inofensivo”, de la siguiente manera:

Este era a la sazón—unos años antes de que desentrañase el caso Manderson (El último caso de Philip Trent) y su vida cambiase—un hombre que aún no había cumplido los treinta años, con un aire bastante irresponsable de buen humor, un porte sencillo y exento de ceremonia, y una figura desmadejada que su visitante encontró agradable, en general, aunque no indicativo de grandes dotes mentales. Sus facciones eran regulares; el pelo, corto y rizado; el bigote, y, en realidad, todo su aspecto sugería un vago, pero desafiante, descuido en lo tocante a la apariencia física.

Un hombre, en definitiva, normal y corriente que en nada destaca, ni por su físico, ni por su atildamiento, ni por sus maneras, ni siquiera por la demostración exterior de un gran intelecto…

Con este simpático personaje—porque esa es quizás la principal característica de este detective aficionado, su simpatía y humanidad—, Bentley escribió, lamentablemente, solo tres obras. La primera, paradójicamente titulada El último caso de Philip Trent, apareció en 1913, a consecuencia de una especie de reto que le propuso su buen amigo, G.K. Chesterton, padre a su vez, huelga recordarlo, de uno de los detectives aficionados más famosos de la fructífera historia de la literatura detectivesca: el entrañable Padre Brown (publicado con enorme éxito por primera vez en 1910, el mismo año, significativamente, en el que Bentley se embarcó en la creación de Trent).

Edmund Clerihew Bentley, que por algo prefería acortar su nombre limitándose a las iniciales, ya se había labrado por entonces una excelente reputación como periodista y como creador del clerihew, un verso humorístico sobre temas biográficos.

Edmund Clerihew Bentley

Con ese mismo sentido del humor que le había hecho famoso decidió afrontar la creación de su novela detectivesca. Pero si bien inició la empresa con optimismo y buen humor, pronto le debió de mudar el ánimo, porque se encontró, tal y como cuenta en el prefacio de Trece casos para Philip Trent, con que:

[…] construir una historia de misterio satisfactoria era mucho más difícil de lo que había imaginado. Me puse a escribir una novela de detectives a la ligera. Lo hice a sugerencia—podría llamarlo “reto”—de mi viejo amigo G. K. Chesterton y no se me pasó por la cabeza que pudiera tratarse de una empresa tan compleja. No me di cuenta de dónde me había metido. Una vez empecé, la trama comenzó a crecer. Se me fue de las manos.

Y tan harto acabó de la historia que decidió que esa novela sería el debut y despedida de su detective y por ello tituló la novela, que se publicó en 1913 como El último caso de Philip Trent.

Y por esas paradojas de la vida, la historia que tanto le costó culminar y que él había concebido como una burla sutil de la novela detectivesca vigente (es decir, de Sherlock Holmes y sus imitadores) tuvo una acogida entusiasta de público y crítica. Lo que había nacido con vocación satírica (un detective que, al contrario que Holmes, llegaba a conclusiones equivocadas a través de inteligentes deducciones) fue ensalzado como el inicio de una corriente moderna de literatura de misterio, liberada del lastre victoriano impuesto por el omnipresente Holmes.

La novela se ganó la admiración declarada de autores como Dorothy L. Sayers, Edgar Wallace (que la describió como “una obra maestra de la narrativa detectivesca”), G.K. Chesterton (que la califica como como “la historia de detectives más refinada de los tiempos modernos), Agatha Christie… y, aunque se adelantó en algunos años al inicio de la Edad de Oro de la novela policial, es generalmente considerada, por sus rasgos modernos frente a los victorianos, como la obra que da inicio a esa época de bonanza del género.

A pesar de lo bien que se vendió esta primera novela, Bentley, que no la tenía en excesiva estima y que se admiró de lo que le pagó por ella John Buchan—el autor de 39 escalones, que la compró para la Editorial Nelson—, mantuvo aparcado a Philip Trent durante más de dos décadas. Finalmente, las presiones de aquel éxito fulgurante le llevaron a publicar, en 1936, El caso Trent y, dos años más tarde, lo que hoy más nos interesa, una recopilación de relatos breves de Trent, que nos ha ofrecido Siruela este año con el título de Trece casos de Philip Trent.

Cualquiera que lea este último libro reconocerá que el canto del cisne de Philip Trent es excelente, un verdadero placer para cualquier lector amante del género. Porque en estos trece relatos están condensadas las mayores virtudes literarias del personaje, liberadas, incluso, de esa quizás excesiva prolijidad que el autor mencionaba en El último caso de Philip Trent.

Suele suceder que, en las recopilaciones de relatos cortos, se dé el caso de que alguno de ellos tenga una calidad notablemente inferior al resto, pero esto no ocurre con ninguno de los Trece casos.  Cada uno de ellos ha supuesto un rato más que agradable e interesante de lectura y a ninguno excluiríamos de la recopilación, por más que “El golpe estupendo” y “El ángel custodio” nos resulten, por variados motivos, especialmente notables.

Cabe aquí mencionar la simpática curiosidad de que ese estupendo relato, “El ángel custodio”, coincide con otro de Agatha Christie, “¿Cómo crece tu jardín?”, en que ambos se inspiran en la que debía de ser una famosa canción infantil de la época, si bien el cuento de Trent nos ha parecido superior al de Christie.

Los asuntos que tratan los relatos son muy variados: el asesinato, en cuatro de ellos—con algún método sorprendente por lo ingenioso—, la estafa o el fraude, el abuso de poder en el matrimonio… En ciertos casos, Trent interviene como colaborador de la policía; en otros, como reportero o, simplemente, con el mero objetivo de ayudar a algún amigo.

En todos ellos, Trent, que no tiene ni necesita a ningún Watson que cante sus alabanzas, se nos presenta como un ser humano decente, una buena persona dotada de una gran capacidad de observación que le permite resolver oscuros misterios, pero que nunca le sitúa por encima del resto de la humanidad. Cuando alguna vez se refiera a su intelecto, lo hace con una ironía y sentido del humor que le diferencian abismalmente de un Holmes o, por citar otro ejemplo muy conocido, de un Poirot.

La localización geográfica de los relatos es diversa: la campiña inglesa—que debió de ser en aquellos años de entreguerras un sitio bien peligroso, a juzgar por la predilección que por ella tuvieron los cultivadores del género—, Londres frecuentemente, otras veces Italia o incluso Noruega… Queda claro que Trent tiene una excelente situación económica, derivada de su trabajos como pintor y reportero, que le permite gozar de excelentes vacaciones, codearse con la clase alta y actuar pro bono en la mayoría de las ocasiones (en todas en las que no participa como reportero). 

Por último, señalar una característica de Trent que nos lo hace especialmente simpático: cuando la ley y la justicia no coinciden, toma partido, sin vacilar, por la segunda, como hace en “El golpe estupendo”.

Aunque Bentley fue presidente del Club de Detección entre 1936 y 1949 y realizó diversas aportaciones a la actividad del prestigioso club, ya no volvió a retomar, para enorme fastidio de sus admiradores, las peripecias de Philip Trent, de manera que estos Trece casos sí son, definitivamente, los últimos casos de Philip Trent.

Yolanda de Pablos Valencia.

Selección de fotografías: M.M. (Despachos de Corpus Christi).

Disponible en la librería Estudio en escarlata.

https://www.estudioenescarlata.com/libros/trece-casos-para-philip-trent/51650/

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