La huella del delito, de VV.AA.

La huella del delito: crímenes, detectives, enigmas y deducciones. Primeros relatos policíacos en castellano. VV.AA. Quálea.

“Hay sangre, mucha sangre, sangre por todos los lados. Y cuchillos, y pistolas, y mujeres fatales, y hombres insulsos […]”.

Con esta jugosa promesa se abre “La huella del delito”, una colección de ocho relatos de los cuales alguno podría llegar incluso a novela corta. El primero, “El clavo”, de Alarcón, se publicó originalmente en 1853 y el último, “La catástrofe de la Punta del Diablo”, de Alberto Edwards, lleva fecha de 1914. También están recogidos, por supuesto, los autores de siempre, por ejemplo, doña Emilia, representada con “La gota de sangre” (1911), pero tampoco faltan los nuevos valores—si podemos considerar a alguno de los aquí incluidos como tal—. Uno de ellos, Joaquín Belda, mi favorito, nos hace reír mucho y bien con “Una mancha de sangre” (1913), que comienza con la misteriosa fuga de unos (bollos) suizos.

Y no es el único relato con vis cómica. En “La bolsa de huesos” (1896), del argentino Eduardo L. Holmberg, nos topamos con un frenólogo que se sorprende de la influencia que el esqueleto ejerce sobre el carácter. Román Calvo, el Sherlock Holmes santiaguino que protagoniza el último relato de la colección, sabe, tanto de heráldica antigua, como de cocinar pollos a la crapaudine. “Los vestigios de un crimen” (1907), por su parte, nos describe un cráneo al que le han rebanado la tapa de los sesos como “descabellado”. Y en “Calaveras” (1894), un sufrido profesor de castellano que ejerce en EE. UU. se enfrenta a un alumno díscolo incapaz de pronunciar una palabra a derechas si, como él mismo admite, “no soy borracho en esta momento”.

Todo esto no quiere decir, ni mucho menos, que no haya también en esta colección cadáveres, muerte, sangre y secretos a porfía. Los métodos de ejecución abarcan desde el clavo hincado en el cráneo hasta la puñalada trapera, pasando por la trepanación y el infarto (provocado, se entiende) y harán las delicias de los lectores que, como nosotros, se regodean en la carnaza de papel. En cuanto al enigma—el intríngulis—, también abunda, aunque debemos admitir que hay alguna historia, como la de la Pardo Bazán, en la que la identidad del asesino resulta dolorosamente obvia desde el principio. No obstante, asistimos, sin duda, al nacimiento del policial en español, unas narraciones con un estilo y unas marcas propias que, a mi juicio, en nada desmerecen de las de sus primos foráneos.

El autor del prólogo, Marcos Pereda, a quien suponemos también antólogo, no se anda con rodeos. Afirma, de entrada, que la novela policíaca aparece de manera cada vez más infrecuente en las librerías. Ya pueden imaginarse que a quien esto escribe casi le da uno de esos jamacucos tan frecuentes entre los que se encuentran con un cadáver así, de sopetón. Luego suaviza el golpe aclarando que, en puridad, la novela policíaca solo ha muerto en espíritu lo cual, francamente, supone un alivio.

Lo dicho anteriormente nos lleva al criterio de selección que, al parecer, es doble. De un lado, las narraciones deben respetar el que constituye, según Pereda, el esquema básico del policial: un crimen, un detective y pistas. Del otro, los relatos incluidos tenían que ser precisamente eso, narraciones breves que participen de las cualidades de significación, tensión e intensidad de las que hablaba Cortázar—siguiendo el camino de lo que Poe llamaba suspense y tensión—y no simplemente novelas acortadas. Porque, claro, como decía el argentino: “la novela gana siempre por puntos, mientras que el cuento debe ganar por knock‑out”. Y sus reglas, naturalmente, son distintas.

Encontramos aquí, pues, un poco de todo. Empezando por el Prólogo, que no se entretiene demasiado en especulaciones acerca del origen del género porque prefiere detenerse y reflexionar sobre su estado actual, lo cual es siempre de agradecer. En cuanto a los relatos, aunque unidos por el hecho de proceder todos ellos de escritores hispanohablantes, también presentan bastantes disparidades, especialmente en lo que se refiere a la presencia de un detective “con todas las de la ley” y, por tanto, en el empleo del método de investigación criminal. Suponen, en todo caso, una buena introducción, tanto para quienes busquen una visión panorámica, pero bastante completa al mismo tiempo de los inicios del policial en español, como para quienes tengan interés en autores concretos.

En definitiva, la antología es buena y variada. Y sí, había sangre a borbotones.

M.M.

Disponible en la librería Estudio en escarlata.

https://www.estudioenescarlata.com/libros/huella-del-delito-la/52743/

6 comentarios en “La huella del delito, de VV.AA.

  1. Ha sido un verdadero placer leer esta reseña. Además de que me ha resultado muy amena, me ha abierto el camino hacia algunos autores para mí desconocidos y que se presentan llenos de promesas de buenos ratos de lectura. Muchas gracias.

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